El choque de los mundos (II)

Written by Libre Online

14 de julio de 2026

Por F. Balmer y R. Wylie (1934)

—En la Tierra —añadió el profesor Bronson.

—Desde luego, en la Tierra —asintió lord Rhondin.

—Yo iría personalmente. Ransdell, ¿me entiende usted? —continuó el profesor Bronson—. Pero mi lugar, por el momento, está aquí; quiero decir, en el Observatorio. Es posible, Ransdell, que, a pesar de las precauciones adoptadas, alguna noticia del descubrimiento de Bronson se haya divulgado. Su viaje podría despertar sospechas. Si así ocurriera, usted no sabe nada; absolutamente nada, ¿me comprende? No deberá responder a ninguna pregunta y, mucho menos, atender ninguna solicitud. ¡Ninguna, bajo ningún concepto!

—Hasta ahora no ha ocurrido nada que justifique tan enfáticas precauciones; pero, de ahora en adelante, muchas cosas pueden suceder.

Mientras Ransdell recordaba aquellas palabras, un muchacho se le acercó con otro despacho radiotelegráfico:

“Estamos dispuestos a pagarle veinte mil dólares en efectivo si nos concede una entrevista exclusiva sobre el descubrimiento de Bronson para este periódico”.

El despacho estaba firmado por el mismo hombre que, una hora antes, había iniciado la puja con una oferta de mil dólares.

David arrugó el papel y lo arrojó por encima de la borda, observando cómo flotaba lentamente tras la estela del barco. Si el hombre que había enviado aquel despacho hubiese estado en la habitación donde se encontraban Bronson y lord Rhondin, rodeados de trofeos y documentos, habría comprendido que los asuntos que ocupaban sus mentes hacían completamente inútil cualquier consideración monetaria.

•••

Aquella noche hacía calor en New York. En la elevada terraza del apartamento de Hendron, Eva comprobaba que era inútil su intento de encontrar un poco de aire fresco para respirar. Durante unos instantes dirigió la mirada al espacio monótonamente brumoso de Manhattan y, después, la fijó un poco más lejos, por encima de la ciudad, hacia los canales que conducían al mar.

—¿Serán esas luces, allá a lo lejos, las del Europa? —preguntó a Tony.

—Salió del departamento de cuarentena antes de las siete; debe de estar por alguna parte en esa dirección —respondió Tony con paciencia—. Lo mejor es que no entremos todavía.

Abrió la cigarrera y encendió un cigarrillo. La llama de la cerilla iluminó fugazmente la escena, como un cuadro de Rubens: el fino satén sobre los hombros desnudos de Eva; el verde intenso de su vestido de noche; el blanco resplandeciente de la camisa de Tony, y las dos cabezas muy próximas entre sí.

Alguien pasó por el interior del apartamento, junto a las puertas francesas. Golpeó suavemente el cristal con los nudillos; al advertir que la terraza estaba ocupada, dio media vuelta y regresó al salón con un paso que parecía acompasarse al ritmo de la música de la radio.

—Los invitados se han adueñado de la casa estos días —continuó Eva—. Si uno propone jugar al bridge, se aburren mortalmente y se ponen a bailar. Y si yo sugiero que bailemos, aunque traiga una orquesta, entonces prefieren jugar al bridge o hacer cualquier otra tontería.

—¿Por qué tener invitados, Eva? Sobre todo esta noche, cuando, por primera vez en varias semanas, las tres mil millas de este continente ya no nos separan.

—Yo no quería recibir a nadie esta noche, Tony. Pero se enteraron de que estábamos en casa y, como ves, vinieron de todos modos.

—Podías haber alegado un oportuno dolor de cabeza… al menos para ellos.

—Eso fue, más o menos, lo que hice con los reporteros esta tarde. En realidad, este momento de tranquilidad es un descanso; aprovechemos mientras dure.

La joven se apoyó en la balaustrada y contempló las luces de la ciudad, que titilaban a sus pies. Tony, deseando estar aún más cerca de ella, se inclinó a su lado y pasó posesivamente un brazo por su espalda. Eva retiró con suavidad la mano de él y dijo:

—Puedes besarme. Me gusta que me besen, pero no pretendas propasarte.

—¿Y por qué no? Mira, Eva, estoy pensando en nuestros besos de Navidad.

—¿Besos de Navidad?

—Ya sabes a qué me refiero. Llevo tres Navidades besándote, año tras año. ¿Y qué he conseguido?

—¡Qué grosero eres!

Tony le apoyó una mano sobre un hombro y la volvió ligeramente hacia él, procurando apartar de su atención el panorama de la ciudad.

—¿Hay alguna verdadera dificultad, Eva? —preguntó con extraordinaria dulzura.

—¿Dificultad?

—Quiero decir si hay algo que te preocupe; si eso es lo que impide que esta noche hagamos lo que hace tiempo deberíamos haber hecho.

—No, Tony. No hay ninguna dificultad.

—Entonces, ¿hay alguien antes que yo? ¿Quizá alguien en Pasadena?

—No hay nadie en Pasadena ni en ninguna otra parte.

—Entonces, ¿qué sucede precisamente esta noche? ¿Qué te hace cambiar?

—¿Por qué dices que he cambiado?

—Me vuelves loco, Eva; lo sabes muy bien. Tienes un cuerpo maravilloso y un rostro encantador. Y, además, posees un cerebro que la educación de tu padre ha desarrollado hasta situarlo por encima del de casi todas las mujeres… y del de la mayoría de los hombres. Incluso intelectualmente estás por encima de mí. Sin embargo, te adoro, y tú no quieres escucharme.

—¡Claro que te escucho!

—Ni siquiera ahora me estás escuchando. Estás pensando, en lugar de oírme.

—¿Qué quieres que haga?

—¡Que sientas!

—¡Oh! También soy capaz de hacerlo.

—Lo sé. Pero ¿por qué no lo haces ahora y dejas de pensar?

—Espera… No ahora, Tony… ¿Crees que esas luces de allá pertenecen al Europa?

—¿Y qué importancia tiene eso para ti? Escúchame, Eva. ¿Hay algo de cierto en esa noticia que tú y tu padre han estado desmintiendo toda la tarde? ¿Existe realmente ese extraordinario descubrimiento que mantiene en vilo a los grandes científicos del mundo?

—En la ciencia siempre hay algo extraordinario… —respondió Eva, eludiendo la pregunta.

En ese momento las puertas se abrieron de par en par. En el salón, media docena de personas seguían bailando, mientras otro grupo se reunía alrededor de la ponchera. Uno de los invitados se acercó a Eva para invitarla a bailar, y ella entró con él.

Tony Drake permaneció unos instantes junto a la baranda de la terraza, preocupado.

Un brazo rodeó sus anchos hombros.

—Hola, Tony —dijo una voz—. Dime cuál es la causa de las oscilaciones del mercado; o, mejor dicho, ¿qué hizo que hoy la Bolsa se estremeciera hasta sus cimientos?

Tony suspiró. Sus ojos continuaban siguiendo a Eva.

—¿Por qué me hacen el honor de suponer que yo sé esas cosas?

—He oído decir que todo se debe a algo ocurrido en África. Al menos, eso afirmaban los cables procedentes de allí. Pero ¿qué puede haber sucedido de tanta importancia para provocar una caída tan violenta del mercado? ¿Se habrá descubierto otra mina de oro? ¿O quizá una montaña entera de oro que haga bajar tanto su precio que altere todos los negocios y todas las actividades económicas?

—Aunque el oro abundara, eso solo serviría para aumentar las reservas del metal, querido amigo; no bastaría para hacer caer el mercado —objetó Tony.

—Desde luego, tienes razón. Entonces, ¿qué puede haber ocurrido en África del Sur para que…?

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