EL COLMILLO ATÓMICO.  CAP. XXIX DE XXXII

Written by Libre Online

27 de septiembre de 2022

Por OSCAR F. ORTIZ

Mi primera reacción fue socorrer a Lando, pero el herido me hizo señas de que ignorara aquello por el momento y fuera tras el saboteador. Lo dejé gruñendo y me precipité a la calle. Tomé un taxi que me llevó a la carrera hasta el underpass del puente Brooklyn y entré caminando por el fondo al embarcadero. Me odié por dejar solo a Lando, Dios lo sabe, pero qué se le iba a hacer…

Con La Cuadrilla cerrar la misión siempre fue la prioridad uno.

Caminé con las manos hundidas en los bolsillos de la trinchera, mirando a todas partes con los nervios en tensión. De repente me topé con la espalda de un Yuri Pavenko que renqueaba por el paseo de tablas que conducía al fondeadero. Lo seguí con cautela, pues aún no sabía a ciencia cierta si se trataba de una trampa; todo se me antojaba demasiado fácil.

Pavenko no había quedado en muy buen estado, se taponeaba la herida con una mano y avanzaba trabajosamente; si mi disparo no le había perforado uno de los órganos vitales, un hombre de su peso y corpulencia podía tardar hasta tres horas en morir de una herida en el vientre.

Cruzó el Muelle 17 y no pude evitar pensar que, si los soviéticos tenían a un francotirador apostado en el tejado del almacén de pescados Fulton, yo era hombre muerto. Apreté el recto y perseveré.

Pavenko dejó atrás el Muelle 16 y arrumbó hacia el 15, el primero en la línea del embarcadero. En ese instante supe que pretendía emboscarme, pero decidido a 

eliminarlo de todas maneras, corrí tras él. Cuando llegué al único lugar donde podía esconderse un enemigo en el muelle, la caseta del piloto, el instinto me previno y giré en redondo.

El hercúleo marino del que me había hablado Lando salió rápidamente de su escondite e intentó aplastarme el cráneo con el ataché. Lo esquivé con agilidad, pero perdí el balance en el proceso y caí de espaldas sobre el piso.

Desde mi posición, allí tirado sobre el paseo de tablas, pude contemplar con creciente terror como aquella mole humana se me venía encima. Era un mujik enorme, rubio como los ángeles, pero con la epidermis del rostro marcada por pequeños cráteres que le había dejado el acné.

Estaba furioso por verse obligado a exponer su cobertura de «marino mercante» y se acercó dispuesto a aplastarme el cráneo de un golpe, odiándome en silencio, como mismo había hecho Mercader con Trotsky en tiempos de Stalin, sólo que al disidente ruso lo habían despachado con una picota de alpinista… Era la suya una mirada diabólica, de animal salvaje, o peor aún: de fiera 

acorralada. ¡Pero cuando el coloso rubio volvió a levantar la valija de metal, ya mi Hush Puppy estaba lista, amartillada y esperando por él!

Accioné el disparador cuatro veces seguidas. El mamut eslavo se miró el pecho con ojos incrédulos, y se desplomó. Sentí pasos y rodé hecho un ovillo. 

Yuri Pavenko venía 

corriendo hacia mí por el muelle, disparando su maldita «Tokarev» con una mano y taponeándose la herida del abdomen con la otra. 

Comprendí que su gesto era fútil, más generado por la impotencia y la rabia que un intento serio por frenarme. Apoyé una rodilla en el tablado, afiné la puntería y le disparé.

«Consummatum est», pensé cuando lo vi soltar el arma y caer de bruces.

Mi error, según reza en el expediente de este caso, fue no preocuparme en rematarlo; para mí Pavenko ya estaba frito, igual que su compinche del muelle. Por eso, con el pecho henchido por el orgullo de llevar a término mi primera misión con La Cuadrilla, y las sienes bulléndome por dentro con la adrenalina que genera el combate, eché mano al maletín que contenía el sexto componente de la bomba y grité a todo pulmón.

─¡Jódanse, hijos de puta! ¡Se acabó la fiesta!

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