Demetrio, mi inolvidable primo

14 de marzo de 2023

Sin que el sentimiento haya conseguido amortiguar un ápice en mi pena, vengo a saludar la memoria de mi primo Demetrico, como siempre le llamamos en la intimidad familiar. Es obvio que Demetrio envió un mensaje subliminal hacia la posteridad en el exordio a su ensayo intimista y autobiográfico «Perfiles de perseverancia», escrito a mediados del año 2015.

 Lo hizo bajo cobertura de un lema personal que enunció así: «constante renovación, entusiasmo inextinguible y sentido de la gratitud».  Desde la óptica de tales propósitos quiero evocar su recuerdo hoy, con memorias que remiten a un pasado familiar común que vivimos durante parte de la década 1950 y hasta junio de 1962. 

Mi relación de familia con el primo Demetrio estuvo siempre marcada por una separación física que paradójicamente nos hizo próximos. Con dos años de intervalo, 1943 y 1945, nacimos en la misma sala de la planta baja de la Clínica del Doctor Tamargo, sita entonces en Ríos 29, Matanzas.

Cuando yo llegué mis padres ya se habían trasladado a La Habana, dejando en el terruño matancero toda la familia incluyendo la de él. Pero en el caso de mi papá existía una trama de intereses familiares, profesionales y políticos que lo hacían ir cada 15 días a Matanzas. Recuerdo, desde que tengo uso de razón que entrando a la ciudad, la primera parada que hacíamos era en Milanés 85, domicilio de los Pérez Jorcano,» para ver a Demetrio». 

Existía un afecto fraternal fortísimo vigente en todo trance entre los dos primos, porque al papá de Demetrico, huérfano de madre contando menos de dos años de edad, mi abuela que era su tía lo incorporó a la prole propia de los Sánchez Pérez en la finca La Paloma, San Francisco de Paula.  Fue en aquella casona un hermano más, resultando ser a la postre él con Manuel quienes en la fratría de once optaron por dejar atrás el campo e ir a superarse en la ciudad, todo ello a costa de voluntariosos sacrificios. La continuidad de afecto y de lazos íntimos entre nuestros dos padres condicionaron después los míos con Demetrico, a pesar de los 100 kilómetros existentes de por medio entre La Habana y Matanzas.

A partir de la irrupción del castrismo en la realidad cubana el ritmo de nuestros desarrollos respectivos como adolescentes se interrumpió para siempre. Hacia fines de 1961 estábamos haciendo gestiones para expatriarnos. Nuestros mayores, los ya mencionados Manuel y Demetrio que años antes habían creado la revista Cultura y una oficina gestora en La Habana con sucursal en Matanzas, comprendieron rápidamente la inviabilidad del futuro tal cual hasta entonces lo habían imaginado. 

Para comenzar se plantearon «salvar» a los hijos enviándolos al exterior. Es conocida la idea que reinaba en la isla, «los americanos no permitirán un gobierno comunista en este país», que seguramente suputaron. A continuación, y por circunstancias de la vida, Demetrico pudo partir y yo no. 

Durante los meses anteriores a la fecha de la salida de él, 3 de junio de 1962, nos estuvimos encontrando con frecuencia alrededor de eso, de nuestras salidas y de proyectos a venir: indistintamente él venía a La Habana o yo iba a Matanzas. Nos despedimos en el aeropuerto con un «hasta pronto» que no se materializó sino 21 años más tarde cuando tuvo la gentileza de venir a París en 1983 para saludarme meses después de mi tardía emigración, siendo Vicealcalde en la Ciudad de Miami.

Mi establecimiento definitivo en Francia reprodujo la separación física entre nosotros, transformándola en 7500 kilómetros y 10 horas de vuelo. Esa realidad era mitigada por contactos postales y telefónicos regulares -el internet vendría después- a los que se sumaban mis visitas a Miami cada dos o tres años, a partir de 1984. Jamás dejamos de intercambiar acerca de cuestiones de todo género, con un hilo conductor permanente que nos vinculaba, es decir un pasado común, las vivencias de ambos y las de nuestros padres. 

Mi colaboración en LIBRE comenzada en 1986 a petición de su papá, fue un elemento complementario de esa interacción fraternal.  La caballerosidad, la disponibilidad y la generosidad de Demetrico para conmigo y mi familia fueron ininterrumpidas y sin falla, pese a la implicación profesional y comunitaria que absorbía todo su tiempo. 

En otros aspectos relacionados, respecto a su ejecutoria local, por ejemplo, otros podrán glosar aportando elementos de los que carezco.  Sería impropio de mi parte emitir criterios acerca de cuestiones que objetivamente me son ajenas.

El golpe brutal que recibí al ser impuesto en enero por Demetrio José de la aparición de la enfermedad fatal que se le había presentado a su papá, lo amortigüé en parte gracias al apoyo de mi esposa Flora y de nuestra hija Romy que lo han compartido conmigo. Fecunda fue la vida de mi querido primo, en cuanto al amor que prodigó a sus próximos; a la pasión por educar heredada de sus padres; a la omnipresencia de Cuba en su espíritu; y a la adopción de Estados Unidos como segunda patria. 

Oso afirmar que comprendió como pocos exiliados cubanos la sociedad americana a la cual tuvo que integrarse a partir de 1962. Los logros extraordinarios que materializó en Miami durante seis décadas de incansable labor dan fe de ello.

El rumor que nuestras creencias elevan en estos momentos en forma de oración por Demetrio al Creador corre paralelo a la calidad extraordinaria de las virtudes que le sobraron y que justifican la admiración y el afecto que siempre tuve para con él. 

Te fuiste demasiado pronto. Descansa en paz junto a Demetrio y a Maruca; y qué la tierra te sea leve.

¡Hasta siempre, Demetrico!

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