EL ASESINATO DE LOLA Y LA EUROPA SIN FRONTERAS

1 de noviembre de 2022

El sórdido asesinato el 14 de octubre en París de Lola Daviet, una niña de 12 años se convirtió en noticia planetaria probablemente por la absurda crueldad del hecho y por haberse encontrado su cadáver trucidado, en una maleta que la autora de los hechos abandonó en el sótano del edificio del Distrito 19 donde la víctima vivía con su familia. No hay que remitirse a los sarcasmos de Espronceda – qué haya un cadáver más ¿qué importa al mundo? –  para admitir que los asesinatos ocurren y que se producen cotidianamente en todo lugar.  Pero comoquiera el cruel final de la pobre muchachita fue un batacazo que conmovió a la opinión una vez que comprendimos como habían sido las cosas a partir de que la desaparición señalada por los padres aquel día al final de la tarde implicaba algo tan grave como fuera de lo común.

El hecho de que el horror inhumano del calvario al que Lola debió enfrentarse minutos después de haber salido de su escuela se hubiera producido en pleno día y en un barrio más que aceptable de la capital, se transformó de estupor en clamor nacional cuando se supo que había sido una argelina en situación ilegal quien la había ultimado. Se deduce que la cosa fue premeditada. Para completar el delirante cuadro se afirma que actuó a manera de venganza contra los padres de la occisa, encargados ellos del edificio donde todo ocurrió y en el que también vive un familiar de la asesina. Le habrían rehusado una copia del pase de acceso al cual no tenía derecho. La policía ha filtrado los detalles a cuentagotas, práctica habitual en casos tan sensibles como el que me ocupa.

Que una vez más haya sido un extranjero llegado a Francia bajo circunstancias anormales, que en su caso habían motivado ya una orden judicial de expulsión del territorio nacional francés jamás ejecutada, recordó a la ciudadanía otros hechos criminales en los que los agresores poseen características similares. Más de lo mismo, dirían muchos; ¿bueno, y qué?, pensaran otros. Pero esas disyuntivas no amortiguan la colérica indignación del ciudadano de a pie. Estamos hartos.  Por fin es que en 2017 un tipejo apuñaló a dos muchachas de 17 años en una estación de trenes, que otro por el estilo degolló en plena misa al Padre Olivier en su iglesia y que un enésimo más le dio candela a la catedral de Nantes. Un inventario requeriría varios párrafos, he citado tres escogidos al azar, perpetrados por negros o por árabes que no tenían que haber ni entrado en el país ni permanecido en él. La clave está en que los clandestinos no son enviados de vuelta a sus países de origen. Las autoridades se gargarizan, pero está claro que es más fácil querer hacerlo y decirlo que lograrlo siendo los países destinatarios de los clandestinos los primeros responsables al obstaculizar el cumplimiento de la ley francesa. Sin contar que los profesionales del angelismo izquierdista están siempre prestos a colocar a los ilegales bajo su protección, presentando peticiones y recursos ante un estado que se resiste a poner en práctica sus leyes.

Independientemente de lo que vaya a ocurrir desde el punto de vista legal con esta mujer que por el momento es identificada solo como «Dabhia B.”, son muchos quienes expresan un desasosiego existencial en cuanto a que en Francia se está viviendo un capítulo más de una interminable serie de eventos que a todas luces nos encaminan hacia una distopía en la cual todos los logros civilizacionales se están convirtiendo en humo. Aquí hubo comoquiera hace dos años un profesor de secundaria al que le cortaron la cabeza a unos metros de la secundaria donde trabajaba y nadie ha olvidado a aquel energúmeno que mató a tiros a media docena de infantes en el patio de una primaria. Es decir que los ideales que ordenan nuestra sociedad están sucumbiendo ante una barbarie que se está generalizando. Y como cada vez que algo ocurre los dirigentes políticos, los sociólogos y parte de los intelectuales miran para otro lado para pasarse deliberadamente con ficha en este juego de dominó sangriento, la impresión resultante es que fatalmente la parálisis que provoca el miedo a ser tachado de racista o de fascista está ganando la partida. Hay que llegar de todos modos a una resultante consistente en que en el seno de nuestras sociedades existen monstruos capaces de cualquier cosa, lo cual no es cosa nueva. Pero con ciertos ideales políticos desplomándose, es preferible bregar con los autóctonos que con los que llegan de otras culturas, para intentar por lo menos controlar la espiral ascendente de un tribalismo exógeno que compromete el futuro.

Hay que insistir en una verdad insoslayable que en tan delicada coyuntura puede definirse como la convergencia táctica de las jerarquías políticas con la judicatura. Los dos factores citados han corrompido el espíritu de las leyes existentes. Los obstáculos vienen de una administración que ha creado barreras a la aplicación de la ley. Una conspiración institucional invisible ha creado a golpe de jurisprudencias combinadas las acciones de cortes nacionales con las que desde Bruselas ordenan la vida en el interior de la Unión Europea. Esa troica la componen la Corte europea de derechos del hombre, la Corte de justicia de la Unión Europea y la Corte de Casación del Consejo de Estado.  Si un «expulsable» debidamente asesorado, y hay que señalar que el abogado no le cuesta ni un céntimo, la expulsión de un indocumentado resulta dificilísima.  En este punto se puede comparar con el amistoso acuerdo, parece funcionar maravillosamente, que permite que Estados Unidos envíe hacia Cuba a todo ilegal que llega a territorio americano. Curiosa convergencia entre democracia y tiranía en un punto en el cual ambos gobiernos coinciden en objetivos comunes.

En nombre pues de los principios que rigen el respeto a los derechos humanos, en general aplicados por los grandes de este mundo colocando el fiel de la balanza según le parezca a la derecha o a la izquierda, todo es posible. Además, nada impide a las cortes de un país «amigo» invitarse al embrollo, como ha sido el caso hace menos de dos semanas cuando Bélgica rehusó extraditar a un imán que Francia espera para expulsarlo hacia Marruecos. El hombre cruzó la frontera, se instaló en casa de un amigo que vive en Bruselas y se sentó cómodamente a esperar que la policía belga viniera a buscarlo. Un juez local lo puso en libertad al día siguiente presionado por varias asociaciones que afirman amparar la libertad religiosa y por par de docenas de acólitos que vinieron a vociferar delante del Palacio de Justicia. 

Las mismas instituciones citadas más arriba, apoyadas por los puntos de vista inapelables del Consejo Constitucional francés, consiguieron en 2018 que no puedan ser perseguidos aquellos que en las fronteras terrestres propician la entrada de inmigrantes ilegales. Por ejemplo, en la muy porosa que separa el país de Italia. Ese fallo borró en la ley el delito de contrabando de personas transformándolo de facto en «derecho de solidaridad» con seres humanos en estado de indefensión.

Como vivimos en un mundo virado al revés la terminología que antes definía el Estado de derecho se ha ido a bolina desde que en el corpus de las instituciones gubernamentales el Estado no respeta y ni hace aplicar sus propias leyes. Y como, contrariamente a los parlamentarios, los jueces no están obligados a responder ante institución ni electorado algunos, estamos abocados a una realidad en la cual los crímenes cometidos por personas que no deberían estar en Francia seguirán produciéndose. Fue una de ellas que encontró en su camino Lola, para su desgracia y la pena de un pueblo cada vez más sumido en el hoyo negro de contradicciones irreversibles dominantes en la Europa actual.

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