El entierro del enterrador

Written by Libre Online

23 de mayo de 2023

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Generoso, sentado sobre la tapa de granito del panteón que limpia, efectúa un alto para ingerir el almuerzo de pan con tomate y jugo de guayaba. Un laurel copioso le regala sombra y fresco. A su lado un cubo mediado de agua con detergente y un estropajo metálico que flota en la espuma. Más allá, apoyados contra la verja del panteón aledaño, un pico y una pala.

Generoso, además del sueldo de sepulturero y las propinas que los dolientes dejan después de los entierros, también se ocupa, por encargo de familias pudientes, del mantenimiento de muchos panteones. Con este desempeño redondea la paga y se granjea la simpatía de la burguesía local. Abogados, médicos, políticos, empresarios y terratenientes lo conocen y otorgan el beneplácito de algo parecido a la amistad.

-Me dijo papá que viniera a ayudarte -a espaldas de Generoso suena la voz juvenil de Felipito-. ¿Qué tengo que hacer? -inquiere y se coloca frente al enterrador.

Generoso, sin dejar de comer, levanta la vista. Felipito, para su edad, es bastante alto, robusto y pasado de peso. Tiene la piel blanca; pelo negro, largo y encrespado en las puntas. El rostro, grasiento, exhibe un acné rojizo y una pelusa que presagia la barba del adulto. Viste descuidadamente y cuando habla la saliva se agolpa en las comisuras de los labios. A pesar del aspecto desaseado, una mirada de ojos negros, entre candorosa y aniñada, logra captar la voluntad de quienes lo tratan.

-Coge el estropajo que está dentro del cubo y sigue lavando el panteón en lo que acabo de almorzar. ¿Almorzaste? -averigua entre bocado y bocado.

-Ya almorcé -contesta parco y cumple las instrucciones.

Generoso termina el pan con tomate. Bebe lo que resta del jugo de guayaba y con la mano derecha se limpia los labios.

-¿Qué más te dijo Balbino?

-Que hiciera caso y trabajara duro -responde mientras frota el estropajo contra el granito de la tapa.

-¿Te aclaró que el trabajo no es seguro y que no voy a pagarte?

-Me lo dijo -afirma sin parar de restregar.

Generoso busca en el bolsillo superior izquierdo de la camisa. Extrae una caja de cigarrillos «La Corona» y un encendedor hecho con el casquillo, color bronce, de una bala de grueso calibre. De la envoltura, blanca y negra, selecciona un cigarrillo. Se lo lleva a la boca y con la punta de la lengua moja el papel de sabor dulzón. Lo prende y aspira con satisfacción. El aroma del tabaco se confunde, por un instante, con el aliento a gasolina que emana del encendedor. A través del humo que despide por boca y nariz, estudia los movimientos de Felipito.

-Si te apuras tanto pueden quedar manchas -previene.

-Por donde paso el estropajo no queda nada-Felipito jadea al hablar y sonríe salivando.

-¿Qué te pasó en la escuela? -Generoso es directo.

Felipito se torna serio. Sus movimientos pierden vigor y contesta de mala gana.

-La maestra no me quiere. Dice que no voy a aprender más y que busco problemas con los más chiquitos.

-¿Por qué te fajas con los demás muchachos?

-Me dicen cosas…

-¿Qué cosas?

-Grandulón, bruto, animal… cosas. -¿Y tú qué haces?

-Como son más chiquitos aguanto. Aguanto hasta que me llenan el gorro de guisasos y empiezo a repartir soplamocos. Entonces ellos lloran y la maestra me cae a toletazos con la regla. Me insulta y grita que yo soy el único culpable. Ella no ve que yo no me meto con nadie. Son ellos; ¡siempre ellos! -recalca rojo de ira-. Total, la maestra no me quiere en la escuela -recobra la calma y termina filosóficamente.

-¿No te gusta estudiar?

-Ya sé leer y escribir. Quiero trabajar; tener dinero -enfatiza.

-Ser enterrador es duro. -¿Vas a dejarme…?

-No quise decir eso -Generoso rectifica-. La idea es que quien estudia se da mejor vida.

-No me importa -Felipito afirma.

Generoso se incorpora del panteón. Lanza la colilla a tierra y la deshace con la puntera de la bota del pie derecho. Una sonrisa tolerante muestra los dientes cariados y manchados de nicotina.

-Para ganarte la vida; ¿qué es lo que te gusta hacer?

-Cualquier cosa -esquiva la pregunta.

-De verdad; ¿qué es lo que más te gusta hacer? -persevera.

-Bueno… ¡de verdad, verdad…! ¡Cazar tomeguines! -confiesa orgulloso.

Generoso pone cara de incrédulo y ríe al mismo tiempo.

-Eso no es un oficio. Nadie puede vivir cazando tomeguines. El dinero es muy poco.

-¡Yo cazo mucho! Tengo una jaula de güin, con cuatro trampas de remolinos que es un fenómeno. Me voy para la sabana de Antón Díaz y en un ratico la jaula se llena de pajaritos.

-¿A quién se los vendes?

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-A los muchachos del barrio y a Yiyo Atienza. Cada vez que paso por el puesto que Yiyo tiene en la plaza del mercado gano dinero. El compra todos los tomeguines.

-¿A cómo los paga?

-Los tomeguines de la tierra a medio y los del pinar a real.

Generoso desaprueba con un ademán de cabeza.

-Para pasar el rato está bien -anota displicente y observa la marcha del sol-. ¡Carajo! -se altera- por estar hablando sanaquerías contigo había olvidado que tengo que abrir un hoyo para esta tarde. Agarra esos hierros y ven conmigo -dispone señalando para el pico y la pala cuyos mangos de madera se reclinan en la reja del panteón vecino.

-¿Qué hago con el cubo y el estropajo? -Felipito averigua.

-¿Terminaste de limpiar el panteón?

-Está completo. Hasta le saqué brillo a la tapa -dice orondo.

-Bota el agua sucia; deja el estropajo dentro del cubo y también tráelo contigo.

Generoso con agilidad juvenil se desplaza por entre los monumentos funerarios. Felipito con el pico y la pala encima del hombro derecho y el cubo pendiente de la mano izquierda lo sigue apurado y elude verjas, cruces y estatuas de ángeles y santos.

-Espérame detrás de aquel panteón de mármol blanco que voy a la casita de las herramientas por otra pala y otro pico. Dame el cubo para guardarlo -el sepulturero se vuelve a medias y toma el recipiente.

-Si quieres empiezo a abrir el hoyo.

-¡Dije que me esperaras! -remacha irascible y se aleja.

Felipito se coloca en el sitio indicado. Deposita el pico y la pala sobre la tierra y mientras aguarda se distrae, siguiendo con la vista el planeo de una bandada de auras. El cielo se tachona

de nubes que crecen con presagio de lluvia.

-¿Qué, también te gusta cazar auras? -Generoso, a espaldas de Felipito, comenta burlón.

-Las auras pueden estar rato y rato volando sin mover las alas -responde admirado.

-Deja las auras y recoge el pico y la pala que hay que meterle mano al hueco -Generoso se aparta del panteón de mármol blanco y en sentido lineal recorre varios metros-. Aquí mismito es.

-¿Arranco…? -Felipito se adelanta.

-Mejor te quitas la camisa y escupes las manos para que el mango del pico no se resbale.

El muchacho sin chistar obedece y con la herramienta hiende la tierra. Frente a él, guardando cierta distancia, Generoso trabaja. Pronto, los dos sudan y resoplan.

-Tú siempre haces los hoyos de un día para otro -Felipito señala-. ¿Por qué con éste no?

Generoso sonríe. Levanta el pico y lo deja caer con fuerza. Una masa de tierra compacta, coronada de hierba, salta y desguarnece a una escurridiza, rosácea y blanda lombriz.

-Estas personas son de una religión protestante. Ellos quieren que la fosa sea acabada de abrir. Es más, nosotros no vamos a terminarla.

-Entonces, ¿qué estamos haciendo? -Felipito muestra sorpresa.

-Dejarla casi lista. Cuando el entierro llegue los hombres de la familia y amistades la terminan. Y, lo que es todavía mejor, también la tapan. Felipito ase la pala y despeja la excavación.

—Gente extraña -comenta entre una y otra paletada de tierra.

-Dice el cura Conyedo que no creen en la Virgen María. Y que fue un americano rubio, que casi no hablaba en cubano quien les comió el cerebro con esas ideas del diablo. Pero lo que es a mí no me importa. Ellos hacen parte del trabajo; no se meten conmigo y dejan buenas propinas.

-Si dan propinas es que tienen dinero -Felipito discurre.

-¡Los hay hasta con títulos! Médicos, veterinarios, agrimensores, contadores… -Generoso enumera.

-En este pueblo las familias que están un poco cómodas tienen panteón propio -el muchacho prosigue.

-Plantar el ñampio en tierra es cosa de la religión de ellos. ¡Y como cantan después que el hueco se tapa!

-¿Ponen flores…? -Felipito sigue.

-Muy pocas y blancas.

Callan. El ruido bajo del pico que desgarra y la pala que recoge se combinan con el resuello humano. El sudor profuso se ampolla sobre la piel y revienta en gotas cálidas que salpican los terrones del fondo.

Generoso, súbitamente, ladea el rostro y efectúa una mueca de disgusto.

-¿Te bañas todos los días?

El muchacho, sorprendido por la pregunta, deja el pico en vilo y con mirada turulata busca respuesta.

-¿Si te bañas, y usas desodorante? -reitera.

-Bueno… Todas las tardes, antes de comer, agarro un cubo con agua, lo tibio un poco en el fogón de petróleo y me baño en el excusado que está detrás de la casa. ¡En mi familia todos nos bañamos! -protesta, empezando a intuir la intención del sepulturero. -El desodorante se lo untan papá y mamá, que son las personas mayores.

-En cuanto el trabajo te hizo sudar, se te destapó tremenda peste a grajo. Ya eres un grandulón y necesitas desodorante.

-¡Me baño tarde por tarde! -se obstina. Enrojece de vergüenza y para disimular, se concentra en la faena.

-No voy a discutir contigo. ¡Apestas a grajo! -Gener machaca de mal talante-. Todavía no sé si te dejo traba'» conmigo. ¡Pero con ese tufo a chivo macho que botas sudas no te quiero ni a mil millas de distancia!

—¡Cono! Es que papá y mamá no me prestan e’ te. Dicen que cuesta dinero y que yo no tengo -confiesa de un tirón.

-Tú me perdonas, ¡Pero qué tacaños sr neroso exclama-. Llevan años vendiendo cementerio. ¡Y ni cuando me junté cor

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Eufemia, fueron capaces de regalarnos una florecita! Y eso que ese día los invité a una botella de aguardiente.

-Ahora mismo no tengo dinero, pero cuando vuelva a cazar y vender tomeguines paso por la quincalla de Elias y compro un desodorante.

-No hace falta que gastes tanto -Generoso estima-. Estoy seguro que los desodorantes normales no pueden con tu olor. Mejor te llegas a la botica de Arturito y compras un medio de bicarbonato. Después buscas un pomo vacío que tenga tapa de rosca. Echas el bicarbonato en el fondo del pomo; le exprimes un limón, con mucho jugo, y lo unes todo hasta que se forme una pasta. Un poco de esa pasta te la untas en los sobacos cada vez que te bañes y cada vez que te levantes por las mañanas. ¡Y adiós grajo! Es posible -previene- que como no estás acostumbrado a la combinación de bicarbonato y limón, los primeros días, mudes el pellejo de abajo de los brazos. ¡Ah!, el pomo siempre tiene que estar bien cerrado. Si no la pasta se pone dura y deja de servir.

Felipito desecha el recelo anterior. Adivina en las palabras de Generoso el deseo de ayudarlo. Levanta la cara sudorosa; sonríe y la saliva le burbujea en los labios.

-¡Otra cosa chico! -Generoso adopta un tono sentencioso-. Siempre tienes esa boca llena de baba. Trágatela, que eso se ve feo. Además, a las mujeres no le gustan los hombres que babean como mocosos. ¿Tienes novia…?

-¡Caramba!; no paras de criticarme -Felipito retoma la suspicacia.

-¿Tienes o no tienes novia? -el enterrador desatiende la protesta y persevera.

-No tengo -afirma lacónico y el acné del rostro se arrebola de vergüenza.

-Bueno; hay que buscarte novia o mujer. Ya tienes tamaño para eso. A lo mejor el día que te acuestes con una se te corta la baba.

Felipito suelta una carcajada cómplice y el rubor aumenta. Generoso le dedica una mirada paternalista; lanza el pico a un lado. Sale de la tumba y dice.

-El hueco está bien así. Saca con la pala la tierra suelta del fondo y vamos a esperar por el entierro-. Un viento suave y húmedo le dilata las fosas nasales. Mira al cielo y sopesa -. Hoy no llueve aquí. El agua se fue rumbo a La Esperanza y se llevó el aurero -. Desliza la mano derecha junto a la faja del pantalón, donde cuelga un manojo de llaves y extrae un viejo reloj de bolsillo de color plateado; esfera blanca con motas de tiempo y números romanos. Una cadena corta, del mismo metal, lo asegura a una de las trabillas de la cintura. Consulta la hora. No conforme verifica la posición del disco solar e indica -. Son más de las tres de la tarde. Antes de las cuatro llega el muerto -. Guarda el reloj. Desprende las llaves del cinto; se las extiende a Felipito y le ordena -. Ve a la casita de las herramientas y trae dos trozos de madera redonda que están en el piso. Detrás de la puerta cuando abras.

El muchacho toma las llaves.

-¿Para qué los quieres? -muestra interés.

-A las cinco es el último entierro del día. Será en un panteón. Los troncos son para hacer que la tapa corra. Es muy pesada para levantarla a pulso. ¡Y no vuelvas a preguntarme cuando te mande! Lo haces sin chistar o te vas. ¿Queda claro? -lo conmina.

-¡Ya voy…! ¡Ya voy…! Nada más quería saber… Yo te hago caso -aduce apocado -. ¿Cuál es la llave? -se anima.

-Pruébalas todas para que aprendas -responde agrio.

Felipito con la cabeza gacha y rumiando una protesta muda se apresura en cumplir la encomienda. Llega junto a la pequeña y desvencijada construcción de tablas y techo de láminas de cinc maltratado que guarda las herramientas. Un candado grande y mohoso le cierra el paso. Prueba varias llaves y ninguna resulta. Las manos le tiemblan e intranquilo maldice en voz baja. Al fin acierta y el anillo cede con un chasquido leve. Retira el candado de las argollas y la puerta, con chirrío de bisagras, se abre hacia dentro. Un embudo de luz hiere la tinie-bla contenida en el espacio. Se acopla con el asomo de claridad que se insinúa por junturas y resquicios y rebota contra varios

sacos de cemento que se apilan contra la pared del fondo. Felipito agacha la cabeza y entra. Parpadea y acostumbra los ojos a la oscuridad. Un olor mezcla de pintura, lubricantes, polvo de cemento y suciedad se apodera del olfato. El piso es de tierra. Únicamente debajo del cemento y algún que otro material sensible, de mucho peso, hay entarimados de madera. De las paredes laterales cuelgan tablones que fungen de anaqueles para un sinfín de utensilios de carpintería, pintura, albañilería, jardinería y mecánica.

Una tela de araña se pega al cabello de Felipito. Masculla una palabrota y a manotazos trata de librarse de la red sutil.

Acomodado a la penumbra mira en torno y descubre que el sitio es más amplio, interiormente, de lo que pensó en principio. Sin embargo, el techo es tan bajo que le toca la cabeza. Una segadora de hierba, que rezuma aceite y gasolina, le bloquea el paso. La echa a un lado y busca detrás de la puerta donde, reclinados contra la pared, están los maderos de igual largo y grosor. De uno en uno los pone afuera. Cierra la puerta; coloca el candado y en las espaldas carga los maderos.

Cuando regresa, Generoso fuma un cigarrillo y observa la entrada del cementerio.

-Pensé que habías ido a cazar tomeguines -apunta zumbón.

-No me demoré tanto -se defiende sin mucho vigor. -¡Ya viene el entierro! -Generoso anuncia y busca mejor visibilidad.

Felipito, aún bajo el peso de los troncos, se vira y contempla el cortejo fúnebre que se aproxima.

-¡Cono!; ¡cómo trae gente! -exclama.

-Estos protestantes hacen tremendos entierros -Generoso admite.

-¿Qué hago con los palos? -el muchacho tercia.

-Ponlos allá-dice y apunta con la diestra extendida-. Allá, donde se ve el ángel grande que le falta un pedazo de ala. ¿Lo ves…?

Felipito con la vista sigue la indicación y asegura. -Ya lo vi.

-Bueno; espérame en aquel panteón que yo solo me ocupo de este muerto. ¡ Ah! -exige atención-. La parte del hueco que hiciste no quedó bien.

El muchacho fija la vista en el agujero e ingenuo responde.

-Yo lo veo todo igual…

-¡Carajo!; yo no digo mentiras -se altera-. Cuando te mandé por los palos tuve que emparejar el fondo de la fosa.

Felipito se muerde los labios y parpadea. Un saliveo nervioso lo constriñe a tragar repetidas veces.

Generoso, a raíz de esa primera vez, no cejará en hallarle defectos al trabajo del, por entonces, joven aprendiz. Con los años, y ya muy anciano, cuando apenas podía tirar el pico y manipular la pala con tino, siguió con la misma cantaleta. Cantaleta que Felipito, convertido en un profesional del oficio, llegó a tomar como advertencia fraterna; estímulo para el mejoramiento de su trabajo.

-¡Acaba de irte! -Generoso lo anima.

Felipito se aleja. Para contrarrestar la brusquedad del sepulturero piensa en la caza de tomeguines. Próximo al ángel de ala inservible para volar, con enojo, arroja los palos.

A distancia, examina toda la parafernalia litúrgica que rodea el sepelio. Cantos que prometen una vida futura; oraciones de consuelo y resignación. El sarcófago que baja; el anillo de manos unidas que circunda la tumba y el sonido de las palas y los terrones que golpean contra la tapa de madera, hasta que la tierra vuelve a su murmullo absoluto y unitario.

La tarde se refresca en una brisa lavada en el aguacero que cayó en otra parte, tal vez en Antón Díaz o La Esperanza. Un sol plomizo de nubes lejanas consagra la escena.

La mayoría de los asistentes son jóvenes y visten a la moda con telas de colores claros; ajenas al luto hermético. Una adolescente de cabellos negros recibe en la saya holgada, blanca y amarilla, un golpe de viento que le descubre las piernas. Retira las manos del círculo de plegaria y lucha contra el caprichoso elemento que la muestra y la ciñe en desafío voluptuoso.

Felipito, a la vista de la hembra joven, se remoja los labios; respira hondo y siente un aguijonazo de torpe lujuria.

El sepelio concluye y Felipito es testigo de cómo un humilde y circunspecto Generoso se quita el sombrero y con la mano izquierda lo extiende y acepta propinas.

Dolientes y amigos comienzan a retirarse. Formando grupos dispersos toman la avenida principal. El ruido de las pisadas encima del concreto es más fuerte que el de las conversaciones apagadas.

Generoso se cerciora que ha quedado solo. Del rostro desaparece la expresión mesurada. Sonríe ampliamente y codicioso introduce la diestra en la copa del sombrero. Varios billetes arrugados asoman por entre los dedos que ciñen el puño. En movimiento rápido embolsa el dinero; se coloca el sombrero de yarey y caminando deprisa se reúne con Felipito en un panteón contiguo al del ángel.

-Agarra los palos que voy a enseñarte como se destapa un panteón sin hacer mucha fuerza -exclama e imprime movimiento a sus palabras-. ¡No seas toletel -grita-. De esa forma vas a quebrarte un huevo.

-Si no levanto un poco no puedo meter el palo debajo -Felipito, desorientado, responde mientras pugna con una de las argollas de bronce que la tapa, para una mejor manipulación, destaca en cada esquina.

-Un poquito; nada más que un poquito hasta que yo ponga el palo -Generoso lo guía-. ¡Así, sin hacer mucha fuerza! -dice triunfal en medio del ruido seco que provoca el mármol que se desplaza.

El segundo y último sepelio de la tarde resulta ser el de una criatura que muere a las pocas horas de nacida. Unos padres jóvenes y atribulados, en compañía de familiares inmediatos, siguen a la carroza fúnebre.

El sacerdote Juan de Conyedo le imparte la bendición de rigor al pequeño difunto, y con palabras de fe trata de alentar a los deudos.

Después, Generoso desciende al interior del monumento funerario. Con voz que retumba en la cripta de concreto frío,

instruye a Felipito para que lo asista. Levanta los brazos por sobre la cabeza y recibe la caja liviana.

Las paredes laterales del panteón, formadas por cavidades independientes, con amplitud para acomodar un cuerpo en cada una de ellas están casi llenas. Solamente resta un espacio en lo alto del muro izquierdo. En la pared frontal y en la del fondo, también horadados en el concreto, resaltan los nichos que contienen los restos de las generaciones antecesoras.

Generoso se empina en la punta de los pies y coloca, en la abertura desocupada, el féretro diminuto. Un trozo de cielo con hilachas de nubes asoma en el brocal del panteón y un rayo de sol, momentáneo, alumbra la faz del sepulturero. Generoso respira profundo; una bocanada de aire intemporal, carente de imágenes y olor, le colma los pulmones.

El rostro joven y conmovedor de la madre se recorta en la entrada. El eco de su gimoteo rebota en el agujero. Desmadejada dobla el torso y estira las manos que sostienen un ramillete de rosas blancas. Una petición patética brilla en sus ojos abotagados. Generoso en movimiento mecánico, sin pronunciar palabra ni permitir que las miradas coincidan, toma las flores y delicadamente, casi con amor, las coloca encima del ataúd. Los gritos de la mujer crecen, se tornan histéricos y en lo alto aparece un manojo de brazos y manos que la desprenden del sitio.

El enterrador, parsimonioso, sale. Por señas se comunica con el ayudante. Ambos, esta vez auxiliados por varios de los concurrentes, vuelven a colocar la pesada cubierta de mármol.

Generoso, en el momento de la partida, acepta las propinas que le ofrecen. Felipito instintivo se aparta, pero, de todas formas, dos personas lo buscan y ponen en su diestra sendos billetes que aprieta sin reparar en la denominación. Generoso le dedica una mirada rápida y centelleante que fomenta en el muchacho un sentimiento de culpabilidad.

Generoso, no bien quedan solos, con expresión huraña exige.

-¿Cuánto te dieron? -No sé…

-¡A ver!; enséñame.

El muchacho extiende el brazo y abre la mano.

-¡Dos pesos de mierda! -exclama con desdén. Pero al instante rectifica posesivo-. ¡ Dámelos! Son míos. Tú aquí estás a prueba.

Felipito entrega el dinero e interpone dócil.

-Yo sé que son tuyos. Iba a dártelos.

Generoso, mitigando la expresión adusta, toma el dinero. Contempla el sol que declina y comenta.

-Dentro de un rato cierro el cementerio.

-¿Ya no hay más trabajo?

-Por hoy se acabó -responde parco.

-¿Puedo venir mañana…?

El enterrador distiende los labios en un gesto parecido a una sonrisa. Escruta la expresión de Felipito y con lentitud estudiada manifiesta.

-Sí; mañana puedes venir.

-¡Qué bueno! Voy a regalarte una pareja de tomeguines del pinar; ¡con jaula y todo! -asevera emocionado.

-No me gustan los pájaros. Cagan mucho -rechaza el ofrecimiento. Mete la mano izquierda en uno de los bolsillos del pantalón y saca un peso con varias monedas-. Agarra este dinero y llégate a la licorería «Cuadrado». Preguntas por Aquilino, el químico; le das este dinero y dile que me mande una botella de aguardiente. También le dices que si quiere puede venir a tomarse un trago con nosotros.

-La licorería «Cuadrado» queda un poco lejos. Caminando voy a demorarme. Ahorita oscurece. ¿Por qué no la encargas a la tienda de don Pío Otero que está más cerca?

-Comprarla directamente en la licorería sale más barato. Además, Aquilino es mi amigo -cavila un momento y reconoce-. Es verdad, dentro de un rato se va el sol. Dile a Balbino que te preste la bicicleta para que andes más rápido.

-Papá no me presta su bicicleta. Dice que yo no la cuido.

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-Dile a Balbino que, si no te la presta para que me busques la botella de aguardiente, mañana no trabajas conmigo. ¡Dícelo así mismo!

Felipito sonríe abiertamente. Se guarda el dinero y exclama.

-Ahora sí creo que me la presta -a punto de salir corriendo se para en seco y confiesa-. Papá y mamá no me dejan beber nada más que en Noche Buena, y para eso una sola copita de vino de fruta bomba.

-Yo soy el jefe y quien trabaja conmigo tiene que compartir. Es bueno que tu padre sepa eso -afirma desafiante-. Y coge -lo detiene. Vuelve a introducir la mano en el bolsillo y extrae una moneda-. Esta peseta es para ti. Para que compres el bicarbonato y los limones y todavía te sobra dinero. Vamos a ver si matas el grajo.

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