Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
Tony la rodeó con el brazo y la sintió repentinamente temblar. Él la estrechó aún más contra su pecho y la besó, encontrando en sus labios una pasión nueva e impetuosa que lo exaltaba y lo sorprendía al mismo tiempo. Después, alguien salió a la terraza y él la liberó de la dulce ligadura de su brazo.
—Yo… yo… no quise decir eso, Tony —musitó ella.
—Debiste haberlo querido decir.
—No, no fue así. No quise decir eso, Tony. Todo fue solo por un momento.
—Tendremos millares de personas en las mismas circunstancias… ¡Millares y millares!
Ambos permanecieron conversando en voz baja. Después él la dejó marchar; pero, aunque ella ya se había ido, seguía sintiendo entre las suyas las manos de Eva y volvía a escuchar sus palabras.
—Tú no lo sabes, Tony. Nadie lo sabe todavía. Ven; ayúdame a echar fuera a toda esa gente.
Él la ayudó y, cuando los huéspedes se hubieron marchado, se encontró por fin con el hombre que había llegado de África del Sur. Ambos se estrecharon la mano y, por un instante, los tres —Eva Hendron, Tony Drake y Ransdell, el correo aéreo procedente de debajo de la Cruz del Sur— permanecieron juntos.
Deben de existir los presentimientos, porque de otro modo no se explicaría que, desde entonces, los tres conservaran para siempre una memoria fotográfica de aquel fugaz instante de la noche. Sin embargo, ninguno de ellos —y menos que nadie Eva, quien aquella noche fue la que más supo de lo que iba a ocurrir— pudo imaginar la extraña relación en que habrían de verse colocados unos con respecto a los otros. Ninguno pudo sospecharlo, porque aquellas relaciones eran entonces inconcebibles para ellos: relaciones entre hombres y mujeres civilizados para las cuales todavía no existían palabras en el lenguaje.
CAPÍTULO II
El club favorito de Tony estaba habitualmente lleno de hombres desocupados y acomodados que jugaban al póker, al ajedrez o al bridge, fumaban y leían los periódicos. Cuando Tony entró, tuvo la sensación de despertar de un sueño. Solo había dos partidas en juego; el resto de los hombres se hallaba reunido alrededor del bar.
Se hablaba en voz baja. Los hombres formaban pequeños grupos, verdaderas islas donde se conversaba y se comentaban las noticias. La habitual superficie de solícito esnobismo había desaparecido como por arte de magia.
Pronto supo Tony la razón de aquella inusitada agitación. Los rumores, que recorrían las calles de la ciudad con vertiginosa rapidez, se habían colado por las puertas del club hasta llegar a los salones.
Alguien se le acercó.
—¡Eh, Tony!
—Hola, Jack. ¿Qué ocurre?
—Eres tú quien puede decírnoslo.
—¿Cómo podría yo decíroslo?
—¿No conoces a Hendron? ¿No lo has visto?
Jack Little se apartó de un grupo de amigos, quienes, por una u otra razón, no tardaron en seguirlo; y Tony se encontró rodeado. Uno de aquellos hombres era uno de los invitados a quienes, media hora antes, él mismo había ayudado a despedir de la casa de los Hendron; de modo que el preocupado joven no podía negar haber visto al famoso astrónomo, aunque hubiera querido.
—¿Qué diablos se traen entre manos los científicos, Tony?
—Honradamente, no lo sé —respondió el interpelado.
—Entonces, ¿qué demonios es la Liga de los Últimos Días?
—¿Qué?
—La Liga de los Últimos Días; una organización integrada, según tengo entendido, por los principales científicos del mundo —explicó Little.
—Nunca había oído hablar de ella —respondió Tony con ingenuidad.
—Yo me enteré hace apenas un rato —confesó Little—. Acaban de empezar a organizarla en todo el mundo y ya se han unido a ella los principales círculos científicos.
—¿La Liga de los Últimos Días? —repitió Tony—. ¿Qué significa eso?
—Precisamente eso era lo que yo pensaba que tú podrías decirnos. Hendron es, desde luego, uno de sus principales miembros.
—He oído decir que es el jefe de la organización —añadió un tercero.
—No sé una sola palabra de todo eso —protestó Tony, tratando de alejarse.
En realidad, nada sabía de cuanto le estaban diciendo; pero comprendió que aquella conversación concordaba perfectamente con lo que Eva le había insinuado momentos antes. Su padre había sido escogido por los científicos del mundo entero para hacer un anuncio tan extraordinario. Pero… ¡la Liga de los Últimos Días! Ella no le había mencionado nada acerca de tan extraña asociación.
“¡La Liga de los Últimos Días!”
Aquellas palabras le produjeron un extraño escalofrío.
—¿Cómo fue que oíste hablar de todo eso? —preguntó Tony a Jack Little.
—Por este caballero —respondió Little, señalando al hombre que acababa de decir que Cole Hendron era el jefe de la Liga.
—Lo supe esta tarde —dijo el aludido, dándose importancia—. Conozco al editor del “Standard” de esta ciudad. Tenía a un reportero, un muchacho muy despierto llamado Davis, siguiendo este asunto. Yo estaba en la redacción cuando regresó. Parece que hace algunos meses los científicos más destacados, hombres como Hendron, descubrieron algo extraordinario; algo tan extraordinario que hasta ellos mismos se alarmaron. Desde entonces han estado ocupados con ese asunto, celebrando reuniones y manteniendo correspondencia.
—Al principio nadie prestó demasiada atención a esas reuniones —continuó el informante—. Los científicos siempre andan visitándose unos a otros y celebrando congresos. Pero esta vez era diferente. Eran muy pocos hombres, todos ellos eminencias, y después de sus reuniones y conciliábulos no ofrecían el menor informe para la prensa. Solo daban explicaciones de fachada: “Hemos estado tratando los progresos en la división del átomo…”. Pero detrás de todo aquello había un secreto extraordinario.
—Hay, sin embargo, algo que se sabe con certeza —prosiguió el enterado clubman—. Se escriben y se cablegrafían mediante una clave más indescifrable que cualquiera de las que he visto. Es tan perfecta que los periodistas, aun habiendo logrado interceptar algunas palabras y mensajes, no han podido averiguar absolutamente nada de lo que tratan.
—¿Y qué tiene que ver la Liga de los Últimos Días con todo eso? —preguntó Tony.
—Pues que es la Liga de los Últimos Días la que utiliza esa clave para comunicarse con sus miembros.
Eso era todo cuanto allí se sabía. Poco después, Tony abandonó el grupo y se dirigió directamente a su casa.
Cuando el taxi se detuvo ante la luz roja de un semáforo, Tony salió de su abstracción al escuchar el pregón de un vendedor de periódicos. Se inclinó hacia la portezuela, compró un ejemplar de la edición extraordinaria y los grandes cintillos, impresos en gruesos caracteres negros, le produjeron un profundo desasosiego.






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