El “Diario” de José Martí

26 de enero de 2022

El Diario del Apóstol -de Cabo Haitiano a Dos Ríos- es un sorprendente trasunto del ambiente de las revoluciones, ya que sobre el guerrero predomina el pensador y el escritor, y al detalle, meramente militar, lo enriquecen la filosofía y el arte, dándole perennidad la pintura de los caracteres y el paisaje.

En capítulos anteriores hemos destacado escenas que el Delegado describió en su Diario desde la llegada a Playitas en abril 11, y continuaremos ahora cuando el Apóstol hombre humilde y previsor, movido por las reiteradas muestras de afecto que recibe, estampa el 9 de mayo:

“…Me sorprende, aquí como en todas partes, el cariño que se nos muestra, y la unidad de alma, a que no se preemitirá condenación, y a la que se desconocerá, y de la que se prescindirá, con daño, o por lo menos el daño de demora, de la revolución, en su primer año de ímpetu…”

Mas, a esta nota en que recoge la cariñosa adhesión de todos, añade los siguientes, angustiosos y proféticos presentimientos: “..El espíritu que sembré, es el que ha cundidlo, y el de la Isla, y con él, y guía confirme a él, triunfaríamos brevemente, y con mejor victoria, y para paz mejor. Preveo que, por cierto tiempo al menos, se divorciara a la fuerza de la revolución de este espíritu, se le privará del encanto y gusto, y poder de vencer de este consorcio natural, se le robará el beneficio de esta conjunción entre la actividad de estas fuerzas revolucionarias y el espíritu que las anima…”

Y el mismo día 9, hallamos en su Diario este curioso episodio, que trasunta el carácter y la austeridad de principios republicanos del General en Jefe y el Delegado:

“Un detalle: Presidente me han llamado, desde mi entrada al campo, las fuerzas todas, a pesar de mi pública repulsa, y a cada campo que llego, el respeto renace, y cierto suave entusiasmo del general cariño, y muestras del goce de la gente en mi presencia y sencillez. Y al acercarse hoy uno: Presidente, y sonreír yo.

 Trata de aclarar el Generalísimo: “No me le digan a Martí Presidente: díganle General, él viene aquí como General: no me le digan Presidente, a lo que replica Miró a Máximo Gómez:

_”¿Y quien contiene el impulso de la gente, General?…eso les nace del corazón a todos.”

Y ratifica Gómez:

_”Bueno, pero él no es Presidente todavía: es el Delegado.

Callaba José Martí pero notó el embarazo y desagravio en todos, y en algunos como el agravio.

Llama la atención la preocupación que se percibe en las narraciones de José Martí en su Diario, a medida que se van produciendo los hechos, discordantes de aquel absoluto desinterés, agonía y deber que para él, la patria significaba. Temores que asaltan al estadista insigne, casualmente unos días antes de su caída en Dos Ríos y que parecen emanados de una honda reflexión sobre el estado y el futuro de la guerra. Así escribió en su Diario:

“…Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta que punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir, en cuanto llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo, y en la soledad en que voy, impere acaso, por la desorganización e incomunicación que en mi aislamiento no puedo vencer, aunque a campo libre; la revolución entraría, naturalmente, por su unidad de alma, en las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo…”

Pensamiento interrumpido por la llegada de alguien que llega a caballo, a paso sereno, bajo la lluvia.

“…Un magnífico hombre, negro de color, con gran sombrero de ala vuelta, que se queda oyendo, atrás del grupo… Es Casiano Leyva,… Entre los triunfadores el primero, con su hacha potente:

y al descubrirse le veo el noble rostro, frente alta y fugitiva, combada al medio, ojos mansos y firmes, de gran cuenca. Entre pómulos anchos, nariz pura; y hacia la barba aguda la pena canosa: es heroica la caja del pecho, subida en las piernas delgadas: una bala, en la pierna… Habla suavemente; y cuanto hace tiene inteligencia y majestad”…

El calendario marca casi mediados de mayo. Todos andan siguiendo Cauto arriba, por allí por donde un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos, el Contramaestre que entra al Cauto. En otra ocasión recuerda “el baño en el contramaestre: la caricia del agua que corre: la seda del agua”… Igual nos deja saber de la persuasión de Pacheco, el Capitán que expone “que el cubano quiere cariño, y no despotismo: que por el despotismo se fueron muchos cubanos al gobierno y se volverán a ir: que lo que está en el campo, es un pueblo, que ha salido a buscar quien lo trate mejor que el español, y halla justo que le reconozcan su sacrificio.”

Otra vez continúa la demostración de afecto hacia el Delegado. Marcos, el dominicano, exclama “¡Hasta sus huellas!”. Rosalio en su arrenquín, con el fango a la rodilla, le lleva el almuerzo porque “por usted doy la vida”, asegura a José Martí.

Nació con ansias de libertad

Celebremos el natalicio de José Martí como si hubiera sucedido hoy. Porque nació patriota decidió luchar por la independencia de su país. Desde temprana edad sintió las ansias de libertad de su pueblo y se dio por entero a luchar por la liberación de Cuba entonces dominada por la Metrópoli española.

Pero nunca fue fácil su existencia. Dos veces desterrado de Cuba. En esa segunda vez se queda permanentemente en la ciudad de New York andando según dice al abogado Viondi: “por las calles con las carnes sanas y los huesos fuertes, pero con el corazón herido por la mano más blanca que he calentado con la mía…” y es que ya asomaba la diferencia matrimonial porque la esposa –a la que tanto amaba- no entiende su pasión por Cuba.

Sintió siempre con gran pesar la falta del hijo a su lado. Y fue más el tiempo que Martí permaneció enfermo que los días que le sucedían sintiéndose mejor de salud.

Mas ello no fue óbice para que su vida se convirtiera en un ir y venir, un voy y regreso, desde New York a distintos puntos del hemisferio; así desde que asomó a esta ciudad norteamericana su vida no tuvo reposo. Ni descansaban las acusaciones de algunos compatriotas a su labor creativa como su encuentro formal y abrupto con Enrique Collazo, quien después reconocería tantos méritos en el carácter y en la figura del Apóstol. Como méritos también recibió de los alumnos negros de la Sociedad Protectora de la Instrucción La Liga en New York que tanto lo admiraban y le llamaban “Maestro”.

En 1887 Doña Leonor visita a Martí y le entrega el anillo grabado con la palabra Cuba, hecho con metal de un eslabón de la cadena que llevó en presidio en La Habana.

 Se dice que Martí exclamó: “Ahora que tengo esta sortija de hierro, obras férreas he de hacer”.

Desde entonces el anillo le acompaño en us mano izquierda hasta el día de su inesperada caída en Dos Ríos.

Martí perteneció al período de literatos precursores de la independencia de la Cuba colonial. A este movimiento pertenecían, entre  otros: José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Gabriel de la Concepción Valdés,  Juan Clemente Zenéa y el patriota cubano Cirilo Villaverde autor de la novela “Cecilia Valdés”. Martí es considerado el precursor de la literatura modernista de América.

Enseñó Literatura en la Universidad de Guatemala.  Fundó la “Revista Venezolana” y escribía para varios periódicos suramericanos entre ellos “La Nación” de Buenos Aires  y “La Opinión Nacional” de Caracas, Venezuela. “La Opinión Publica” de Uruguay; en “La República” de Honduras y en “El Avisador Hispano-americano”, periódico político y literario de New York.

Entre sus obras literarias se encuentran “El Presidio Político en Cuba”, “Ismaelillo”, “Versos Libres” y “Versos Sencillos”, “Amistad Funesta”, “Adultera”, “Amor con amor se paga” y un fin de obras literarias, donde sobresale el mas extenso de sus poemas líricos, la oda: “A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre” donde lanza como un grito el verso “Cuándo se llora como yo, ¡se jura!…”

Pero de todo eso, sin embargo, merece mención especial su folleto: ”La República Española ante la Revolución Cubana”  donde prueba que su doctrina democrática es irrefutable.

Aquel muchacho de casi 18 años convertido en hombre sin una mayoría de edad, sino a fuerza de sufrimiento, llega a Cadiz y de allí sigue rumbo a Madrid. 

Nostálgico por la ausencia de los suyos, la lejanía de la isla y enfermo por las lesiones producidas por el peso de la cadena alrededor de la cintura y el malestar del grillete aprisionando su tobillo que arrastraba caminando desde la cárcel hasta el lugar donde espiaba su trabajo forzado: la Cantera de San Lázaro.

A poco de llegar a tierra española publica en La Soberanía Nacional, de Cádiz, su artículo “Castillo”, que por la semejanza de estilo y la valentía en la denuncia del mal, puede considerarse preámbulo de su inmortal folleto “El Presidio Político en Cuba”,  y que muchísimos cubanos posiblemente nunca han tenido la oportunidad de leer y por lo tanto desconocen los hechos escarnecedores de la especie humana, que presenció y sufrió Martí durante su prisión.

Tiene esta obra tal importancia en la vida del Apóstol, que no debía ser desconocida por hombre alguno que ame la justicia. Obra que constituye imperecedero mensaje de insólita manifestación de vida interior, excelsa piedad y pureza patriótica de un joven que, en el dintel de la existencia, con resignación apostólica, olvida su propio sufrimiento.

Y en “nombre del bien, supremo Dios, en nombre de la justicia, suprema verdad”, exige “compasión para los que sufren en presidio”.

El  Presidio Político en Cuba

El folleto «El Presidio Politico en Cuba» publicado en Madrid a mediados de 1871 consta de treinta páginas, y en sus páginas denuncia los horrores, maltratos y humillaciones que se vivía en la cárcel de La Habana. De ese folleto tomaremos una parte para su lectura, ésta donde el penado empieza diciendo:

“…Era el 5 de abril de 1870. Meses hacía que había yo cumplido diez y siete años.

“Mi patria me había arrancado de los brazos de mi madre, y señalado un lugar en su banquete. Yo besé sus manos y las mojé con el llanto de mi orgullo, y ella partió, y me dejó abandonado a mí mismo.

«Volvió el día 5 severa, rodeó con una cadena mi pie, me vistió con ropa extraña, cortó mis cabellos y me alargó en la mano un corazón. Yo toqué mi pecho y lo hallé lleno; toqué mi cerebro y lo hallé firme; abrí mis ojos, y los sentí soberbios, y rechacé altivo aquella vida que me daban y que rebosaba en mí.

«Mi patria me estrechó en sus brazos, y me besó en la frente, y partió de nuevo, señalándome con la una mano el espacio y con la otra las canteras.

«Presidio, Dios: ideas para mí tan cercanas como el inmenso sufrimiento y el eterno bien. Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera.

«¡Cuánto, cuánto pensamiento extraño agitó mi cabeza! Nunca como entonces supe cuánto el alma es libre en las más amargas horas de la esclavitud. Nunca como entonces, que gozaba en sufrir. Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.

«Pero otros sufrían como yo, otros sufrían más que yo. Y yo no he venido aquí a cantar el poema íntimo de mis luchas y mis horas de Dios. Yo no soy aquí más que un grillo que no se rompe entre otros mil que no se han roto tampoco. Yo no soy aquí más que una gota de sangre caliente en un montón de sangre coagulada. Si meses antes era mi vida un beso de mi madre, y mi gloria mis sueños de colegio; si era mi vida entonces el temor de no besarla nunca, y la angustia de haberlos perdido, ¿qué me importa? El desprecio con que acallo estas angustias vale más que todas mis glorias pasadas. El orgullo con que agito estas cadenas, valdrá más que todas mis glorias futuras; que el que sufre por su patria y vive para Dios, en éste u otros mundos tiene verdadera gloria. ¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimientos, si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?

y el folleto mostraba una terrible realidad

Pero en ese relato escrito por José Martí en España durante su primer destierro, nada es imaginable. Todo el folleto muestra la realidad que se vivía en aquel infierno que llamaban cárcel. Con toda verdad había dicho el biógrafo M. Isidro Méndez que “en esa obra genial están todos los amarres de su pensamiento, porque cuanto agrega en la continuación de sus días, es lo consonante, lo que pueda agrandárselo o matizárselo.” 

Así continúa el jovenzuelo narrando lo vivido por él, y por tantos otros:

“…Era aún el día 5 de abril. Mis manos habían movido ya las bombas; mi padre había gemido ya junto a mi reja; mi madre y mis hermanas elevaban al cielo su oración empapada en lágrimas por mi vida; mi espíritu se sentía enérgico y potente; yo esperaba con afán la hora en que volverían aquellos que habían de ser mis compañeros en el más rudo de los trabajos.

Habían partido, me dijeron, mucho antes de salir el sol, y no habían llegado aún, mucho tiempo después de que el sol se había puesto. Si el sol tuviera conciencia, trocaría en cenizas sus rayos que alumbran al nacer la mancha de la sangre que se cuaja en los vestidos, y la espuma que brota de los labios, y la mano que alza con la rapidez de la furia el palo, y la espalda que gime al golpe como el junco al soplo del vendaval.

Los tristes de la cantera vinieron al fin. Vinieron, dobladas las cabezas, harapientos los vestidos, húmedos los ojos, pálido y demacrado el semblante. No caminaban, se arrastraban; no hablaban, gemían. Parecía que no querían ver; lanzaban sólo sombrías cuanto tristes, débiles cuanto desconsoladoras miradas al azar. Dudé de ellos, dudé de mí. O yo soñaba, o ellos no vivían. Verdad eran, sin embargo, mi sueño y su vida; verdad que vinieron, y caminaron apoyándose en las paredes, y miraron con desencajados ojos, y cayeron en sus puestos, como caían los cuerpos muertos del Dante. Verdad que vinieron; y entre ellos, más inclinado, más macilento, más agostado que todos, un hombre que no tenía un solo cabello negro en la cabeza, cadavérica la faz, escondido el pecho, cubiertos de cal los pies, coronada de nieve la frente.

-¿Qué tal, don Nicolás? -dijo uno más joven, que al verle le prestó su hombro.

-Pasando, hijo, pasando -y un movimiento imperceptible se dibujó en sus labios, y un rayo de paciencia iluminó su cara. Pasando, y se apoyó en el joven y se desprendió de sus hombros para caer en su porción del suelo.

¿Quién era aquel hombre?

Lenta agonía revelaba su rostro, y hablaba con bondad. Sangre coagulada manchaba sus ropas, y sonreía.

¿Quién era aquel hombre?

Aquel anciano de cabellos canos y ropas manchadas de sangre tenía 76 años, había sido condenado a diez años de presidio, y trabajaba, y se llamaba Nicolás del Castillo. ¡Oh, torpe memoria mía, que quiere aquí recordar sus bárbaros dolores! ¡Oh, verdad tan terrible que no me deja mentir ni exage-rar! Los colores del infierno en la paleta de Caín no formarían un cuadro en que brillase tanto lujo de horror…”

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