El Bosque y los Árboles. En las prácticas afrocubanas

Written by Libre Online

3 de enero de 2023

Por Felipe Elosegui (1953)

El bosque, la magia maravillosa de la flora tiene una profunda significación en las prácticas de las religiones afrocubanas y, muy especialmente en las costumbres religiosas de nuestra población.

Sin el bosque, sin el «monte», como suele llamársele en nuestro país, no existirían el Babalao ni el gangulero. Sin el poder de los árboles no sería posible el rito en ninguna de las religiones que el negro esclavo trajo de África para presentarlas con firmes raíces en los sentimientos de los criollos. 

El Yerbero

Por eso el yerbero ha tenido tan alta significación en cada uno de los pueblos de Cuba. Y aún se mantienen algunos de los viejos yerberos vendiendo sus yerbas, que lo mismo curan un resfriado, que “cortan el catarro”, o sirven para “amarrar” a quien trata de hacernos “daño”.

Es que el yerbero fue en su mejor tiempo el boticario del curandero y su total conocimiento de las virtudes de cada planta está vivo en el recuerdo de los abuelos, así como en el entendimiento de todos.

Y la ciencia ha venido a última hora a afirmar el prestigio del yerbero y su mejor aliado, el curandero. El descubrimiento de la penicilina, por ejemplo, le dio la razón a la abuela negra que curaba con queso y tomaba la tela de la araña para cortar las hemorragias de las heridas.

Pero cuando la abuela pedía la tela, señalaba al muchacho que había de tomarla: «Encarámate en la silla; cógela de arriba». Y ahora los hombres de los laboratorios han descubierto que el bacilo del tétano no vive a más de metro y medio de altura.

¿Qué extraña sabiduría era la suya? ¿Quién le avisó los poderes de cada uno de esos elementos? ¿Por qué sabía ella que los emplastos de café aliviaban los dolores?

¿Quién le dijo que en la cáscara de la naranja había tal carga de Vitamina C que la hacía ideal para combatir los estados gripales?

Nadie lo sabe. Los babalaos afirman que tal sabiduría viene de su comunicación con los dioses, del tablero del ekuelé, donde su gracia les permite dialogar con los santos mediante el collar de Ifá. Las negras viejas señalan que tal conocimiento les viene de sus antepasados, transmitido de una generación a otra verbalmente, a través de siglos y siglos, a lo largo del desarrollo de este mundo, desde el día mismo en que Yemayá, sacudiendo las puntas de su saya, separó los mares de los continentes y la tierra fue la tierra y el mundo fue el mundo.

De un modo o de otro, lo cierto es que el bosque ha sido y será aún por mucho tiempo la fuerza más importante de la naturaleza para los creyentes de los ritos africanos. El yerbero, el babalao, la iyalocha, todos los que de cierto modo han de ver con el quehacer de los santos sus relaciones con los hombres saben que el monte es sagrado y acatan su poder y le rinden pleitesía: nadie toma una mata del monte sin ponerle al pie los derechos que correspondan a Ochosi, gran botánico de la Santería el más distinguido de los conocedores de los secretos de las plantas.

La Leyenda de Osaín

Sin embargo, no fue Ochosi el creador de esta magia, no es a él a quien corresponde la gloria de otorgar sus mágicos poderes a cada una de las plantas del monte. Tan alta misión 

correspondió a Osaín.

Cuenta la leyenda que Osaín es un monstruo de una sola pierna y un solo ojo, que anda a grandes saltos; que posee dos orejas una enormemente grande y completamente sorda, otra pequeñita, pero capaz de percibir los rumores más lejanos; los brazos de Osaín desmesuradamente largos, pueden alcanzarlo todo, pero terminan en muñones incapaces de asir las cosas. Osaín que es el brujo de la Santería, vive en una güira cimarrona. De ella salió un día para ir por todo el monte poniendo sus poderes en las hojas y el tronco y las raíces de cada una de las variedades del bosque.

De esa leyenda viene a nuestros Santeros el Osaín, orisha extraño y singular que —como hemos dicho— vive en una güira cimarrona.

Como se prepara un Osaín

Pero este orisha, o, mejor dicho, su imagen no suele ser como la de otras divinidades, que se entregan de padres a hijos y por generaciones siguen siendo las mismas «prendas» o «herramientas» y suele presentarse el caso de una santera que nos explique con absoluto orgullo que su «Changó era de mi abuela que era lucumí siete rayas». O que «su Ochún es legítimo de África, porque de allá lo trajo su bisabuelo que era esclavo». El Osaín lo fabrica el Santero siguiendo un método pre-establecido. 

Cuando todos los ingredientes están ligados se meten en el interior de una güira seca, se le pone aguardiente, mezclado con ají, ajo y pimienta. Y se entierra la güira al pie de un árbol, haciéndosele una petición.

Si el Osaín está bien construido satisfará la petición de su dueño y ya para siempre le obedecerá.

Provisto de tan poderoso instrumento, el brujo es imponente, invencible. Campa por su respeto, especialmente en los pueblos del interior, donde la magia del Kimbisero y las recetas del Babalao tienen demanda más alta que la ciencia del esforzado médico rural. 

Porque hay que decir que todo esto sirve para que sean muchos los lugares de nuestro campo, donde el último en ver al enfermo es el médico del pueblo. Y a la vez, que no son menos los médicos que avisados de tales circunstancias, recetan inteligentemente más «remedios caseros», que productos de laboratorios, cuantas veces las circunstancias así lo exigen.

Es que una costumbre de siglos inclina al hombre hacia el bosque como un regreso a la tierra madre, como un retorno involuntario a lo telúrico. Y es también que el médico sabe, que un cocimiento de cáscara de naranja, por ejemplo, contiene, en efecto, una poderosa carga de Vitamina C.

Las Plantas Medicinales

Sería necesario acudir al diccionario botánico y a la interminable sabiduría de los conocedores de lo afrocubano para enumerar todas las virtudes medicinales de las distintas plantas. Sin embargo, en una relación somera saltan los nombres de «palos» y bejucos», “yerbas» y «raíces» de toda clase, como medicina ideal de los más disímiles padecimientos.

Por ejemplo: la Caña Santa cura el catarro, las hojas de Salvia alivian los dolores de cabeza, el Eucalipto corta la fiebre, el Bejuco-Ubí suprime los estados gripales, el Cundiamor es ideal para las enfermedades de origen gástrico, para las que también se usa el Romerillo. La Doradilla combate las anomalías renales, aunque también se usan el Tamarindo y el Mastuerzo. El Amor Seco cura los problemas hepáticos y el Llantén alivia el dolor de muelas.

En los casos de resfriados, los santeros y las abuelas negras aconsejan el Almacigo; y en los males tenaces de los riñones, el santero aconsejará el uso del Guizazo de Caballo.

En el campo, mientras el médico acude a su ciencia para combatir los parásitos que azotan a nuestros guajiros, el curandero combate «las lombrices» con el Apasote.

La Vicaria blanca se usa en todas partes para lavados de los ojos y se sabe también que cura la conjuntivitis y otros males de los órganos oculares.

No faltan las plantas como el Caisimón cuya semilla es venenosa; sus hojas alivian a los herniados y su raíz combate las enfermedades de los riñones. Ni tampoco las «yerbas» como el Zarzafrán, que se usa en el campo como abortivo infalible, provocando en muchos casos conflictos con los tribunales por delitos de prácticas Malthusianas. O el conocidísimo Jaboncillo único dentífrico que utilizaban los esclavos y que aún se emplea por los conocedores para evitar las caries y mantener la fresca blancura y asombradora fortaleza de la dentadura de los negros.

En iguales circunstancias y en la 

preferencia de nuestro pueblo se haya todavía toda una larga teoría de plantas; entre ellas, la Caña Santa, la Güira Cimarrona, la naranja y el Limón, el Caisimón, el Orégano, el Palo Juan Prieto, muy abundante en Las Villas; el Helecho Macho, porque el Helecho Hembra, no tiene virtudes medicinales, etc., etc.

Las Plantas Rituales

Pero asimismo no son menos las plantas que se utilizan en distintas prácticas rituales, tanto en Santería, Brujería y Kimbisa, como en los 

rituales entreverados que se desarropan entre nosotros, como producto de nuestro heterogéneo credo religioso.

Desde el tabaco, que sirve de sahumerio en determinados ritos y hace de «limpieza» en ciertas prácticas, hasta la ingenua creencia del «Palo Cambia Voz», a quien se atribuyen poderes para cambiar las intenciones si se le mastica delante de una persona que quiere hacernos «daño». Entre todo eso, hay una larga serie de árboles con los más asombradores oficios en el ritual afrocubano.

Veamos algunos de ellos: El Rompesaragüey, que sirve para «abrir el camino” y romper lo malo que nos depara el destino; el Abrecamino que tiene iguales oficios; la yerba Santa Rita que se utiliza para resguardos y para baños; la Albahaca, que quita las «malas influencias»; el Piñón de Botija, cuyos gajos sirven para sacudir los maleficios de las «malas vistas»; el Corojo, de donde se extrae la manteca, que es útil esencial en las prácticas de santería, el Coco, que no sólo sirve para las limpiezas sino que, además simboliza a Elegguá; y roto en cinco pedazos, sirve para «Registrar»; es decir, para interrogar a los orishas acerca de los problemas y la solución correcta, que confronta un aleyo; el Palo Cambia Voz, cuya virtud extraordinaria ya hemos referido y que se guarda en un recipiente especial, hecho de barro cocido, el cual se envuelve en varias cintas de colores, teniendo su propietario la obligación de «alimentarlo» con aguardiente y tabaco, para que se mantenga contento.

Asimismo, hay que citar al Paraíso, la Escoba Amarga y la Flor de Muerto, que son esenciales en las “limpiezas» de la casa, para que entren las buenas influencias, las dos primeras, y en los trabajos fuertes de Kimbisa y Brujería, la tercera. Y el llamado Palo Caja que se usa como resguardo contra los accidentes y es un formidable talismán para conservar la bonanza económica, llevando siempre un trocito en la cartera en que se guarda el dinero. 

En un 

riguroso orden jerárquico, seguiríamos la relación de los brujos del bosque con la Siguaraya, que es sagrada y no se puede cortar sin permiso de los dioses, la Siguaraya es el único palo que la jutía no come, tal es su fuerza.

El Palo San Ramón, por su parte, resulta, un árbol divertido, burlón y travieso. Posee la propiedad de cambiar de coloración súbitamente, y los creyentes afirman que lo hace para extraviar y confundir a los viajeros, y en efecto lo logra, porque el Palo San Ramón crece siempre en las orillas de los caminos, sirviendo, por su singular configuración y extraños colores para que el viajero marque su ruta con la traviesa mata.

La Ceiba y las Palmeras

Pero de todos esos árboles ninguno tiene el prestigio de nuestro ceibas y palmeras.

La Palma Real, figura simbólica del bosque es nada menos que la casa de changó de Ima, el Dios de la Guerra, Eros locumí, astuto y malgenioso cuya vida galante cubre las más singulares páginas de la leyenda africana.

Cuando Changó monta en cólera, arrastrado por las explosiones de su carácter, escala lo alto de la Palmera y allí se sienta a denostar a cuantos le rodean, y de cuantos se acuerda. Habla entonces horrores de las mujeres y de todo ser viviente.

Para calmarlo, las «Omordé” vienen al pie del árbol y en derredor de su tronco ponen manzanas, plátanos, en racimos robustos, el exquisito «amala» (alimento hecho a base de harina y carne de carnero) tan querido del dios guerrero y que con tanta fruición saborean los asistentes a las fiestas de santos cuando se le dan comidas al impulsivo Changó. 

La ceiba, por su parte, es el árbol más respetado del Monte cubano. La Ceiba, como la Siguaraya, no puede ser cortada si no lo autorizan los orishas, porque es árbol sagrado, sus hojas y su corteza son poderosos resguardos contra todos los males. En el campo la ceiba es respetada y reverenciada como el Dios que es para los creyentes. 

San Cristóbal

En nuestra Habana existe desde hace siglos la costumbre del “Día de San Cristóbal”, ya se sabe cómo hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se levantan temprano y sin decir una sola palabra se dirigen a la Ceiba del Templete, a cuya sombra se pronunció en la ciudad la primera misa católica hace cientos de años. Una vez ante el árbol, los creyentes dan una vuelta en su derredor golpeando tres veces con los nudillos el tronco poderoso, lo cual se entiende que trae buena suerte.

El Río y el Güije

Para el negro africano y sus descendientes el bosque no existe sin el río. Para él, ambos son fuerzas que se complementan. El río que es la casa de Ochún la alegre, mulata del oro y las aguas dulces y todas las dulzuras es también la casa del Güije, una especie de gnomo africano magistralmente descrito por Nicolás Guillén: cuando les traza como enanos de ombligo enorme y dibuja sus cortas piernas torcidas y sus orejas largas y rectas. 

El río y el güije ponen la nota de sombras en el bosque. Es el güije mandado por el río el que hace silbar al Sijú para asustar al viajero perdido y es él quien hace cambiar de colores al Palo San Ramón para desorientar al caminante. 

Y todo ello por el placer de hacerlo, por el gusto de causar el mal a los demás y poner tintes sombríos en la imponente soledad del monte, que es esencialmente sagrado para los creyentes de los ritos africanos, tan sagrado que nadie, en leyes rigurosas de Ocha puede tomar sus plantas sin dejar junto al árbol arrancado las monedas que paguen los derechos de los Dioses, porque no han de dar en vano todo el poderío del monte para disfrute de los mortales.

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