Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
Tony recordó, después de un rato, que Balcom le había encargado averiguar con Hendron, tan definitivamente como fuera posible, la fecha y la naturaleza de su próximo anuncio. ¿Cómo afectaría este al mercado de valores? ¿Continuaría funcionando la Bolsa? Al cabo, recordó que era aquel un día de negocios; en la parte baja de la ciudad tenía deberes que cumplir: contratos de compra que hacer y órdenes de venta en el mercado. No se aventuró a pedir que hicieran levantar a Hendron para hablarle y, antes de que fueran las diez, se separó de Eva. Se encaminó hacia el Subway.
—¿Me da cinco centavos para una taza de café?
Tony se detuvo y se quedó mirando a la persona que le hablaba. Este vendedor ambulante también perecería como el Sol, como Eva, como Kyto y como todos los demás, en la trampa de un mundo que tocaba a su fin. ¿Tenía este individuo alguna noticia de todo ello? La tuviera o no, era indudable que hoy necesitaba comer. La mano de Tony se introdujo en el bolsillo.
Especulaciones curiosísimas en torno a las masas le asaltaron como nunca. ¿Qué pensaría la muchedumbre que ocupaba la gran ciudad en esta mañana? ¿Qué diferenciación harían ellos entre este y los anteriores días?
Cerca de la entrada del Subway, los muchachos vendedores de diarios estaban teniendo su buen día; una multitud se lanzaba constantemente sobre la pila de periódicos frescos acumulados en la acera. Todo el mundo leía un diario o conversaba con algún otro del tópico de actualidad. El hombre con media pulgada de colilla de tabaco, el muchacho sin sombrero, la mujer gruesa cargada de paquetes que llevaba debajo del brazo, la delgada estenógrafa vestida de verde, el actor de cuello abierto; todos leían, todos fijaban la vista, todos planeaban, todos manifestaban esperanzas, todos hacían negaciones.
CAPÍTULO V
A las diez de la mañana el gong sonó y fue abierto el mercado. No había habido ninguna noticia adicional para conocimiento del público en ninguna de las últimas ediciones de los periódicos. Las máquinas anunciadoras de noticias, como información adicional, solo daban cuenta de los efectos que la divulgación de la noticia había producido en los mercados de Europa, que ya estaban abiertos desde hacía unas cuantas horas.
Se veía claramente que los ojos dilatados por el terror miraban a través de los océanos y de la tierra, a través de los arrozales y de los prados, fuera del humo de las ciudades, en todas direcciones.
El mercado de valores abrió precisamente a las diez. Un hombre quedó muerto desde el primer momento, al dar la primera ojeada al cotizador automático.
En el piso de la Bolsa misma había relativa quietud. Cuando el mercado está más ocupado es cuando más silencioso se halla. Las llamadas telefónicas se oían con verdadera claridad; se oía el murmullo de la muchedumbre. Los muchachos corrían. Los hombres se detenían, se agrupaban y hablaban en tono cuidadoso desde los distintos puestos. Millares de valores fueron pasando de unas manos a otras a los más bajos precios. Los valores habían descendido como nunca en los peores días del pánico bursátil.
A mediodía, en patente admisión de la indudable necesidad, New York siguió el ejemplo ya dado por Londres, París y Berlín. Las grandes puertas de metal del magnífico edificio fueron cerradas. No habría más operaciones bursátiles por un tiempo indeterminado. Hasta tanto “la situación científica se aclarara”.
Cuando Tony colgó el teléfono, pensó vagamente que solo las predicciones durante esta depresión habían puesto los fondos suyos y los de su madre donde todavía estaban, comparativamente, a salvo, a pesar de la amenaza de este cataclismo mundial.
Comparativamente seguros. ¿Qué significaba aquello? ¿Qué significaba todo hoy?
Balcom entró en su oficina; apoyó la cabeza sobre el escritorio de Tony y suspiró. Tony abrió una gaveta; extrajo una botella de whisky que había reposado allí, sin haber sido abierta, durante todo un año, y le sirvió una considerable cantidad en una copa. Balcom se la bebió como si fuera leche, tomó otra copa y se marchó holgazanamente.
Tony tomó su sombrero y se marchó. Todos los demás estaban en la calle: la gente andaba en manadas y muchedumbres nunca vistas ni en Wall ni en Broad St., ni aun en el mismo corazón de Broadway, pero que ahora estaban aglomeradas por esta excitación sin paralelo del lado Este de la ciudad. El frente del río, el Bowery y, por el mismo estilo, la Quinta Avenida y las zonas de Park Avenue. Mujeres con bebitos, baratilleros, ancianos, viudas, orgullosas gobernantas, esposas, escolares y obreros, dependientes, estenógrafos, estaban por todas partes.
Todos en la trampa —pensó Tony—, todos reunidos en la trampa en que terminará el mundo. ¿Lo sabrían ellos ya? ¿Lo presentirían? La mayoría de la humanidad estaba poseída de una sola e insaciable pasión por los periódicos. Pero los periódicos no añadían nada más a lo ya dicho. Su contenido posterior no era más que la repetición de lo que se había publicado por la mañana, siendo, desde luego, de una naturaleza secundaria, reflejando solo el efecto de la misma declaración.
Tony fue a caer en un restaurant, donde, aunque era solamente de tarde, una hilaridad nocturna ya había sentado allí sus reales. ¡La Bolsa estaba cerrada! Nadie sabía exactamente por qué iba a ocurrir algo, ni cuál era la naturaleza de lo que iba a suceder. ¿Por qué preocuparse? Esa era la impresión que aquí se recogía.
Dos hombres de la edad de Tony, conocidos de la escuela y amigos de Wall Street, se detuvieron en su mesa.
—Vamos a dar unas vueltas —explicaron—. Ven con nosotros.
El taxi cruzó por Broadway, donde la policía luchaba incansablemente para disolver la multitud. Después, el auto paró en una casa de piedra gris de la calle Cuarenta Oeste.







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