El entierro del enterrador

Written by Libre Online

9 de enero de 2024

Capítulo V

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Una vez más Felipito consulta a Román el zapatero y una vez más Román le asegura que no verá el fantasma de la madre, aunque le recomienda: “Tu madre sufrió mucho en vida. Ve a la iglesia de la Divina Pastora y págale al Padre Chao para que le dé una misa de difuntos”.

Felipito, en las pocas semanas que siguen al sepelio de la madre, padece la mordida del sentimentalismo y la nostalgia.

Generoso y Aquilino tratan de distraerlo con charlas llenas de humor y libaciones frecuentes. Candelaria, por su parte, día a día lo invita a comer y escuchar las aventuras radiales de “Kazan el Cazador”.

No obstante, cada domingo de asueto, Felipito prefiere la soledad. Por eso desde temprano se arma de su jaula de trampas y con un tomeguín cantor de señuelo pasa las horas en las sabanas de Antón Díaz, o entre los matorrales que crecen en las márgenes del río Ochoa.

Disfrutando del lento silencio de la campiña, Felipito piensa en los padres muertos. Los hermanos que ya no son los mismos y la casa vacía de afecto que por las noches se puebla de remembranzas.

Entonces, mientras el canto esporádico del señuelo, alienta la esclavitud de sus congéneres, Felipito deja que las lágrimas embadurnen su rostro y que la baba, sin testigos molestos, corra por la mandíbula, cuello y pecho.

Al atardecer, agotado por la tensión que genera la cacería y la efusión de sentimientos, evalúa la captura. Si se halla cerca del río, completamente desnudo se baña en la corriente y logra un chispazo de libertad absoluta que consagra masturbándose bajo el agua.

Aquella temporada triste Felipito jamás la olvida porque coincide con el apogeo y final cruento de “La Guerra Racial”.

Felipito recuerda; recuerda bien la madrugada que Generoso toca a su puerta: “Vístete y vamos que en el cementerio está el capitán Arsenio Ortiz con un pelotón de soldados”. “¿Cuántos muertos trae?”; indaga con profesionalismo. “Dos y según les oí decir son los cabecillas de La Guerrita de los Negros. Parece que acabaron con el alzamiento. El capitán está medio borracho y guapetón. Llegó diciendo que si Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet quieren una república negra, tendrán que hacerla con los esqueletos del cementerio”. “¿Así se llaman los muertos?”.

“Parece que sí”; Generoso contesta y encoge los hombros. “¿Los mató el capitán?”; Felipito muestra curiosidad. “A la verdad no sé. Cuando los apearon de la cama del camión ya venían muertos. ¡Acaba de vestirte que nos coge el amanecer!”, Generoso insiste.

Felipito entra en la casa y Generoso permanece junto a la puerta entreabierta. “¡Vamos, vamos!”; lo apura tan pronto el ayudante reaparece. “¿Y tu sombrero?”; Felipito termina de cerrar la puerta y contesta. “Se me olvidó con el apuro. Además ahora no hay sol”. Generoso muestra contrariedad y le alcanza el suyo. “Ponte el mío y échate el ala sobre la cara”. “¿Qué pasa con el sombrero?”. “El Jabao está de segundo al mando y es mejor que no se acuerde de ti”. “¡El Jabao..”; la exclamación es impensada. “Sí, el mismo que te levantó a Eloina”; el enterrador punza. “¿Cómo estará ella?”; plantea la duda. “El Jabao también anda bebido y tiene un arma en las manos. Si tienes timbales pregúntale por la jevita. A lo mejor te la presta”. “¡Coño, no te rías de mí!”; Felipito protesta. Generoso no le presta oídos y acelera la marcha. En medio de las tinieblas distinguen a un grupo de figuras. “Tápate la cara con el sombrero no vaya a ser que en vez de dos, tenga yo solo que enterrar a tres muertos”; el enterrador aconseja con seriedad.

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