EL COLMILLO ATÓMICO

Written by Libre Online

21 de septiembre de 2022

CAP. XXVIII DE XXXII

Por OSCAR F. ORTIZ

La noche siguiente Lando decidió que debíamos cerrar la operación y entre los dos tomamos el refugio de Queens. Matamos a los mercenarios que cuidaban la guarida del ruso y esperamos la llegada de Pavenko, quien se suponía que apareciera por allí después de la medianoche.

Durante el tiempo que el eslavo tardó en llegar, Lando me detalló bien cómo recogían los componentes de la bomba, que arribaban dentro de unas valijas metálicas similares a un ataché. También me advirtió sobre un gigantesco marino mercante (presumible agente soviético) que entregaba la mercancía a Pavenko en el Muelle 16 del embarcadero, donde recalaba su barco. Escuchar al agente Lando llamar «gigantesco» al marino ruso me preocupó; Lando no era precisamente un hombre de talla común.

Esa misma noche Yuri decidió regresar a la discoteca latina, había estado pensando mucho en lo hablado con Mirta y quería volver a verla. Como no deseaba comprometerla aún más, en caso de una represalia por parte de sus amos si la cubana se arriesgaba a cometer una locura desertando por su cuenta, optó por no ir a visitarla a su departamento. 

Se encontraría con ella en la discoteca que ambos frecuentaban. Pero Mirta no acudió y viendo que el tiempo se agotaba decidió jugársela y puso rumbo a Jackson Heights. Tomó un taxi que lo llevó hasta allí y cuando golpeó con los nudillos en la puerta indicada, esperando escuchar su voz preguntando quién tocaba, se quedó aguardando a que ello sucediera…

Enseguida supo que algo andaba mal.

Transcurrieron unos segundos sin que sus llamados obtuvieran respuesta. Con un oscuro presentimiento latiéndole en las sienes, extrajo un juego de ganzúas que cargaba en el bolsillo y forzó la cerradura. 

Entró y cerró la puerta a sus espaldas. La habitación estaba a oscuras y sumida en el más absoluto silencio, pero el hedor a muerte que le golpeó de lleno las fosas nasales le confirmó que había llegado tarde. De la cintura del pantalón, bajo la americana, extrajo una pistola aplanada y la empuñó con firmeza. Encontró el cadáver de Mirta sobre la alfombra, no lejos del sofá, junto al de un desconocido. Ambos desnudos. Una rabia sorda se apoderó de él y perdió los estribos. La emprendió a patadas con el mobiliario pero al cabo de un rato se sosegó y adoptando una actitud más profesional se dedicó a revisar la recámara minuciosamente, en busca de alguna pista. 

No tardó mucho en encontrarla; yacía en un sobre Manila que descansaba en la mesita de noche junto a la cama. Yuri tomó el sobre y lo rasgó, vaciando su contenido sobre el colchón. Regadas por el lecho contempló todas las fotos tomadas por Emilio Furias. Así fue como descubrió a Leo conferenciando con el coronel…, y también conmigo.

***

Cuando el hombre del «Colmillo atómico» tocó a la puerta del refugio de Queens, eran ya pasadas la 01:30.

Lando me hizo señas de que me escondiera en la cocina, pero cuando abrió la puerta el ruso le apoyó el cañón de su extraña pistola en la cabeza. Era una vieja «Tula Tokarev», modelo TT-33, de las que entraron en producción durante los últimos años de la década de 1920, probablemente adquirida de contrabando en los muelles de Nueva York. Una copia soviética de la M1911 americana, aunque el proyectil que disparaba era de 7.62 milímetros y no .45 ACP como la insuperable automática nuestra, pero era un arma excelente y muy confiable, tanto así que aún hoy por hoy se sigue fabricando bajo licencia en países como Polonia y Norcorea. 

El caso es que Yuri estaba furioso. Amenazó a Lando con matarlo si no desembuchaba la verdad y en ese momento tuve la oportunidad de dispararle, pero no lo hice por temor a segar el hilo de su vida y después quedarnos sin recobrar el sexto componente de la bomba. Si Pavenko no aparecía en el Muelle 16 del Southstreet Seaport Mall, a las tres de la madrugada, el marino ruso se esfumaría con el maletín y daría la voz de alarma.

Mientras yo reflexionaba sobre todo esto, el hombre del «Colmillo atómico» perdió la paciencia y le disparó a mi compañero; a quemarropa. Reaccioné mostrando la cara y disparándole con la Hush Puppy, pero no a matar, claro, mi intención era sólo herirlo. Cuando el plomazo le entró por el abdomen, el ruso aulló como un coyote cantándole a la luna y también disparó en mi dirección, obligándome a lanzarme de bruces al suelo.

Cuando finalmente pude incorporarme, ya Yuri había desaparecido…

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