El Drama de la pasión

Written by Libre Online

14 de abril de 2022

Por Gastón Baquero (1955)

Permitásenos una observación inicial: estos  días de la Semana Santa, de la Semana de Pasión, tienen hasta en la propia calidad del aire, hasta el recogimiento de los mismos elementos, la expresión peculiar, un tono severo y solemne.

Estos días no son los mismos del año. Parece que la luz, el aire, el día y la noche, comprenden también la tierra está siendo recorrida por un recuerdo terrible, por una emoción que al reducirse lo hizo con tanta fuerza, que hasta hoy percibimos su resplandor, su intensidad.

La naturaleza también está de duelo. Está, por lo menos ensimismada, y  como apenas activa. Se tiene la sensación de que en estos días la propia naturaleza se ha vuelto recuerdo, y se asoma a vivir en su memoria los pasos tremendos de la Pasión de Jesús.

¿Y el hombre? Se observará que acaso ser la influencia del ambiente, acaso tan solo por la contaminación espiritual del contorno, todos los hombres creyentes o no, sienten en estos días la presencia de algo enorme, extraño, que no aciertan a explicarse, pero que aún contra su voluntad les pesa en el recuerdo, y nos les deja en paz, sino que les hace cavilosos y tristes.

Crédulos e incrédulos, son por estos días seres humanos que sienten sobre su conciencia la majestuosidad, la grandeza, el misterio del Drama de la Pasión.

Y esto que se deja dicho, y que se explica por su sola realidad, que es algo comparable con solo echar la mirada afuera no puede deberse  sino a una cosa: a que todos consciente o inconcientemente, sentimos la sensación de que ese Drama tiene que ver con nosotros, sentimos que de un modo u otro somos coopartícipes de él.

No hay que poseer cultura religiosa, ni práctica del rito, para que en una ocasión dada , y esta es la ocasión excepcional, se nos imponga la sustancia de la religiosidad, la fuerza de sus misterios y secretos ¿Qué Drama fue este que aún  hoy, veinte siglos después, conserva intacta su potencia, su acción sobre espectadores tan remotos? ¿Qué ocurrió en Jerusalén durante aquellos días para que la humanidad siga emocionadamente recordando y meditando el  sentido, la importancia, la grandeza de aquello?

Esta es la ciudad de Jerusalén, corazón de Judea. Por el año 782 de la fundación de Roma, aquella ciudad es también el corazón de las luchas enconadas que liberaba la nación judía contra sus opresores. Solo recientemente se había llegado a conseguir un tratamiento más benévolo, una mayor libertad para los que vivían bajo el dominio romano.

Todavía recordaba Jerusalén los horrores de cuando gobernaba Herodes. La vida de éste tocaba a su fin al anunciarse treinta y tantos años antes, que había nacido el Cristo, el que venía a libertar a su pueblo, a levantar el yugo milenario que pesaba sobre su raza. Cuando nació ése al que los suyos llamaban Jesús, o sea, Salvador,  y Emmanuel, o sea, Dios con nosotros, Jerusalén vivía aún bajo el horror del último castigo impuesto por los romanos a los rebeldes hebreos: cuarenta jóvenes fueron convertidos en antorchas vivientes por haber intentado derribar el Agulla de oro colocada por Roma en la fechada del Templo… Pero ahora, en estos días del gobierno de Poncio Pilatos, las relaciones entre judíos y romanos han llegado a una zona de calma de concesiones, de acuerdos.

Tiberio está en Capri. Quiere esto decir que el imperio está podrido. Aquí en Jerusalén el Sanedrín manda espiritualmente sobre las masas. Se practican los ritos de la más pura religión judía, se vive en una atmósfera de rígida observancia de los preceptos, por una parte,  y de endemoniados, magos,  taumaturgos, e iluminados por otra. Los custodios implacables de la letra  de la Ley, han llegado a un tecnicismo abrumador: la sutileza de los exegetas toca en un punto tal de esterilidad, que ha hecho prácticamente inexistente el espíritu de la Ley.

Los fariseos, los escribas, los levitas viven disputando en torno a las más complicadas distinciones. Hay unas setecientas modalidades a considerar cuando se trata del repudio de una mujer. Todo es sometido a la casuística, al seco análisis. Y la Ley se ha hecho estéril. El pueblo ha perdido la comunicación viva y amorosa con la religión, con su Dios. Sin embargo, en una raza rebelde e infinitamente mística, que no cede, ni en lo político ni en lo espiritual. Vive soñando con la venida de un Libertador, con la llegada del Mesías. Si el Banhedrín está de acuerdo con Roma gobierna desde el Africa hasta el Rhin, desde la Bretaña al Eufrates, pero hay una nación eternamente rebelde. Los judíos han sufrido veinte derrotas terribles, pero no ceden. Esperan, respiran en el aire el mensaje del Señor. Sueñan y confían en la llegada del Salvador.

De pronto la noticia corre de boca en boca. Hay uno que llega de la Galilea, uno que ha estado en Jerusalén de pasada alguna vez, y que se tiene, según el creer de los que le han visto obrar milagros y han escuchado sus palabras, por el verdadero Mesías, por el Esperado. Ya se hablada de él hace mucho tiempo.  Pero ahora, en estos días de la pascua de Nizan, en cuya víspera  el pueblo inmola un cordero, crece el rumor de su llegada. Está cerca, está  haciendo milagros a toda hora, todo día, sábado inclusive. Había al pueblo sencillamente. No es un retórico, no exprime los vericuetos de una orden de la Ley, sino que dice directamente palabras, parábolas, que todos son capaces si no de comprender, si de sentir como llenas de un eco misterioso, como cargadas de un auténtico mensaje. El pueblo siente revivir  la comunicación con su Dios a través de ese joven galileo, que no ha estado en cátedras, que no ha estudiado los grandes textos de la Ley, que apenas sabe nada, pero que es rico de una sabiduría natural, reflejada inspirada.

Es tanto lo que ha hecho, que el pueblo tiene ya una fe irreprimible en él. ¡No solo por sus milagros, que son muchos y extraños, sino porque habla directamente al corazón, y pasa por encima de los rebuscamientos y sofismas de los fariseos y sacerdotes. Este hombre ha sido capaz de levantar a un muerto de la tumba, pero también ha sido capaz de proclamar que por la voluntad del padre el matrimonio es indisoluble, que viene a tratar con los humildes y a anunciarles el Reino de los Cielos, que viene a descubrir en el corazón del hombre los caminos que llevan a la presencia del Padre. Se rodea de pobres, de enfermos, de pecadoras de tullidos, de tristes.

Por primera vez en el mundo, se siente la presencia de la Piedad, de la Bondad, de la convivencia humana como obligación de Amor. La Roma imperial no conoce la piedad. Séneca y Marco Aurelio, paganos, desprecian la pobreza y la misericordia. Marco Aurelio ha dicho que la misericordia es debilidad: Séneca, que la conmiseración es un vicio del corazón. Ser pobre, es un delito y un oprobio. No había piedad en Roma, sino armas. Y entre los duros exegetas de la Ley, entre los incorruptibles guardianes de la Letra Antigua no había sitio tampoco para la piedad. Su corazón estaba seco y oprimido por el peso de la retórica. ¡Cómo tenían que sentirse  uno y otros romanos imperiales y hebreos del ritual, cuando cundía la noticia de que el taumaturgo que en Betania había levantado a un muerto era el mismo que decía “Bienaventurados los mansos y humildes! Porque ellos poseerán la tierra”. Como tenían que sentirse cuando sabían que  las gentes saltan enloquecidas al encuentro de aquel joven desconocido y se le someten en cuerpo y alma por la sola imposición de sus palabras, de sus gestos de sus obras.

Ya Jesús constituía un peligro. Si se les ocurría o si tenía el proyecto de alzarse en jefe de aquellas gentes. Roma vería amenazado su poder y el Sanedrín tendría que hacer frente a un cisma o a una rebelión acaso mortal. Se le consideraba “tan funesto para la religión como para unidad nacional”. Era posible que por su culpa, los ánimos soliviantasen y Roma volviera al tratamiento cruel de antaño. Perderían los hebreos lo que habían adelantado. Y además, este orgulloso taumaturgo se atrevía a pensar  por su cuenta en materia religiosa, y pasaba por encima de toda autoridad, contradecía, barrenaba preceptos, creaba nuevas normas, conquistaba incansablemente prosélitos fervorosos.

Jesús se acerca a Jerusalén. El milagro de la resurrección de Lázaro ha colmado la medida. Calfás convoca el Sanhedrin, en su casa de campaña, sobre la colina que hoy lleva el nombre de Colina del Eiffel Consejo. Acuden los príncipes de los sacerdotes, algunos escribas, los pontífices, fariseos. Comienzan como acostumbran, a discutir los detalles, las minucias. Pero Calfás se pone en pie y dice rotundamente: ¡No entendéis! Toda la nación va a perecer: una sola cosa importa: que un hombre muera para salvarla.

Jesús queda condenado a muerte. Ha de ordenar que salgan en su busca y le tomen prisionero dondequiera que se encuentre. Van en su busca los fariseos; no le hallan, porque ha abandonado la Judea. Misteriosamente, sin embargo, los deseos del Sanhedrin se cumplirán: el propio Jesús decide volver. Viene a cumplir su destino, viene, por sus propios pasos y conscientemente al encuentro de la muerte. Seguido por el creciente fervor de las gentes, Jesús llega a la aldea de Betfages, inmediata a Jerusalén,  prepara la última etapa. Como estaba escrito, entró a vencer la ciudad rebelde, montado en un humilde juramento. Entró en Jerusalén para morir. Era el Domingo de Ramos.

Antes de decidirse a entrar en la ciudad ha llorado. Lo ha hecho porque veía que la redención del mundo, era un quehacer que necesitaba, todavía, el sacrificio definitivo. Llora porque sabe que los hombres tienen endurecido el corazón. Llora por piedad, llora de lástima por aquella ciudad y por todas las que fueron y son. Va a entregarse como prenda que sacie la ambición, la sed, el hambre, el odio, la maldad del mundo. Va a derramar su sangre para que el hombre no vuelva a derramarla nunca más: a dar ejemplo de que solo asciende a los cielos quien renuncia a todo por el amor a los otros, por piedad. Se llena de valor y penetra en la ciudad, seguro que penetraba la muerte.

Va al templo. Echa a los que habían convertido en industria la Casa de Dios. Sana a los ciegos. Los niños se sienten embriagados de amor, y dicen: “Hosanna al Hijo de David!” Los príncipes de los sacerdotes y los escribas sienten crecer el peligro. Este hombre constituye por si solo una rebelión. Hay que exterminarlo a toda costa, rápidamente. Y Jesús, que lee el odio en sus mirada y el temor en su entrañas, no se aparta ya un instante de apurar su misión. Pasa la noche fuera de la ciudad, en Betania. Cuando regresa el lunes por la mañana, entabla primero con sus diálogos decisivos. Hasta ahora,  Jesús, aun cuando había dado pruebas de su divinidad, no había mostrado íntegramente los secretos de su corazón. Jesús comienza aquí a explicar a todos que no viene a discutir los valores terrenales, sino los del cielo. El alma del hombre es su problema y su meta. No, él no viene contra Roma; tampoco viene a arrebatar el poder a los príncipes de los sacerdotes. Viene a realizar un acto extraño, un acto que ninguna religión había soñado jamás: el de entregarse en sacrificio al par que dejaba constancia de su divinidad.

El pueblo se vuelve contra él. Este hombre no dice lo que ellos querían. Este no es un rebelde, pretende cosas inofensivas. Soñaban los hebreos con el Reino de los Cielos, pero este hombre habla de un Reino de los Cielos que no consiste en dominar naciones, sino en  abandonar lo terrenal, lo efímero, por aligerar la carga material y hacer cercano el camino del cielo. Jesús, que comienza a ser perseguido porque se le tiene como la potencia que domina al pueblo, acaba siendo condenado porque el propio pueblo le desprecia y odia. Los mismos discípulos huyen de él le pierden la fe momentáneamente. Cuando confesó en la última Cena que volvería y que ofrecía el vino de la Nueva Alianza del Nuevo Testamento, de la Nueva Doctrina, los discípulos no pudieron comprender. Si ya estaba aquí, si era el Mesías,  ¿por qué no imponía de una vez el Reino de Dios”. ¿por qué hablaba de que habrían de velar en previsión de que volviera un día cualquiera en  el porvenir? Y sobre todo, ¿por qué si es Hijo de Dios, se deja dar muerte por mano de los hombres?

Jesús pone en evidencia, para siempre la condición humana. Demuestra con hechos que un hombre necesita cavar muy hondo dentro de sí para no ser tratado como Judas o desleal como Pedro. En este tránsito último de Jesús, esto saca a relucir de modo cegador el fondo impío del hombre. Es preciso que la maldad llegue a su expresión mayor, es preciso demostrar al mundo, para siempre, que cuando los hombres viven en pecado,  cuando ponen el interés material por encima del alma, son forzosamente más inhumanos, más crueles, más sanguinarios que los seres irracionales. Hasta este momento hasta la muerte de Jesús, el mundo vivía bajo el pecado, y no lo sabía. Se practicaban religiones que no tenían una base de piedad, de misericordia, de universalidad. No importaba la deformación de la sustancia del hombre. Es Jesús quien demuestra con su propia muerte, y para esto muere, que ante Dios todos los hombre son iguales, porque todos viven bajo pecado y todos pueden acogerse sin distingo alguno,  a la piedad infinita de Dios.

Jesús muere no por él, sino por los demás, por todos. Muere por los que le querían y por los que le odiaban y más por estos que por aquellos. Sabe que ahora en este duro trance de su muerte, los hombres se están dejando llevar malignamente por la crueldad y la injusticia. Pero sabe porque para esto ha venido, que inmediatamente después de su muerte, el hombre cambiará. No se hará perfecto, pero tendrá conciencia. Aun viviendo en el pecado, se sentirá siempre apreciador de un bien superior, de una ley de justicia, de una meta de bondad. La obra de Jesús consistió en llevar hasta su última expresión la naturaleza humana, para que en este límite se reconociera la presencia de lo divino. En el Camino, la Verdad y la Vida. Trae como Signo de Dios, la esperanza a los hombres. Después de él, inmediatamente después de haber padecido como padeciera el mundo conoció una nueva forma de conciencia. Con Jesús entra el arrepentimiento en el mundo, entra la conciencia; entra el reconocimiento del pecado y el anhelo de redención.

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