El entierro del enterrador

Written by Libre Online

13 de febrero de 2024

Capítulo VI

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Una tarde con presagios de tormenta en que Generoso, Felipito y Aquilino beben sus acostumbrados tragos de aguardiente, un hombre de talla mediana y edad madura traspasa la verja. Generoso, desde su asiento en el panteón de los Vázquez Bello le grita que ya van a cerrar. El desconocido con aplomo cortés responde que su visita no tomará mucho tiempo y se adentra en la sección de tumbas pobres. Profiriendo un “¡Quién coño se ha creído este tipo que es!”; el enterrador se levanta y a voz en cuello repite: “¡Dije que íbamos a cerrar! ¡Tiene que salir!”. Felipito y Aquilino siguen al sepulturero que llega junto al hombre y desafiante dice una vez más.

-Por si no me oyó; ¡ya vamos a cerrar!

El desconocido se voltea y con una sonrisa serena responde.

-Lo he escuchado muy bien. 

-¿Entonces por qué se metió en el cementerio? 

-Vine a verle y a mostrarle un libro de poemas que escribí para él.

-¿A verme a mí…? ¿Un libro de poesía? ¿Y quién es él…? -se desconcierta y adelantándose reconoce la tumba-. ¡Es la del “Caballero de París”!

-Sí, es la de él -el forastero afirma con naturalidad.

-¿Fue familiar suyo…? -Generoso inquiere con un nuevo talante.

Con aires de franca sorpresa el visitante parpadea y responde.

-Nuestro. Fue familiar de todos nosotros. 

Generoso calla incrédulo. Retrocede un paso y Aquilino fiscaliza.

-En definitiva, ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? 

-Néstor Molina.

El rostro de Felipito se ilumina y exclama. 

-¡Coño! ¡Igualito que el artista que hace de “Yaky el Pecoso!”.

-Ese soy yo -Molina ratifica sin pizca de presunción.

-No; ¡No puede ser! Yo he visto retratos de Néstor Molina y es un muchacho joven -Generoso afirma.

-Fui joven como lo ha sido todo el mundo -el aludido comenta con humildad.

Aquilino desconfía e imbuido de su inveterado y agresivo misticismo, esgrime, en la mano derecha, su navaja, en tanto que con la izquierda, a manera de escudo, adelanta su biblia de bolsillo.

-Si eres loco, comemierda o sinvergüenza, con esta cuchilla te voy a enseñar. Pero si eres un demonio encarnado, te conjuro en nombre del mensaje de estas sagradas escrituras -grita y sacude la biblia frente a los ojos del hombre.

El llamado Néstor Molina sonríe. Por señas le sugiere a Generoso que se aproxime. Pega sus labios al oído curioso del sepulturero y en voz baja pero clara y segura dice.

-Vine a liberar el alma del “Caballero de París”. Después de mi visita no volverás a ver su imagen ni escucharás sus largas peroratas.

Generoso lo mira estupefacto y articula.

-¿Cómo sabes…?

-Porque vengo de otro tiempo.

-Creo que estás enredando la pita -Generoso le advierte. 

-¿Qué secreteo se trae este tipo? -Aquilino, agresivo, lanza la pregunta.

-Sólo deseo mostrarles mi libro y leer un poema en memoria del “Caballero de París” -pide con voz blanda e insinuante busca la mirada del enterrador.

Generoso levanta la diestra y media.

-Recitar una poesía no le hace daño a nadie. Además, parece que no está diciendo mentiras.

-Los demonios saben disfrazarse -Aquilino recela.

-Si es “Yaky el Pecoso” tiene que ser buena gente -Felipito alega.

-¡Esa guayaba no se la traga nadie! Este hombre no es ningún jovencito -Aquilino discrepa.

Entonces, adoptando una expresión severa, el personaje olvida el desafío de la navaja e induce a Aquilino.

-Lee el nombre del autor del libro.

Aquilino, estupefacto por la determinación del extrañó visitante, obedece.

-Néstor Molina -dice, posando los ojos en la portada del libro.

Molina, a continuación, abre el volumen y señala para una de las páginas primeras.

-Y la fecha. ¿Qué fecha de edición tiene el poemario? Aquilino busca el dato. Luego escarrancha los ojos y atónito exclama.

– ¡Carajo! falta tiempo, mucho tiempo para llegar a este año. Es una fecha de fin de siglo.

-¿Ahora me crees? -Molina lo interpela. -No sé… no sé que opinar… -Aquilino titubea y mueve la cabeza de un lado a otro.

-Si lo tuyo nada más es ganas de recitar una poesía, acaba de una vez -Generoso, inseguro, le propone al hombre.

-Así lo haré -afirma Néstor Molina. Se coloca frente a la cruz de madera y elevando la voz declara- “En mi celda hay un pueblo triste”; es la poesía que voy a declamar para desatar el alma de este condenado.

El poema es largo y sentido. La voz del recitador cala el ánimo de los presentes y el tiempo se condensa en un sentimiento inefable; autónomo de la respiración humana y las pulsaciones que delatan el paso de la sangre por venas y arterias.

«… Por Caballero me juzgaron como indigno

por sincero

me trataron de rufián

Prohibieron mis pasos libres sobre la Tierra y me dieron por castigo esta celda

y mis ganas de llorar…»

Terminada la lectura sobreviene un silencio laxo. Néstor Molina entorna los ojos y menea los labios en algo menos que un murmullo.

Generoso se le acerca y a media voz requiere.

-¿Y ahora qué…?

-Se fue. El efluvio espectral del «Caballero de París» partió para siempre -Molina responde.

-Es una buena noticia, porque el pobre bastante que jodia -el enterrador comenta con alivio.

-¡Que hable alto para saber qué se trae entre manos! -Aquilino requiere.

Generoso desoye la queja y le insinúa al forastero.

-Y con las demás apariciones, ¿no podrías darme una manito para que también se vayan? Susanita lleva años de estar aquí.

-No puedo ir contra las reglas. Ella se irá junto con él -y sugestivo posa sus ojos en Aquilino.

Aquilino que algo barrunta insiste airado.

-Felipito y yo no estamos pintados en la pared. Me estoy cansando de tanto misterio.

Generoso, áspero, le replica.

-Déjame hablar tranquilo con este señor. Yo no me meto a opinar de tus conocimientos como fabricante de ron y aguardiente. Estoy tratando un asunto del cementerio y de eso yo soy el que sé. Así que no jorobes más.

-Trato de protegerte… -Aquilino se justifica.

-Lo agradezco, pero mantente callado -Generoso dice conciliador e intrigado retoma la charla con el enigmático Moli na—. ¿De dónde conoces a Susanita y Aquilino…?

-Vengo de un sitio en el que todo esto está contenido.

-¿Y qué lugar es ese…?

-El Atiempo.

-¡El Atiempo…! -repite atónito-. ¿Dónde queda eso? -Aquí mismo y en cada partícula de la creación. -No entiendo nada.

Néstor Molina, empleando un lenguaje didáctico, pero sencillo, intenta satisfacer la curiosidad del enterrador.

-No te compliques la cabeza tratando de buscar una explicación. Acepta mi presencia y mis palabras lo mismo que aceptas la presencia de la energía que brota de los muertos de tu cementerio. Es más -Molina puntualiza -te recomiendo que olvides mi visita.

-Está bien, está bien -Generoso transige-. Pero, ¿por qué «el Caballero de París» y no Susanita y los demás? -ahonda.

—Fue un mandato cósmico cuyo misterio desconozco. Nadie tiene facultad para alterar lo establecido.

-¿Ni tú?

-Ni yo -es parco-. Ya es tiempo que me vaya -interpone sin dejar de ser amable.

-Tómate un aguardiente con nosotros -el sepulturero lo invita.

-Imposible. Tengo que regresar -declina y girando sobre los talones se dirige rumbo a la verja.

-¡Oye! Regálame el libro de poemas. Me gusta leer por las noches -Aquilino le pide.

Molina interrumpe la marcha y responde.

-Si pasa a tus manos dejaría de existir porque estos poemas no son de tu tiempo físico.

-¿Qué pasará con «Yaky el Pecoso» en el episodio de mañana? -Felipito lo interpela.

-No sé. Tienes que seguir la trama o preguntarle al escritor de la serie o al joven Néstor Molina -dice a punto de trasponer la verja.

Aquilino, azorado, confronta a los enterradores y exclama.

-¿Lo vieron salir…? ¡Casi llegando a la reja se perdió de vista! ¿Lo vieron salir…? -recalca.

-Se fue; eso fue lo que hizo -Generoso ratifica con dejo cansado.

-¡Cono Generoso! Yo creo que tú sabes más de cuatro cosas sobre ese tipo -Aquilino recela.

-Primera vez que lo veo. Pero cuando te has pasado la mayor parte de la vida enterrando cristianos nada te espanta. ¿Ya no queda aguardiente? -inopinado desvía la conversación.

-Muy poco. Pero si me invitas a comer esta noche busco una botella de ron para nosotros y una de vino de fruta bomba para Candelaria -Aquilino propone.

-¡Dalo por hecho! -Generoso se entusiasma.

-¡Y yo que me joda! -Felipito protesta medio en serio, medio en broma.

-¡Qué malo es tener un piojo pegaol -el enterrador, con aspaviento fingido, levanta los brazos al cielo.

Felipito sonríe. La baba le asoma por las comisuras de los labios y excitado dice.

-¡Qué bueno! Así los tres oiremos el episodio de «Cruz Diablo» y Candelaria nos cuenta que pasó hoy con «Los Tres Villalobos». Ayer se terminó cuando «Sakiry el Malayo» iba a matar a Miguelón.

-Muy bueno todo. Comida, ron y episodios, pero se te olvida cerrar el cementerio -Generoso le reprocha al ayudante y le tira el manojo de llaves tintineantes.

Felipito las atrapa en el aire y se justifica.

-Ahora mismito te las iba a pedir.

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