DOCUMENTOS RAROS O INÉDITOS. LA RECONCENTRACIÓN  DE WEYLER  SEGÚN MANUEL CIGES APARICIO

Written by Libre Online

27 de septiembre de 2022

Manuel Ciges Aparicio fue un destacado periodista español que militó siempre en las filas más liberales de su patria. Condenaba al militarismo, a la reacción monárquica y a todo lo que consideraba, con justicia, la ruina moral y material de España.

En 1895 fue movilizado y enviado a Cuba. En una breve campaña por la región vueltabajera, pudo darse cuenta de lo injusto de aquella guerra que España nos hacía y, sobre todo, de la forma tan feroz e inhumana que algunos militares españoles llevaban la campaña. Pudo percatarse también de cómo la administración española esquilmaba y robaba a los pobres soldados que venían a Cuba a morir defendiéndole unos derechos que después de cuatro siglos de vigencia, estaban más que caducos. Y escribió con la sinceridad y el valor conque lo hace todo periodista honesto. Y dijo, en las columnas de periódicos españoles —olvidándose que era un soldado y que estaba en campaña— toda la verdad que sus ojos habían visto. De España vino la queja a la capitanía general de Cuba. Gobernaba Valeriano Weyler. 

En Artemisa fue localizado el soldado Manuel Ciges Aparicio, autor de aquellos artículos. En vez de condecorársele por su civismo, por su valor, por todo lo que ello significaba, se le  recluyó en la fortaleza de La Cabaña. Allí permaneció veintiocho meses sin que se le celebrara juicio alguno. Una vez más estuvo en contacto directo con la iniquidad colonial de España. 

Después de la derrota española en Santiago de Cuba y Manila, cuando ya estaban alistándose para evacuar la isla, le celebraron un Consejo de Guerra. Como no se había dictado sentencia, evacuó con su regimiento y aguardó en prisiones militares españolas el resultado. Cuatro años, cuatro meses y un día fue  la sanción. Una amnistía general le sacó al fin de la prisión. Había pasado de un siglo a otro entre las rejas.

De aquella larga prisión salió un libro titulado «Del cautiverio”. Apareció con tan poca resonancia que nosotros los cubanos apenas si nos dimos cuenta de su presencia en las librerías. En 1930 la Editorial España decidió hacer una segunda edición. En la nota editorial de esta segunda edición se dice:

«Ante esa historia palidecen las más horripilantes que se han escrito —y la bibliografía de la vida en los presidios es ya copiosísima— en cualesquiera idiomas, sin excluir la autobiografía del propio Dostoiewski en sus años de Siberia. En ninguna literatura existe un cuadro tan minucioso y objetivo de semejante infierno real, y el mismo Dante sólo se le aproxima en lo que tiene de imaginario». Y al final:

«Como un formidable documento de nuestra agonía colonial, y así mismo como un tributo de justicia y admiración a la alta y duradera jerarquía literaria de Manuel Ciges Aparicio, que no es precisamente la de las valoraciones oficiales contemporáneas».

Estos dos párrafos evidencian bien claramente la importancia que a este libro se le concede. En tanto, ha pasado inadvertido durante cincuenta años, para nosotros los cubanos. Para contribuir a subsanar ese error y por lo interesante del cuadro que describe y la forma tan impecable en que lo realiza, reproducimos las páginas que dedica a exhibirnos la reconcentración weyleriana, tal y como él la vio. 

Estamos seguros que al concluir la lectura de estas breves páginas, la historia militar de Weyler quedará en nuestra conciencia cubana como debe quedar, como la de un archicriminal, sin gloria y sin conciencia humana. He aquí, pues, aquel cuadro terrible descrito por este brillante periodista español, a quien no le hemos hecho justicia alguna.

«Fue en Mariel donde visité la mansión de los reconcentrados. Al lado de una plaza sucia, de aguas lívidas e inmóviles que exhalaban miasmas homicidas, alzábanse los sórdidos barracones de tostadas palmeras. Reinaba silencio de cementerio: ni una voz, ni un gemido. El mar dormía-hipnotizado bajo los inmensos haces ígneos que el sol de mediodía le enviaba. De la tersa superficie opalina brotaban vivísimas refracciones, aúreo chisporroteo de hirviente metal que hería los ojos y aumentaba el cansancio del espíritu. Cuando llegué a este paraje de pesadilla y maldición, me detuve pura escuchar. ¡Ni un rumor del mar, ni un suspiro de los hombres! Sólo barrunté en la cara el tácito pasar de un vaho caliginoso y repugnante. Era la muerte, callada e invisible soberana de la vasta necrópolis, que me azotaba desdeñosa el rostro.

Estaba perplejo. Si la curiosidad me inducía piadosa a conocer aquel moderno lugar de expiación donde tantos seres fenecían diariamente, la prudencia me ordenaba alejarme presuroso. Indeciso y agobiado di la vuelta a los barracones, prestando atento oído; pero en todos prevaleció lúgubre silencio tumbal. Me detuve otra vez jadeante. Lo angustioso del paraje y el calor uniforme no entibiado por ningún hálito de la mar vecina, apenas me permitían respirar.

La compasión pudo más que el temor, y descorrí el andrajo que tapaba una puerta miserable.

¿Quién sino Dante, que visitó la región sombría donde sufren las sombras espectrales, podría describir este nuevo círculo del Infierno poblado de dolor y de patética repugnancia? Ahí dentro, en aquel ambiente letal, vi revuelto montón de harapos y descarnados huesos: hombres, mujeres y niños; blancos y negros; vivos y muertos. 

Sobre desvencijado catre, sin colchón, ropa ni cabezal, jadeaba un vestigio de mujer mal cubierto con los guiñapos de la mugrienta camisa que algunas horas después le serviría de sudario; porque la muerte taciturna habíala marcado ya con estigma imborrable en todo su ser: en el temblor convulso de los miembros, en la contracción de la boca purulenta que no podía espantar una mosca impertinente que en ella se había posado, en la ancha franja cárdena que rodeaba las hondas cuencas donde se revolvían cansados los vidriosos ojos agonizantes. Abrazado a ella había un niño que, obstinándose en tomar leche, succionaba sangre en los flácidos pechos de su madre. Sentada en un cajón, a la vera del lecho, estaba la hija de la moribunda.

 Ni el hambre crónica ni la fiebre devastadora pudieron borrar de su carita macilenta los puros rasgos de criolla hermosura, realzada por sus enormes ojos negros de profundo y tristísimo mirar. Tenía el cuerpo encogido, enlazados bajo las agudas rodillas los finos dedos, amarillentos y exangües, para que el contacto de unos miembros con otros se prestaren mutuo calor contra los frecuentes temblores glaciales de la calentura.

Tendido en el suelo dormitaba sudoroso y anhelante un anciano. A dos pasos de él acababa de expirar un negro. A través de las rotas vestiduras, veíanse los huesos rígidos del africano en su inmovilidad de muerte. Ninguna mano piadosa le había cerrado los ojos, que ya no verían las iniquidades de los hombres, y en aquellas fijas pupilas no se veía nada: ni odio ni amor. Eran terribles, porque eran terriblemente indiferentes. Aún había otras personas en aquel tétrico tugurio: dos mujeres desgreñadas, revolviéndose trabajosamente dentro de sus viejas camisas, y algunos chiquillos hambrientos y tristones, que me imploraban limosna extendiendo sus manos temblorosas de fiebre.

¡Qué sé yo de cuántas cosas me hablaron con acento débil y quejumbroso! Vecinos de la eternidad, todos esperaban confiados la muerte que les haría leve tan inacabable suplicio. Allí no había medicinas, pan, ni higiene. Nadie se acercaba a consolarles en su abandono irreparable. No era la resignación cristiana ni la sabiduría estoica, sino el lento acabamiento de las fuerzas vitales quien les había enseñado a no temer la muerte. La nada, el sumo descanso, era una necesidad para aquellos seres borrados ya de entre los vivos… Todos estaban condenados a perecer en breve plazo, segadas sus existencias por la fiebre amarilla!.

También sentía yo fiebre. Denso sudor helado me inundaba la frente, y en la garganta barruntaba contracciones de mortal angustia. Me acerqué a la puerta para respirar. ¡Con qué avidez contemplé el cielo azul y el mar extenso, que seguía en imperturbable calma de plácido dormir! ¿Habría más allá de aquel remoto horizonte circular, donde el cielo y mar se confundían, una patria más piadosa para tanta víctima como allí dentro gemía olvidada de los hombres.

La hija de la moribunda se acercó penosamente a la puerta, y tras larga dubitación me pidió algunas monedas para comer. Ella me ofrecía, en cambio, un amor imposible de aceptar.

Luego supe que la concupiscencia soldadesca iba frecuentemente a profanar aquella carne que olía a sepulcro.

Sólo tuve valor de recorrer tres departamentos, y en todos vi igual repugnante abandono. Al retirarme tenía la convicción de que dejaba doscientos condenados a muerte, que se renovarían mientras durase la guerra.

Estos recuerdos punzadores me hacían daño, y para que no me obsesionasen más, salté de la hamaca, que exhaló un gemido y acabó de romperse”.

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