EL AZÚCAR PODRÍA PROCURARNOS MEJORES RELACIONES HUMANAS 

Written by Libre Online

9 de julio de 2024

A LOS CUBANOS SEGÚN EL GENERAL MÁXIMO GÓMEZ

Por Jorge Quintana (1954)

Finalizando la Guerra de Independencia, en 1897, el mayor general Máximo Gómez se entregó a una serie de meditaciones sobre nuestras perspectivas futuras. De ello hay buena constancia en su Diario de Campaña y en la correspondencia de la época. Una de las cartas que en ese sentido hemos considerado más interesantes, es ésta que el 6 de febrero de 1897 dirigió, desde su campamento de Juan Criollo, en Sancti Spíritus, al coronel Andrés Moreno de la Torre, que a la sazón desempeñaba el cargo de secretario del Exterior en el Consejo de Gobierno de la República en Armas. 

En ella le hace algunas confesiones íntimas sobre instantes de duda que, al fin, disipó, le plantea algunas interrogaciones que aún hoy tienen plena vigencia en cuanto a las relaciones entre hacendados y colonos y le hace consideraciones, muy atinadas, sobre la forma en que él entendía deben normarse las relaciones humanas entre capital y trabajo en la industria azucarera cubana, para que ésta pueda representar el progreso nacional sin lugar a dudas. Por el interés que esta carta tiene la reproducimos hoy, en la seguridad de que nuestros lectores, al leerla, puedan apreciar toda la extraordinaria perspicacia de aquel hombre singular y extraordinario que el destino hizo nacer en Santo Domingo, pero que colocó en nuestro camino para nuestra dicha. La carta en cuestión dice así:

“Juan Criollo, Sancti Spíritus, febrero 6 de 1897. 

“Coronel Andrés Moreno, 

Estimado compatriota:

“Siento la necesidad de cambiar mis ideas con Vd. respecto a un asunto, a mi juicio, de no escasa importancia, y sobre el cual me atormentan dudas, que quisiera desvanecer, encontrando luz, y más luz en el ilustrado y sano criterio de usted para mañana responder, con conocimientos verdaderos de causas, del a mi entender, tristemente deficiente sistema o forma de cómo está constituida en Cuba la Industria Azucarera, riqueza que aun así, pudiera decir fabulosa del país cubano. Y voy a principiar para que usted pueda compenetrarse bien de mis intenciones o deseos, por comunicarle hasta mis más íntimas impresiones que he sentido por este asunto.

“Yo había oído hablar con verdadero placer de la riqueza de las Comarcas Occidentales, consistente en su mayor parte en sus soberbios campos de caña y fábricas de elaborar la azúcar que yo no conocía, pero que mis amigos me pintaban de un modo maravilloso. Aquellas relaciones me encantaban, pero como cuando todo eso oía, también bullía en mi mente, con entusiasmo, la idea de la Revolución redentora a la cual había ofrecido mi espada, más de una vez —se lo confieso— sentí mi espíritu consternado al pensar que tanta riqueza pudiera ser destruida indefectiblemente por la mano terrible de la guerra, y perder en unos instantes todo el patrimonio de un Pueblo levantado en muchos años de labor, y todo ese atroz procedimiento seguramente que no tocaría dirigirlo y firmar el Decreto de su destrucción, como medida justificada de guerra, si esas riquezas, perjudicaban en vez de favorecer la Revolución. Y 

encariñado yo desde niño con la Agricultura, pues mi Padre me enseñó a amarla, imagínese Vd. mis perplejidades, y hasta mis dudas algunas veces.

“Así sucedió; vino la Revolución, fraguada por la misma España, y vine yo a entrar en ella, cumpliendo mi palabra empeñada, y firmé el Decreto, preparando a la vez, y sin reserva intencionalmente, el Ejército invasor con la ridícula esperanza de que los hombres de bien no dejasen encender la tea.

“El Ejército; diez mil hombres mal armados y sin organización, —¡cuál podía yo darle en tan corto tiempo!— emprendió su marcha triunfal, y cuando la tea empezó su infernal tarea y todos aquellos valles hermosísimos se convirtieron en una horrible hoguera, y cuando ocupamos, a viva fuerza, aquellos bateyes ocupados por los españoles, aquellas casas palacios, con tanto portentoso laberinto de maquinarias, todo aquel conjunto de producción, de comodidades, de lujo y hasta de cultura; cuando yo vi todo eso, le confieso a Vd. que quedé abismado, y hubo un momento, que hasta dudé de la pureza de los principios de que sustentaba la Revolución, pensé que marchábamos por caminos torcidos y yo mismo no me sentía bueno como quiero yo serlo.

 Fue esa una noche molesta para mí, pensando de semejante modo, con mi asiento recostado de las verjas de hierro bruñido del hermoso jardín de la bella Sra. Pulido, de cuyo Ingenio su Mayordomo, acababa de decirme que aquello había costado más de cien mil pesos. Yo había dado órdenes de que cuidado de quien se atreviera a tocar nada a aquel plantío de flores y plantas bellísimas.

“Mas yo continué como tenía que hacerlo y bien pronto se operó en mi ánimo y en mis juicios un cambio, que al no explicarle a Vd. las causas, le parecería desde luego extraño y de modo alguno justificado.

“Cuando llegué al fondo, cuando puse mi mano en el corazón adolorido del pueblo trabajador y lo sentí herido de tristeza; cuando palpé al lado de toda aquella opulencia, alrededor de toda aquella asombrosa riqueza tanta riqueza material y tanta pobreza moral; cuando todo eso vi en la casa del Colono, del cubano, y me lo encuentro embrutecido —para ser engañado— con su mujer y sus hijitos cubiertos de andrajos y viviendo en una pobre choza plantada en la tierra ajena; cuando pregunto por la Escuela, y se me contesta que no la habido nunca; y cuando entramos a pueblos como Alquízar, Ceiba del Agua, El Caimito, Hoyo Colorado, Vereda Nueva, Tapaste y cincuenta más, no veo absolutamente nada que acuse, ni cultura ni aseo moral, ni pueblos limpios, ni riqueza limpia, ni vida acomodada, y nos reciben de brazos el Alcalde y el Cura; entonces yo me sentí indignado y profundamente indispuesto en contra de las clases elevadas del país, y en un instante de coraje, a la vista de tan marcado, como triste y doloroso desequilibrio, exclamé: ¡Bendita sea la tea! Se me representó la Edad Media con su feudalismo que nos refiere la Historia, y pensé de nuevo como he pensado siempre, que para sacudir la opresión y la barbarie todos los medios y todas las ocasiones son buenas.

“Y después me ha ocurrido que, si no se podrá acaso establecer más equidad en las relaciones entre el Agricultor y el Industrial, entre el primero a quien el segundo se lo debe todo. A quien pudiéramos decir le debe la vida, a quien le es deudor el artesano, el maquinista y hasta el inventor también pudiéramos decir que hasta en parte Cuba misma le debe su grandeza. Como es que por desgracia se puede notar distancia tanta, entre un Colono y el dueño de un Central, al extremo que el primero, comparativamente, me ha parecido una bestia y el segundo un hombre.

“¿Qué razón existe, que yo no he podido encontrar, para que al Agricultor le esté vedado decir a sus hijos: “Ayudadme a plantar este árbol bajo cuya sombra podré descansar mañana en mi vejez cansada mientras vosotros recojáis el fruto?”

“¿Qué motivo prohíbe que el hijo infeliz del colono sepa menos, no sepa nada, ni tanto como el buey que ara; mientras que los hijos e hijas del dueño del Central cuando la zafra está terminada pueden irse a París a pasar una temporada; a exhibirse con todo el esplendor que proporciona el lujo siempre pagado a caro precio como cosa muy superflua para la ida práctica de los pueblos? ¿Y dónde puede ir acaso el Colono su mujer y sus hijos?

 Esos quedan estancados e inmóviles como máquina que tritura la caña. ¿Qué causa habrá para que la esposa del Colono no pueda tener un jardín y la señora del Central si pueda tenerlo, o es que “en aquella casa están vedadas las flores, es aquella familia a pesar de ser trabajadora (virtud primera) está condenada a vegetar en el embrutecimiento, a no asimilarse jamás, con uso y ejercicio de ventajas conquistadas con su trabajo a sus naturales y obligados consocios y de cuales al contrario es desdeñada? ¿Qué causas, cuáles razones oponen, para mengua social, a que cada uno de esos centros maravillosos de elaborar azúcar, no pueda constituirse, de una manera hábil a la vez un centro de civilización y de producciones distintas que den para todos bienestar relativo, que proporcione recursos de las clases para la vida social y material de las familias todas, en vez de estar concentrado, en el batey, cuyos límites como la muralla china nadie puede traspasar?.

“¿Cómo se explica que el que tanto dulce suda pase sin embargo vida tan amarga? Ahora bien, Coronel Moreno, yo no he podido comprender bien claro las causas primordiales de tan repugnante, por injusta, desproporción de situaciones entre el Colono y el industrial, el por qué esa inmensa distancia en que viven el uno del otro no obstante el fraternal lazo que parece debe constituirlo la materia prima, la caña, dentro de la cual se mueven ambos. Necesito, pues, que Ud, honrado y bueno, que pertenece al número de hacendados de Occidente, se sirva darme más luz sobre este asunto que no creo de importancia y que por lo tanto me interesa estudiar bien para que en sus fórmulas nuevas sirva también de norma a Santo Domingo en donde hace poco ha principiado a desarrollarse la industria azucarera. 

Y he dicho fórmulas nuevas porque entiendo que después de la paz, después de instituida la República Cubana libre y sin trabas de ninguna clase, privilegios de ningún linaje y cuando este pueblo que ha de surgir nuevo, alegre y contento, para ejercer con bríos y ansias de bienestar, sus energías todas para todos los progresos, las cosas continuarán con sus formas viejas, pues desde luego, Coronel Moreno, perderíamos la esperanza que la República fuese tan fecunda en bienes como costosa ha sido en sacrificios y como yo y Ud. y todos los buenos patriotas tenemos derecho a esperar que sea para complemento de nuestra obra.

“Queda de Ud. Muy amigo y afectísimo,

Máximo Gómez”

Temas similares…

ESO QUE LLAMAN AMOR

ESO QUE LLAMAN AMOR

Por Gustavo Torroella (1954) ¿CÓMO PUEDO SABER QUE ESTO ES AMOR? El señor Adán y la señorita Eva se han enamorado. No...

0 comentarios

Enviar un comentario