Por E. BALMER y P. WYLIE. (1934)
—Usted no sabe lo que está diciendo —dijo Tony, demasiado bruscamente, y dándose cuenta de ello añadió—: Le pido mil perdones. Quise decir que le agradecería su interés… La Bolsa de Valores, según tengo entendido, va a ser nuevamente abierta hoy. Cierto, está abierta en estos momentos; y yo no… Yo debía habérselo dicho, Ransdell, que me alegro mucho de que usted esté aquí. Quédese todo el tiempo aquí conmigo, si usted lo quiere.
—Resulta una tontería que yo vaya a la oficina. Resulta una tontería todo en el mundo ahora, como no sea la preparación y perfeccionamiento del Buque del Espacio, aparte de la observación continuada de las estrellas, que ha sido y es la ocupación de los mejores cerebros de la Liga de los Últimos Días.
Tony bajó y visitó su oficina. El hábito no faltaría en muchos otros, por costumbre, harían lo mismo y acudirían a su trabajo; y los preocupados por la supervivencia del mundo readquirirían su confianza. El presidente de los Estados Unidos señaló que los sesenta científicos habían sugerido simplemente dificultades de cierta importancia; y predijo que, si estas ocurrían, serían mucho menores que las que ahora se temían y predecían.
El profesor Copley, conocido por Tony como amigo de Cole Hendron, llegó a la oficina.
—Tengo algo que vender —dijo, y tiró sobre la mesa de Tony un abultado sobre lleno de bonos—. Acabo de regresar del Perú —explicó animosamente—, donde he estado observando los progresos de los cuerpos Bronson. Hendron me dice que usted sabe toda la verdad acerca de ellos.
—¿Es la verdad, entonces? —preguntó Tony—. ¿Es exactamente lo que usted cree que nos ocurrirá?
—Lo que ha de ocurrir —respondió el profesor bastante animosamente—. Se lo explicaré de este modo. ¿Ha pensado en lo que pasará si pone una nuez delante de la boca de un cañón de dieciocho pulgadas en el instante en que la bala vaya a salir? Por eso le digo que venda mis valores. Mi familia y mis responsabilidades personales consisten solamente en mi esposa y en mí; hay muchas cosas que hemos deseado hacer, habiéndolas sacrificado a cambio de estos valores que nos han permitido cierta seguridad en cuanto al futuro. No existiendo el futuro, ¿por qué no hacer lo que deseamos inmediatamente? Hoy es día de vender.
—Tiene usted razón en eso —dijo Tony—. Del mismo modo pienso yo. ¿Cómo ha encontrado usted los ánimos en la gente?
—La gente es muy superficial. Hoy todos niegan, pero todos han sufrido una terrible sacudida. Sacudida… shock nervioso. Ese es el primer efecto. Después, todos ellos procederán de acuerdo con sus distintas naturalezas. Pero ahora su reacción es negativa porque, más que nada, no pueden resistir la sacudida.
—¡En todo el mundo!
—Algunos están parados en la Plaza de la Ópera, en París, hora tras hora, silenciosos en su mayor parte, presa de duda e incredulidad. Esos son los pocos que son bastante inteligentes para atreverse a negar, apostar o dudar, y, sin embargo, son demasiado tímidos para sustituir las perspectivas de un repentino fin por las de años por delante, con placeres y capitales.
—En Berlín hay grupos similares. ¡E imagínese la reacción en la Plaza Roja, mi amigo! Imagínese a los rusos tratando de comprender que su revolución, que su salvaje esfuerzo para moldearse de nuevo a sí mismos y a su naturaleza interior, no ha servido para nada. ¡Todo rodando por tierra! ¡Imagínese que usted es Stalin por una noche, mi amigo! ¡Qué horror! ¡Qué impía tragedia!
—¡Imagínese a nuestro presidente tratando de decretar esto, ahora! Ah, yo podría incomodarme. Pero no lo hago. Prefiero reír. Me río porque pocos hombres… pero muy pocos… poquísimos, mi amigo… aun frente a esta colosal ignominia del destino, continúan yendo aquí y allá por la noche, quemándose los cerebros todavía, en el propósito de dirigir sus propios destinos. ¡Qué gesto! Pero hoy… ¡qué sorprendente sacudida! Y después… ¡qué escena! Cuando el mundo, cuando los mil quinientos millones de humanos comprendan, en su totalidad, que lo conduciría y que es posible que no puedan salvarse ellos mismos. ¡Qué escena! Espero estar preparado para ella. Entre tanto, véndame mis valores al menor precio que pueda obtener, hágame el favor; porque mi esposa y yo hemos ahorrado durante mucho tiempo y nos hemos negado muchas cosas.
En un taxi, más tarde, durante aquel mismo día, Tony se encontró con la calle repentinamente bloqueada por un delirante grupo de hombres que, con los brazos levantados, salían por una puerta, cantando, bebidos… diciendo tonterías.
Tony seguía su camino en dirección al aeropuerto de Newark, de donde cierto piloto, a quien él iba a procurar, le conduciría a la finca de los Adirondacks, que había sido devuelta a Cole Hendron.
Mientras el taxi avanzaba lentamente entre la multitud, Tony contempló por las ventanillas aquella extraña transformación de la ciudad. En algunos lugares, los hombres discutían acaloradamente; en otros, reían y cantaban. Había quienes corrían de un lado para otro comprando alimentos, gasolina y toda clase de provisiones. Otros, en cambio, parecían decididos a continuar viviendo como siempre.
Nueva York seguía funcionando.
Los tranvías circulaban, los automóviles llenaban las avenidas y los grandes edificios continuaban elevándose sobre las calles como si fueran eternos.
Pero Tony sabía que no lo eran.
Y, mientras el taxi se alejaba de la ciudad, pensó nuevamente en Eva.
Por primera vez comprendió que el doctor Hendron no había separado a Eva de él por crueldad ni por simple autoridad de padre. Había algo más. Algo que Tony todavía no comprendía.
La Liga de los Últimos Días tenía planes que ninguno de ellos conocía por completo.
Y aquellos planes incluían a Eva.
Quizás también a él.
El taxi continuó hacia el aeropuerto.
Detrás quedaba Nueva York, con sus millones de habitantes y sus interminables actividades, ignorante todavía de que su destino había sido decidido en las frías observaciones de unos cuantos astrónomos.
Arriba, invisible todavía para los ojos de la multitud, el cielo continuaba su marcha.
Y, en aquel cielo, dos mundos avanzaban lentamente hacia la Tierra.
CAPÍTULO VIII
Eva esperó a Tony en un jardín rodeado de árboles. En el aire flotaba la esencia de los capullos, la fragancia de la floresta y los trinos de los pajarillos.
Estaba vestida de blanco, con los hombros y los brazos desnudos, y su esbelto y delicado cuerpo envuelto en vaporosas sedas. Toda la feminidad que había en ella y en sus sentimientos estaba consagrada a la tarea que se había impuesto. ¿Habría tenido mejor éxito en su empresa si se hubiera vestido como una monjita?







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