El entierro del enterrador

Written by Libre Online

26 de diciembre de 2023

Capítulo V

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Empero, los mayores quebraderos de cabeza de Felipito con la madre suceden al principio del verano. Aquel verano trágico en que se desata la llamada “Guerra Racial”. También por aquellos días caniculares Aquilino, cosa que por respeto a la memoria de la difunta Susanita no había hecho antes, algunas noches de sábado concurre al bar “Iris” y entabla relaciones amistosas y comerciales con una prostituta, joven y flaca, nombrada Zenaida.

Con cierto grado de culpa, Aquilino le confiesa a los enterradores que se acuesta, no siempre, con una mujer que no es su inolvidable Susanita.

-Bastante has aguantado. Un hombre necesita tener su desahogo -Generoso afirma.

-Además, yo le pago por adelantado. En cuanto termino me voy. No creo que eso ofenda la memoria de Susanita y mi hija.

-¡Qué va chico! La difunta desde el cielo tiene que comprenderte. Todavía estás vivo -el enterrador dice convincente.

Felipito asiente con la cabeza. Levanta los ojos y a varios metros de distancia, justo a la entrada del imponente panteón de las Fuerzas Armadas, distingue el espectro de Susanita y el del bandido y secuestrador Polo Vélez, que jura y perjura que cerca del poblado de Seibabo, debajo de una guácima, dejó enterrada una botija llena de monedas de oro: “Y esos doblones únicamente son del rescate que la familia Cabrera me pagó. Pero yo tengo más, mucho más dinero escondido. Pero eso sí no se lo digo a nadie. A mí no hay quien me madrugue. Para bobo Arroyito, que lo agarraron asando maíz montado en un tren y después los soldados lo asesinaron en el traslado al presidio de Isla de Pinos”.

Felipito desvía la mirada. Lo cansan los espectros y sus oníricos, prolongados e incomunicativos monólogos. Y para colmo de tribulaciones está casi seguro que Balbino forma parte de la legión de fantasmas que pululan en el camposanto. Tuvo la intuición la misma mañana en que sepultan al padre.

No bien Generoso y él lanzan sobre la tumba las postreras paletadas de tierra, el enterrador detiene la pala en mitad de un movimiento; una lividez repentina le altera el rostro y suelta una palabrota: “¡Le roncan los cojones!”. Felipito ansioso lo interroga. “¿Lo viste… lo viste…?”. Generoso recobra la compostura y dice tajante: “No he visto a nadie. Además eso a ti no te importa. Román el zapatero dijo lo que te interesaba saber. ¡No vuelvas a preguntarme por el difunto Balbino!”.

-¡ Espabílate y pasa la botella! -la voz apremiante de Generoso lo aleja de las cavilaciones.

-¡Qué caray! -Aquilino prosigue -desde donde quiera que Susanita y mi hija estén mirando, seguro que comprenderán que yo no siento nada por Zenaida. Lo mío con ella es físico.

Es más, de ahora en adelante cada vez que me ocupe con ella voy a darle un par de pesos más de lo que cobra. Así sabrá que como cliente y amigo le estoy muy agradecido. ¿No creen? -con expresión de culpa e inseguridad, busca el asentimiento de los otros.

-¡Claro que sí hombre! -Generoso reafirma. Paladea un trago de aguardiente y encamina la charla por un derrotero diferente.

En los días que siguen, Eufemia empeora de manera rápida y progresiva. Por lapsos pierde la memoria y confunde a Felipito, frecuentemente, con Balbino.

A causa de la preocupación que la madre le ocasiona, por las noches el reposo de Felipito es ligero e inquieto. Una madrugada, un fuerte olor a alcohol le sofoca el sueño. Sobresaltado, en paños menores, se lanza de la cama y corre a la cocina. Allí, parada en medio de la pieza, totalmente desnuda, el pelo canoso en desorden y con pupilas de hostilidad vaga, Eufemia termina de verter sobre su cabeza, hombros y pecho el contenido de la botella de alcohol que alimenta el reverbero en el que se hace el café de las mañanas, se calienta la leche del desayuno y tibia el agua para el baño corporal de las tardes. “¿Mamá qué hace?”; grita al tiempo que Eufemia se apodera de una caja de fósforos. “¿Qué hace mamá?”; repite. Corre hacia ella y la rodea con sus brazos. “¡Déjame, carajo!”; chilla histérica. “Voy a reunirme con tu padre y no quiero que nadie se meta”.

Temas similares…

Alejandro de Humboldt en Cuba

Alejandro de Humboldt en Cuba

Considerado “el segundo descubridor de Cuba”, el naturalista y explorador prusiano Alejandro de Humboldt (1769-1859)...

0 comentarios

Enviar un comentario

EnglishSpanish