EL COLMILLO ATÓMICO

Written by Libre Online

12 de octubre de 2022

CAP. XXXI DE XXXII

Comencé a ascender los peldaños de la maltratada escalera que conducía a la tercera planta de aquel edificio; Tilson tomó el ascensor. Aunque nuestro destino era el mismo, habíamos convenido en subir por rutas disímiles.

Intenté permanecer sereno todo el tiempo que tardé en llegar al apartamento que nos concernía, pero no era tarea fácil teniendo conciencia de que si me atrapaban portando un fusil desmantelado iría a dar con mis huesos a las frías mazmorras de la Lubyanka. Perspectiva poco halagüeña para un joven soldado estadounidense de veinticuatro años. Por eso cargaba conmigo la infame «píldora negra» de la CIA.

Una mordida antes de tragarla y zás, el cianuro se regaría por mi lengua encargándose de sacarme de mis tormentos…

Pero aún no me habían atrapado y tenía una misión que cumplir.

Ya Tilson estaba esperando al final del largo pasillo; cuando yo comencé a caminar sin prisa hacia la puerta del apartamento, él hizo lo mismo. Nos cruzamos a mitad del camino fingiendo no conocernos, pero la rápida mirada muda que me lanzó decía bien claro: «ha llegado la hora.»

Puedo garantizarles que no noté síntomas de nerviosismo en él, ni siquiera se veía tenso, pero el hombre era un veterano en estas lides (de los mejorcitos) y el terreno que pisábamos era un coto de caza conocido para él. 

Además, sus ex socios de la CIA, al enterarse de quién era el blanco en este caso y que acabarían ellos anotándose el punto por puro peso de la lógica, accedieron a facilitarnos la tarea sin comprometerse del todo.

Tanto Tilson como yo habíamos sido avituallados por la Estación Moscú con pistolas «Makarov», de la misma clase empleada por los oficiales de la KBG y credenciales falsas que nos identificaban como miembros del Komitet. Pero mi dominio del ruso por aquella época todavía era macarrónico, Tilson lo parlaba mucho mejor que yo. Por eso, y por su mayor experiencia en el campo, habíamos acordado que fuese él quien despejara la senda.

Lo vi detenerse frente a la puerta del apartamento adecuado y golpearla con los nudillos. Ambos sabíamos que el habitante era un hombre solitario, la CIA nos había dado esa información, y que silenciándolo nadie más nos molestaría en el inmueble durante el tiempo que tomara llevar a cabo la tarea que se nos había asignado.

Después de unos segundos la puerta se abrió hacia adentro y por ella asomó el rostro duro y ajado de un hombre que aparentaba unos cuarenta años de edad. Tilson le sonrió débilmente y le mostró su carnet falso de la KGB con la zurda; cuando el tipo se inclinó hacia delante para escudriñarlo, le aplastó la nuez de Adán de un codazo.

Entramos.

Tilson arrastró el cuerpo inerte del ruso y lo sentó en el piso, la espalda recostada contra una pared. La sangre de su tráquea quebrada comenzó a brotarle por la boca y a empaparle el pecho de la camisa enguatada que llevaba. En pocos segundos el hombre expiró. No era un civil, había pertenecido a la milicia guardafronteras de la KGB y era miembro leal del Partido comunista.

Por eso había sido escogido; bueno, por eso y por la privilegiada ubicación del bloque de apartamentos donde moraba…

¡Justo frente por frente al cuartel general de la KGB!

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