Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
— El Bronson Beta tiene el tamaño de la Tierra, Tony; el Bronson Alfa se considera que tiene once o doce veces el tamaño de nuestro planeta. Esa esfera pasará la primera vez dentro de la órbita de la Luna. El Bronson Beta solamente será capaz de levantar mareas muchas veces más altas; y el Bronson Alfa… por simple multiplicación, Tony, podrás expresar lo que hará. Nueva York quedará bajo las aguas hasta el tope de sus más elevadas torres. ¡Será una ola de marea superior a todo cálculo de la imaginación! Las costas de todo el mundo quedarán sumergidas bajo las aguas, inundadas hasta las más salientes alturas. Las olas bañarán las alturas de los montes Apalaches e igualmente sucederá en Europa y Asia. Holanda, Bélgica, la mitad de Francia y de Alemania, la mitad de la India y de China, quedarán bajo las aguas. Pero también habrá conmociones terrestres.
—¿Conmociones terrestres?
—Habrá temblores de tierra que conmoverán la Tierra desde sus entrañas hasta la superficie. Algunos de los hombres que están en correspondencia con mi padre piensan que la Tierra quedará hecha pedazos desde el primer cruce del Bronson Alfa; pero otros entienden que la Tierra resistirá esta conmoción primera.
—¿Qué piensa tu padre?
—Él piensa que la Tierra resistirá la primera sacudida y que es muy posible que una quinta parte de la población también pueda sobrevivir, aunque, desde luego, eso no pasa de ser una suposición.
—¡Una quinta parte de la población! —repitió Tony—. ¡Un quinto de toda la población de la Tierra!
Eva lo estaba observando. A través de los años de su amistad y de su intimidad, había visto a Tony siempre como un hombre normal, para quien todo lo que le acontecía era feliz, agradable. Las únicas crisis por las que le vio pasar fueron provocadas por las emergencias del campo de football, las alarmas producidas por el mercado de valores; cosas que, en el primer caso, representaban simple sport y, en el segundo, cuestiones de dinero a las que no daba verdadera importancia porque en toda su vida había poseído dinero suficiente.
Ahora, cuando ella le observaba, pensó en que habría de encontrarse con él —y ella se regocijaba de que fuera con él— frente a la más terrible realidad que hombre alguno jamás ha confrontado. Hasta el momento, tanto como ella le había expresado, tanto como él había hecho frente sin intentar evadirlo, sus esfuerzos habían ido dirigidos exclusivamente hacia la adquisición de nuevos detalles.
Era Tony un contraste con algunos de aquellos hombres —entre los hombres que eran considerados los más grandes de la nación— cuyas voces subían nuevamente de tono detrás de la cerrada puerta.
Alguien —ella no podía identificarlo por su voz, que gritaba de un extraño y nervioso modo— era evidente que estaba combatiendo con su padre, tratando de destruir sus ideas, tratando de negar lo que había sido demostrado ante todos ellos.
La actitud la encolerizó y la molestó; hubiera querido acudir en defensa de su padre, pero, no pudiendo hacerlo, se dirigió a Tony.
—Alguien —dijo Tony— parece no estar a gusto con lo que ha tenido que oír.
—¿Quién es, Tony?
—Alguien que no está muy acostumbrado a tener que escuchar lo que no le gusta oír… Oh, Eva, Eva. ¡Mi querida Eva! Por primera vez en mi vida lamento no ser un poeta. Quisiera tener palabras para expresar todo lo que siento…
La súbita aproximación de las voces les previno de que la puerta del estudio se había abierto; alguien había salido. Era su padre. Por un momento se quedó mirándolos, dudando sobre lo que había de decir.
—Papá —dijo Eva—. ¡Tony y yo… Tony y yo…!
El padre movió la cabeza afirmativamente.
—Los vi unos cuantos segundos antes de que ustedes se percataran de que yo estaba aquí —dijo—. Eva y Tony, yo estaba aquí.
Tony enrojeció.
—No nos referimos a lo que usted vio, señor —dijo—. Nos estamos refiriendo a algo más que eso. Lo que queremos decirle es que nos vamos a casar tan pronto podamos, ¿no es eso, Eva?
—¿Podemos, padre?
Cole Hendron sacudió la cabeza negativamente.
—No puede haber matrimonio ni amor entre ustedes por ahora. No tengo tiempo para decirles el porqué ahora mismo; solo les adelanto que ahora no puede ser.
—¿Por qué no puede ser, señor?
—Tendrán mucho más tiempo para estar juntos. Dentro de muy pocos meses lo sabrán. Entre tanto, no echen a perder mis planes con su precipitación. Y no continúen haciendo lo que acabo de ver. Con ello solo lograrán hacer la situación más dura y difícil para los dos, cuando comprueben lo que tienen por delante. Tony, no creas que hay nada personal en esto que te digo. Tú me gustas y eso lo sabes bien. Si el mundo fuera a permanecer, yo no les diría una sola palabra; pero el mundo será destruido. Podremos hablar de todo esto un poco más tarde.
La puerta del estudio volvió a abrirse; alguien le llamó y el doctor Cole Hendron retornó a la discusión que había en la vecina habitación.
—Ahora —demandó Tony de Eva—, ¿qué cosa de este mundo que no ha de subsistir ha querido decir él con esas palabras? ¿Que no debemos casarnos porque vamos a morir? Eso sería mayor razón para que lo hiciéramos, y para que lo hiciéramos cuanto antes.
—Ninguno de nosotros puede precisar lo que él ha querido decir, Tony; tenemos meses y años, quizás, de retraso mental con relación a él; porque, en realidad, él no ha hecho otra cosa, a través de medio año, sino planear lo que nosotros —lo que todo el género humano— tendremos que hacer. Me parece que lo que ha querido significar es que nos ha señalado para alguna actividad en sus planes, que nos impedirá casarnos.
La discusión de la vecina pieza terminó y los que en ella participaban emergieron en el sitio en que ambos jóvenes se encontraban. Algunos minutos después, todos se habían marchado; y Tony vio a Cole Hendron en su gran estudio, sobre cuya mesa las placas fotográficas traídas desde el África del Sur estaban regadas.
Allí había cuadros de estrellas, corrientemente los mismos cuadros de estrellas, repetidos una y otra vez. Parecía un cuadro de exposición, hecho en distintas oportunidades, del mismo sector del cielo y de los mismos astros.
—¿Has estado en la parte baja de la ciudad hoy, Tony?
—Sí.
—Hoy se enteraron allí de la noticia, ¿no es eso? La recibieron y cerraron la Bolsa, según he oído decir; y la mitad de los negocios de la ciudad se han paralizado. Porque han sabido que algo extraordinario pende sobre sus cabezas y sobre el mercado. Esta mañana medio les dijimos lo que iba a ocurrir; y ellos lo creyeron. Ahora les acabo de decir a cinco hombres la otra mitad —o a la mayoría de ella— y… y tú les has oído, Tony; no lo creen. El mundo no puede llegar a su fin; no es posible que pueda chocar con otro mundo, porque… bueno, por una cosa, porque semejante hecho no se ha producido jamás antes, y, por otra, porque a ellos no les agrada. Pero no será así para ti cuando hayas conocido los detalles. Ellos no lo aceptarán. Mañana habrá un gran retroceso, Tony. La Bolsa volverá a abrir; los negocios continuarán su curso normal. Eso es una buena cosa; yo me alegro de ello.







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