El entierro del enterrador

Written by Libre Online

16 de enero de 2024

Capítulo VI

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Felipito deja caer la rosa roja, medio marchita, sobre la tapa del ataúd. En ademán profesional frota una mano contra la otra. Toma la pala y la hinca en la pila de tierra negra recién removida.

-Hiciste el hueco a mano. ¿Por qué no lo tapas con la excavadora? ¡Hace un calor de madre y muy señor mío! -Tiburcio le susurra al oído.

Felipito se voltea. Observa al hermano fijamente y responde con terquedad.

-No; Generoso fue como un padre para mí. Además, fuimos compadres. No se te olvide que Candelaria y él bautizaron a mi difunta hija Inmaculada.

-Yo lo digo por el calor… -Tiburcio argumenta.

-Si quieres no me ayudes. Pero a Generoso yo lo tapo con pala.

Felipito levanta la pala cargada de tierra. Endereza el torso; su mirada salta el vacío de la losa y se clava en el grupo formado por Juana, Candelaria y su hermana Liduvina. Un poco a la izquierda. Aquilino, a hurtadillas, ingiere un apresurado trago de ron y conversa con el achacoso Román el zapatero.

Los ojos llorosos de Candelaria se detienen en la pala; trepan hasta el rostro de Felipito y su boca explota en chillidos.

-¡Ay!, Felipito mi hijito… No le eches tierra que se ensucia y se pudre.

-¡Aguántala que le está empezando otra sirimba!  -Liduvina le advierte a Juana.

Entre ambas la sostienen y Juana con voz pausada trata de tranquilizarla.

-Candelaria yo perdí a mi hija Inmaculada y mírame aquí; tranquila y resignada. Tienes que ser fuerte, todos pasamos por el mismo dolor.

-¡Coño!, pero a ti te queda Felipito,  tu marido. Yo me quedo sola, ¡muy sola! -y arrecian los plañidos.

-Nos tienes a nosotros. Todos te queremos -Juana dice y Liduvina la secunda con un enérgico: “es verdad”.

Felipito elude la presencia de Candelaria. Gira el rostro y vuelve a toparse con Aquilino y Román el zapatero. “¡Qué viejo se ha puesto Román! No debe quedarle mucho tiempo”; evalúa mentalmente. “¡Y Aquilino está hecho leña! Después del accidente que tuvo en bicicleta, del que salió cojo y casi le cuesta la vida a Zenaida, los años le han caído de golpe. ¡Bueno nos han caído!”; se incluye con humor amargo. “Las únicas que se mantienen iguales son Susanita y su hija Patricia, siempre envuelta en pañales. Son los fantasmas más viejos que quedan en el cementerio. Los demás, a lo sumo están un año y poco a poco se elevan. Pero Susanita es una cabeza dura. ¡Nada, que está esperando por Aquilino! A veces tengo ganas que se muera. Y no es por maldad. Estimo mucho a Aquilino, pero verlo envejecer y a la vez ver como Susanita se mantiene joven y bonita me parte el corazón. Si él muere seguro que rápido se van al más allá”; parpadea y calcula la distancia. “El más allá tiene que estar lejos. Es como decir… ¡en casa del carajo!”.

Genaro el herrero, que había sostenido la bicicleta mientras Aquilino cuidó a Candelaria se la retorna.

“No me explico cómo Aquilino, cuando lo del accidente, pudo enderezar los hierros de la bicicleta. Pensé que hasta ahí llegaba la historia de Susana Patricia”-. Felipito troncha el discurrir al contemplar como Aquilino, siempre furtivo, se zampa otro trago de ron. “¡Coño, con la sed que tengo!”; envidia y se pasa la lengua por los labios húmedos. Tensa los músculos y se dispone a desgranar sobre el ataúd la primera paletada de tierra…

***

Al poco tiempo de Aquilino confesar que mantiene una relación sexual y tarifada con una pupila del bar «Iris», las cosas toman un cariz inesperado para él.

—Zenaida no quiere cobrarme más -una tarde, ya cerrada la verja del cementerio, junto al panteón de los Cancio Torres, le dice a los enterradores.

Generoso toma un trago de aguardiente. Hace una mueca de gusto y animándose apunta.

-¡Qué bien! Te has convertido en el chulo de la putica. ¡Hasta dinero le puedes quitar!

Felipito ríe bobaliconamente y un grumo de baba le macula el labio.

-¡La cosa no es de risa! Es una situación muy seria. Ella me ama y yo no puedo corresponderle. Mi amor pertenece a Susanita.

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