EL DESTIERRO

7 de julio de 2026

Nosotros, los cubanos no somos muy adictos al uso de la palabra desterrado. Preferimos usar vocablos como exiliado, refugiado o fugitivo. La idea generalizada es que la deportación no es una decisión libre y personal, sino una imposición gubernamental. 

La realidad, sin embargo, es que cuando salimos definitivamente del país en el que nacimos, por razones políticas o de otra índole, sea cual fuere el medio utilizado para la salida, nos convertimos en desterrados y no debemos desechar la palabra porque la misma ha sido usada por los patriotas que nos han antecedido con la dignidad, el decoro  y el valor con el que han peleado por la conquista de un regreso victorioso a la patria distante.

Entre nuestros antecesores hay un hombre excepcional llamado José María Heredia, nacido en la añorada ciudad de Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803 y que falleciera en Toluca, México, el 7 de mayo de 1839, víctima de la tuberculosis,  a la temprana edad de 36 años. Es difícil entender cómo un hombre con tan poco espacio de vida haya realizado la obra que lo ha convertido en un inmortal de la historia.

La niñez y adolescencia de Heredia fueron etapas de inseguridad en su desarrollo personal debido a los constantes viajes familiares de los que por razones laborales de sus padres tuvo que experimentar; pero halló la manera de doctorarse en el campo de las leyes. Su participación en la conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar, esfuerzo encaminado a liberar a Cuba del yugo impuesto por España en la Isla, provocó que las autoridades colonialistas le expulsaran del país sin opciones de regreso.

Heredia, por su inteligencia y capacidad de trabajo, ocupó posiciones de prestigio en Estados Unidos y en México, país  del que adoptó su ciudadanía. En tierra azteca desempeñó funciones de alta responsabilidad y logró ser una figura respetada y admirada por funcionarios de gobierno y por la élite intelectual. Se desempeñó como juez, magistrado, periodista, tipógrafo, maestro e historiador; pero donde brilló de forma muy especial fue en el campo de la poesía y la literatura.

José Martí, refiriéndose a Heredia, ofreció este testimonio: “su poesía perdura grandiosa y eminente como aquellas pirámides antiguas que imperan en la divina soledad, irguiendo sobre el polvo del amasijo desmoronando sus piedras colosales”.  

Es interesante que Heredia, “reconocido como poeta nacional de Cuba”, haya combinado su  vida con el amor a la naturaleza, su devoción ante las obras divinas y su actitud de rebeldía patriótica. “Su Oda al Niágara” es expresión sublime de sus secretas relaciones con el sol, los astros y las grandes bellezas del mundo en que vivimos; pero en la misma fulgura una elocuente referencia a la patria en que nació.

Las incontables personas que acuden a emocionarse con los encantos de las cataratas del Niágara aprovechan la preciosa escena que se divisa desde el famoso “puente del Arcoíris”. Este puente que une a dos países, Estados Unidos y Canadá fue construido para reemplazar al antiguo “Honeymoon Bridge” que colapsó el 28 de enero de 1938 a causa de un estancamiento de hielo en el río. Pues bien, a pocos pasos se encuentra una lápida con la imagen del pródigo poeta cubano en la que se mencionan sus diversos méritos. La placa se halla descuidada, víctima de los efectos del tiempo y reiteradamente se habla de su remoción y embellecimiento, pero hasta ahora, que sepamos, eso no ha ocurrido.

Se inspira Heredia cuando se asoma al espectacular fenómeno natural del Niágara y brotan de él inspirados versos: 

“Templad mi lira, dádmela, que siento

En mi alma estremecida y agitada

Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo

En tinieblas pasó, sin que mi frente

Brillase con su luz…! Niágara undoso,

Tu sublime terror sólo podría

Tornarme el don divino, que ensañada

Me robó del dolor la mano impía.”

“Templad mi lira, dádmela”, implora y nos deja para siempre sublimes rimas que en múltiples traducciones han recorrido el mundo; pero en medio de su aluvión de iluminadas frases, se inserta un romántico recuerdo de la patria inolvidable: 

“Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Alrededor de tu caverna inmensa

Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano,

Bajo un cielo purísimo se mecen?” 

La poesía de Heredia es un propicio espacio para que con él recorramos los recuerdos que nos atan a la patria distante. En una oda titulada “El Océano” nos identificamos con estos versos: 

“¡Salve otra vez! a tus volubles ondas

Del triste pecho mío

Todo el anhelo y esperanza fío.

A las orillas de mi fértil patria

Tú me conducirás, donde me esperan

Del campo entre la paz y las delicias,

Fraternales caricias,

Y de una madre el suspirado seno.”

Los cubanos que por el mundo andamos en búsqueda de caminos carecemos de identificación con el “Himno al Desterrado”, de José María Heredia. Probablemente la razón sea que en el mismo se refiere el poeta al intransigente colonialismo español: “te hizo el cielo la flor de la tierra, mas, tu fuerza y destinos ignoras y de España en el déspota adoras al demonio sangriento del mal”, dicen unos ardientes versos. Me conmueve esta combativa estrofa: 

“ ¡Cuba! al fin te verás libre y pura

Como el aire de luz que respiras,

Cual las ondas hirvientes que miras

De tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan,

Del tirano es inútil la saña,

Que no en vano entre Cuba y España

Tiende inmenso sus olas el mar.”

Creo que todos los cubanos desterrados -y uso las palabras de Heredia- pudiéramos recitar al unísono estos versos con los que inicia el Himno que con modestia estamos comentando:

Cuba, Cuba, que vida me diste,

Dulce tierra de luz y hermosura,

¡Cuánto sueño de gloria y ventura

Tengo unido a tu sueño feliz! 

¡Y te vuelvo a mirar…! ¡Cuán severo

Hoy me oprime el rigor de mi suerte!

La opresión me amenaza con muerte

En los campos do al mundo nací.

Mas, ¿qué importa que truene el tirano?

Pobre, sí, pero libre me encuentro:

Sola el alma del alma es el centro:

¿Qué es el oro sin gloria ni paz?

Aunque errante y proscripto me miro,

Y me oprime el destino severo,

Por el cetro del déspota ibero

No quisiera mi suerte trocar. 

Hay un interesante paralelo entre las vidas de José Martí y José María Heredia. Ambos, separados apenas por unas pocas décadas, vivieron vidas robadas tempranamente por la muerte. Heredia murió pocos meses antes de cumplir 36 años, y Martí, en los campos solitarios de Dos Ríos entregó su vida a Cuba apenas a sus 42 años de edad. Ambos vivieron la mayor parte de sus años de existencia fuera de la patria que los vio nacer; pero nunca se alejaron de Cuba patrióticamente.

Muchos de nosotros sumamos medio siglo alejados de “la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”, y creo que es hora oportuna para que recordemos estas palabras de José Martí, escritas a José Dolores Pérez en una carta fechada el 5 de diciembre de 1891, aunque parezca dirigida a nosotros en los días en que vivimos: “es mi sueño que cada cubano sea un hombre político enteramente libre, y obre en todos sus actos por sus simpatías juiciosas y su elección independiente, sin que le venga de fuera de sí mismo el influjo dañino de algún interés disimulado”.

Para ejercer nuestra militancia de cubanos ávidos de libertad, nos quedan disponibles ejemplos sin contar. Hoy, nuestro reto es ser como Heredia y Martí, dos vidas que llenan de luz la nuestra.

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