DESPUÉS DE LA LUNA DE MIEL

22 de septiembre de 2026

Mientras nosotros nos pasábamos la vida mataperreando en medio de la calle, jugando a las canicas y a la quimbumbia, ellas permanecían dentro de sus casas, jugando a las muñecas y aprendiendo a ser amas de casa, esposas y madres.

Y es después de casarnos cuando descubrimos que las fotos se colocan en marcos en la pared y no se pegan con Scotch Tape, como hacíamos anteriormente. Que los regalos se envuelven en papel y se les pone una moña, y no se tiran dentro de un cartucho, como hacíamos antes.

Al pasar delante de nosotros una escultural y bella joven, debemos, con extremo disimulo, ignorarla… Y jamás, bajo ningún concepto, atrevernos a decir: “Soy casado, pero no capado”.

Es muy importante, al salir de la casa, acordarnos de que debemos dar explicaciones de “para dónde vamos, cuánto tiempo estaremos fuera y a qué hora regresaremos”. Vaya, dar muchos más detalles que cuando vivíamos con papi y mami.

Descubrimos que papá estaba equivocado cuando se vanagloriaba de que teníamos muchas novias, porque ahora hay que conformarse con una sola.

Rápidamente nos hacen comprender que el control remoto del televisor no está hecho para estar cambiando de canal cada tres minutos.

También es muy importante tener claro que, desde el mismo instante en que la esposa nos dice que está embarazada, debemos trabajar muy duro —ya no es opcional— para mantener al recién nacido, por lo menos, durante los próximos 20 años.

Descubrimos que es una gran mentira eso de que “las mujeres son el sexo débil”, desde el mismo instante en que cada uno de nosotros coge una fuerte gripe.

Notamos, sorprendidos, que aquella muchachita que conocimos solitaria —y que nos pareció desvalida— en un baile, en un parque o en una escuela, al contraer matrimonio con ella trae, acto seguido, un suegro, una suegra y un familión completo.

Descubrimos que la ropa blanca y la negra no se lavan juntas en la lavadora y que el Clorox solo se utiliza en la ropa blanca.

El primer domingo, a la hora de ir a la iglesia, descubrimos que pertenecemos a diferentes religiones. Y es entonces cuando nos damos cuenta del motivo por el cual papá y mamá discutieron tanto para decidir si yo iba al colegio Salesiano o al KPBM presbiteriano.

Y… si, con mucha comprensión, contra viento y marea, en las buenas y en las malas, aceptando de buena voluntad el ser “domesticado”, logramos el gran milagro de mantenernos juntos durante más de 50 años, entonces alcanzamos el mayor de los descubrimientos: ¡Qué nos sacamos la lotería con esa mujer!

Aquella delicada muchachita que conocimos cuando estábamos enteros, ahora, al final de la jornada, ha resultado ser una magnífica compañera, esposa, madre, abuela y, sobre todo, tremenda enfermera, capaz de ponernos hasta un supositorio de Preparation H si no le queda más remedio.

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