EL “DÍA DE DAR GRACIAS”

Written by Libre Online

21 de septiembre de 2022

Por Jorge Mañach (1951)

Un médico muy distinguido que, además, es un ciudadano de fina sensibilidad cívica y moral, el Dr. Carlos A Fernández, ha tenido la iniciativa de proponer que se establezca en Cuba el “Día de dar Gracias», a semejanza del Thanksgiven de los Estados Unidos. He aquí la sustanciosa carta en que el Dr. Fernández me habla de su iniciativa:

«Muy estimado Dr. Mañach:

Con motivo de su ausencia en los Estados Unidos no hube de dirigirme a usted cuando lancé mi iniciativa de crear para Cuba un día de dar gracias.

«No he tratado de implantar un día sectario de religión alguna ni he tratado de lograr la creación de un día más de los tantos ya creados. Ha sido mi idea el implantar un día de todos los cubanos, sin distinción de razas ni de credos, en el cual, en forma de fervor ciudadano, hacer un paréntesis en las rencillas y en las disputas, tanto de la vida política como social, y hacer en esta forma un recuento de nuestro haber y nuestro deber, que si hacemos ecuánime y justicieramente, nos da, como cubanos, un amplio margen en el haber de sobrados motivos para dar gracias a la Providencia por las tantas ventajas y bendiciones que tenemos, por el mero hecho de haber nacido en Cuba.

“El cubano, y especialmente el hombre público y el hombre de éxitos, se nos está convirtiendo en un adorador de sí mismo, en el que, al obtener algún triunfo, se endiosa y se cree merecedor de todo cuanto a él venga en forma honrosa. La juventud que ha de regir nuestros destinos mañana está creciendo en el olvido de esa esencial cortesía que antes tanto se cultivaba; de agradecer, aún de aquellos que sabemos que están en la obligación de darnos, por el solo principio de recordarnos que aquello pudo habernos sido también negado».

«Hay tantos motivos en el momento presente para tratar de plantar una semilla de espiritualidad en nuestro material existencial que de pretender explicar los motivos de que exista un día de dar gracias, pudiera llegar a ser materia de un tratado, y no de un artículo”.

“El Honorable Señor Presidente de la República ha de recibirnos en audiencia el lunes 17 para establecer por decreto presidencial un día de fervor ciudadano. Su opinión, exteriorizada en la forma usual, pudiese sernos muy beneficiosa en la obtención de una gracia como esta.

«Esperando de usted me reitero con el respeto y admiración de siempre,

Dr. Carlos A. Fernández.

He estado pensando en mi ánimo las consideraciones que militan en favor y las que militan en contra de esta iniciativa. Convendrá examinar estas en primer término:

1. Cuba es una República laica, pudiera estimarse que la creación de un día de dar gracias a Dios contraviene esa forma de nuestra tradición constitucional. 

2. Hay cubanos que no solo no creen en Dios, sino que opinan que esa creencia es una rémora para la cultura nacional y para el progreso.

3. Otros cubanos hay que, sin pronunciarse sobre el aspecto filosófico de la cuestión, son de parecer que la creación de un día como el que se propone constituiría una vía más de restauración de influencias clericales en la vida cubana, cosa que estiman indeseable. 

4. Para levantar el nivel de espiritualidad de un pueblo no se necesitan devociones de carácter. Trascendente o sobrenatural. El mismo resultado se puede alcanzar por otras vías. 

5. Tampoco es menester una institución semejante en nuestro calendario, al objeto de levantar el nivel de la concordia cubana. Ya hay bastantes días de conmemoración patriótica y ¿qué más debiera servir para unir a los cubanos que el sentimiento de la patria común? 

6. Lo del Día de Gracias es un puritanismo yanqui que no tenemos por qué imitar bastante mimetismo norteamericano hay ya en el ambiente.

Confieso que hace solo 10 años todas estas consideraciones me hubieran parecido decisivas. Yo había vivido menos, claro está, y Cuba también, y el mundo con nosotros. Compartía yo entonces a plenitud, la convicción positiva “cientificista” o como quiera llamarse, la de que la mente humana no debía alimentarse sino de racionales sustancias de que la experiencia y la sensatez bastan para ir orientando al hombre hacia una normalización cada vez más segura de la conducta individual y social. Hoy ya voy pensando distinto. Puede que ello se atribuya a que me estoy poniendo viejo, pero si cabe suponer que con ello se le van atenuando a uno las “luces” o la voluntad de opinar conforme a ellas, también parece lícito pensar que los años de madurez suponen un mayor caudal de experiencia, es decir, de aquel factor mismo en que el racionalismo nos aconseja fundar nuestras convicciones. En todo caso, el lector queda en libertad de hacerlo al presente parecer los descuentos de validez que crea oportuno atendiendo a eso que los hombres de ciencia llaman “la educación personal”. 

Se me invita a que diga hoy lo que pienso en relación con esa iniciativa y aquí va. 

La República, en efecto, es de tradición laica, más importa mucho recordar qué preciso alcance tiene este concepto dentro de esa tradición nuestra. 

Se limita a entender por laicismo la independencia del Estado respecto de todo culto religioso particular y el respeto oficial a todas las creencias religiosas  sean de signo positivo o confesional o de signo negativo, por ejemplo el agnosticismo o el ateísmo.

En Cuba no sería lícito constitucionalmente, consagrar la República, por ejemplo, al Sagrado Corazón de Jesús o a la Virgen del Cobre, devociones adscritas a una religión determinada, ni asistir con dineros públicos a institución alguna que promoviese o favoreciera tales creencias, la idea de Dios, sin embargo, ya es otra cosa. 

Todos sabemos que alto e intenso debate suscitó en nuestra constituyente del año 1 del proyecto de poner bajo la invocación divina el texto fundamental de la República y cómo fue entonces la voz archiliberal de Sanguily, nada menos la que se levantó para apoyar a aquella iniciativa, con argumentos que oscilaron, si mal no recuerdo, entre el sentido de una realidad trascendente, misteriosa, cualquiera que ella fuese y el aserto de que aquella invocación solo tendría un sentido simbólico. Y como de alusión a un reino superior de valores espirituales, a que todos estamos sujetos. 

En la Asamblea de 1940, la cuestión se proyectó con menor intensidad y vuelo, acaso porque ya los constituyentes estábamos apremiados para adelantar nuestro trabajo. Recuerdo que a mí mismo se me quedó embotellado un discurso que había de hacer en nombre del ABC, apoyando la persistencia de la invocación a Dios, porque a última hora se convino en que fuese solo el inolvidable Coyula quien hablase sobre el tema. Y ciertamente, Coyula lo hizo con admirable elocuencia. 

Todo eso quiere decir que el laicismo de la República tiene un límite, una reserva también tradicional, apoyada por nuestros hombres más señores en favor de la invocación de Dios para la tutela de nuestro destino histórico. Sin duda, por detrás de esa adhesión se hallaban las más disímiles creencias de tipo específico, las más variadas posiciones filosóficas desde el catolicismo ortodoxo de un González Llorente o de un Giberga hasta el deísmo emocional de un Juan Gualberto Gómez o el racionalista y “simbólico” de un Sanguily. 

Pero lo esencial es que todos aquellos hombres, salvo las excepciones que pudo haber y que yo no recuerdo, convinieron en que la República pusiera en la piedra clave de su arco de fundación, como en las viejas casas nobiliarias, ponen su blasón de familia, la declaración de la creencia en un Ser Supremo, a quien se pedía que auspiciase nuestro destino. 

Pensaban aquellos hombres, en efecto, que nosotros pertenecíamos a esa determinada familia de la cultura, la familia de un mundo occidental que nació en la cuna del cristianismo, aunque arropado también en los pañales de la cultura griega y aún los más rebeldes de aquellos próceres debieron de reconocer que si bien la teología del cristianismo era cosa discutida y discutible, sus valores, en cambio, sus fundamentales convi-cciones de tipo ético y social, representaban un patrimonio que tenía que ser atesorado por encima y más allá de todos los avatares nacionales. Como quiera que lo miremos, la creencia en Dios es una tradición nacional, un lema oficial de la República. 

Eso, desde el punto de vista histórico. Pudiera estimarse, sin embargo, que aquello fue solo un vestigio de superstición al cual no tenemos por qué obligarnos con mayores compromisos. Pudiera pensarse que a estas alturas de la civilización contamos ya con superiores razones de orden filosófico o histórico para no suscribir a aquella creencia, ni siquiera en la declaración amplísima que nuestros constituyentes adoptaron. Esto sacaría la cuestión del marco histórico y por así decir jurídico, para proyectarlo sobre un plano puramente filosófico. En otras 

palabras, nos convida a los que hoy planteamos el problema, a decir dos cosas: 1) si creemos o no que Dios existe, y 2) si creemos, o no, que la creencia en Dios es conveniente. Ya se comprenderá que lo primero no es tema para ventilar en un modesto artículo de revista, pero no quiero evadir del todo la cuestión, pues de alguna manera debo fundamentar mi adhesión a la iniciativa del Dr. Fernández. 

Una ya larga dedicación a los estudios filosóficos por afición y por oficio académico me llevó hace bastante tiempo a la convicción de que las pruebas racionales de la existencia de Dios son impugnables. Me parece que no se salvaron del examen implacables de Kant y si algo quedó en pie de ellas, lo ha arrasado del embate de otros racionalistas más modernos.

Por otra parte, sería, aunque no obligatorio, muy estimable un Día de dar Gracias por ejemplo para despertar en las conciencias individuales cubanas una preocupación por lo trascendente, un sentido de responsabilidad y de sujeción a normas superiores de conducta, un sentimiento de gratitud por el bien que teníamos y una urgencia de superación hacia el bien que nos falta. 

La vida cubana como bien dice el Dr. Fernández está cada día más roída de egoísmos, de impudores, de afirmaciones violentas de los peores institutos de pugnacidad brutal. 

Está visto que la comunidad de las imágenes patrias, la comunidad de las devociones históricas, no han servido para protegernos de esta «ley de la jungla”. Hace falta recordar que la patria misma no es un ámbito ideal si no está regida por un principio supremo de justicia y de cordialidad. Este principio no lo vamos a encontrar en la historia sino en la representación de algún designio de perfección al cual la historia misma debe servir, y ese designio no puede concebirse más que asociado a la idea de Dios, cuya tutela quisieron nuestros constituyentes poner el destino cubano.

No me parece, en fin, que la institución de un Día de Gracias, por el solo hecho de estar adscrita a esa representación divinal, se preste en Cuba, como no se ha prestado en Norteamérica, a una penetración clerical de la vida cubana. Dios no le pertenece a ninguna religión en particular, cuanto menos a ninguna organización eclesiástica. Y en cuanto a lo que esa institución pudiera haber de imitación de lo yanqui, acaso sea argumento suficiente el decir que toda cultura tiene coeficientes ineludibles de imitación de lo bueno que otros pueblos han hecho. Lo importante es imitar lo bueno, no lo malo. 

Hace tiempo que venimos remendando en nuestras costumbres los peores o los más frívolos aspectos de la vida norteamericana; con el Día de Gracias imitaríamos siquiera uno de los recursos a los cuales se apela en los Estados Unidos para contrarrestar la frivolidad y el egoísmo, para hacer que un día, al menos, del año los hombres levanten la mirada hacia lo que necesitamos sentir y pensar como una Norma superior a nuestras vidas.

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