Por Luis de la Paz
Los constantes anuncios de posibles cambios en Cuba impulsados por el gobierno de Donald Trump han llenado de entusiasmo a gran parte de los cubanos, tanto dentro de la Isla, como en el exilio.
No se trata de evaluar el método, con el que se puede estar más en desacuerdo que de acuerdo, sino de la necesidad urgente de una sacudida interna que le devuelva al cubano las esperanzas.
Durante décadas el régimen cubano se ha negado a cualquier tipo de transformación política, económica y social. Se ha opuesto reiteradamente a las numerosas iniciativas de diálogo para la convivencia nacional que ha propuesto la sociedad civil dentro de la Isla, y desde el exilio, donde algunos grupos e individuos han apostado por el diálogo como vía para las transformaciones que el país necesita y pide a gritos.
La respuesta desde la cúpula del poder en Cuba ha sido siempre la misma, y sigue siéndolo: no a ningún proceso de negociación que conduzca a libertades fundamentales. La frase “la revolución es intocable”, hay que percibirla con claridad y con crudeza: es la esclavitud institucionalizada.
Los cubanos han dado pasos desde el mismo 1959 cuando Fidel Castro prometió elecciones libres y democracia, embaucando a todo el país y al mundo. En esa lucha por lograr cambios que repercutan en una mejor vida el país lleva 67 años y el gobernante actual, Miguel Díaz-Canel insiste una y otra vez en que no habrá cambio político y los que propone de tipo económico, serán siempre bajo la tutela y control del estado.
El cubano intentó la vía democrática y también la lucha armada. Por la fuerza: movimientos clandestinos, las conspiraciones contra la dictadura, la lucha en el Escambray, la triste invasión de Bahía de Cochinos, los grupos de infiltración. Todo lo violento no logró resultados transformadores. Otros pretendieron la vía civil: el Proyecto Varela de Osvaldo Payá Sardiñas, se apoyó en artículos asentados en la constitución castrista para pedir cambios, y la respuesta fue inmediata, la “legislatura cubana”, modificó el lenguaje con carácter retroactivo para sellar la fisura. Desde el destierro se dieron otros pasos: Jorge Más Canosa emplazó en un debate televisado a Ricardo Alarcón, todo quedó en palabras. Con cierta ingenuidad Eloy Gutiérrez Menoyo propuso acercamientos, incluso llevándolo a vivir a Cuba, y nada pasó. Carlos Alberto Montaner, sabio y brillante, también lanzó propuestas, aun sabiendo que nada pasaría, pero era necesario escuchar la negativa desde La Habana.
Otros grupos también comenzaron sus intentos con el propósito de lograr cambios para encaminar a Cuba hacia un marco de libertad, democracia y convivencia, pero todos terminaron en nada, el régimen se negó o hizo oídos sordos y siguió ganando tiempo.
El pueblo de Cuba lleva décadas expresando su descontento por la vida cada vez más paupérrima que enfrentan y la respuesta del gobierno ha sido (es) el silencio, y cuando abre la boca es para culpar una y otra vez al embargo norteamericano y a los que piden transformaciones desde dentro del país, como agentes al servicio de Estados Unidos.
Pero hasta los gestos de distintos presidentes norteamericanos han fracasado: Jimmy Carter abrió una oficina de intereses buscando un acercamiento con el régimen. No hubo resultados tangibles, Fidel Castro respondió con el Éxodo del Mariel en 1980. Bill Clinton aflojó las restricciones comerciales y permitió “por una sola vez”, la venta directa de productos alimenticios a Cuba. Desde entonces ese comercio no se ha detenido, solo requiere el pago en efectivo.
Barack Obama, al llegar a la Casa Blanca dijo en varias ocasiones que “las políticas de aislamiento impuestas por su país hacia Cuba durante más de 50 años no habían funcionado y necesitaban un cambio radical”. Obama hizo ese cambio radical, estableció relaciones diplomáticas, permitió libremente los viajes turísticos a la Isla, incluso el propio Obama visitó Cuba. Desde la administración Obama al presente han transcurrido 17 años. De los 50 años que mencionaba, hay que sumar 17 más. El castrismo lleva 67 años destruyendo la nación cubana, desoyendo todo reclamo y ganando tiempo.
Tras Obama, llegó Donald Trump. Terminó su mandato, lo sustituyó Joe Biden, regresó Trump. En medio de todo, hay años, años de vida, también de muerte en el Estrecho de la Florida, en la Selva del Darién, a lo largo de Centroamérica, México, hay millones… sí se cuenta en millones, los cubanos que han partido de su país. Solo en los últimos 5 años se estima que 1,5 millones han dejado Cuba.
Toda esa emigración de cubanos, incluso los afines al régimen que han asistido a las reuniones Cuba y la inmigración, que en algunas ocasiones ha convocado el propio régimen, han pedido cambios efectivos y la respuesta es “vamos a analizar”, es decir, una y otra vez: “seguiremos ganando tiempo”, incluso pidiéndoles a sus acólitos desde fuera de Cuba que continúen enviando remesas y respaldando a la Revolución desde el exterior.
Los que denuncian a la tiranía castrista, pero entienden el diálogo pacífico como un método posible, han estado pidiendo espacios de libertad al gobierno, primero de Raúl Castro, que asumió el control del país tras la muerte de su hermano, el dictador Fidel, y la respuesta fue recrudecer la represión, que es la prolongación metódica de la tiranía. Cuando aparece en la escena el actual mandamás, Miguel Díaz-Canel, reafirma que su gobierno es de continuidad, por lo que cualquier gestión de mejoría social, quedó sentenciada.
Luego el pueblo harto del inmovilismo oficial sale a las calles el 11 de julio del 2021 pidiendo libertad y cambios, recibió una brutal represión, asesinatos, encarcelamiento de cientos y miles de pacíficos manifestantes, condenas largas bajo el acápite de “sentencias ejemplarizantes”. El gesto espontáneo del pueblo cubano, recibió además de la brutalidad policiaca y de los paramilitares, la frase del gobernante Díaz-Canel: “la orden de combate ya está dada”, llamando a una guerra civil.
Ese 11J marcó el punto final del régimen. Ellos saben que a los ciudadanos los controla con sangre, fuego, cárcel y separación familiar, y eso hacen. Hay miles presos aun por razones políticas, justo por salir a protestar pidiendo cambios. Pero no contaron con el regreso de Donald Trump, que se ha propuesto lograr una transformación en Cuba, y ha exigido la desaparición del régimen actual para lograr los cambios políticos, económicos y sociales que el pueblo cubano pide desde hace décadas.
En Cuba hay una frase muy popular que aludía al poder de Fidel Castro y su régimen: se juega con la cadena, pero no con el mono. Las cosas han dado un vuelco radical en el último año y el mono lo es ahora Donald Trump, el gobierno norteamericano que se ha propuesto lograr por vía de la negociación o la fuerza, el cambio que pide el cubano de la isla y el exilio.
La dictadura cubana ha sido durante décadas protagonista de intervencionismo internacional, con el sello de “internacionalismo proletario”, como ellos le llaman, para esconder la esencia de su penetración en el mundo, y así lograr lo que el Che Guevara expresó: “Crear dos, tres, muchos Vietnam”. Para ello envió tropas cubanas a distintas partes del mundo. La intervención en Angola y Etiopía fueron las más notables, con miles de mercenarios cubanos. La exportación de la “revolución” por toda América Latina, socavando el orden en muchas partes del planeta, incluso en Argelia y Siria. La historia del mercenarismo castrista es larga y documentada por historiadores: En el mismo 1959 ya comenzó la expansión del castrismo, primero en Panamá para provocar una revolución, luego, el mismo año, en República Dominicana para derrocar a Trujillo.
En 1963, Fidel Castro entrena y envía armamentos a los guerrilleros para desestabilizar al gobierno de Rómulo Betancourt en Venezuela. También interviene con más de 700 soldados en la llamada Guerra de las Arenas, en Argelia, para respaldar a Ben Bella. En 1964 combatientes cubanos llegan al Congo. En el 66 el Che a Bolivia. En 1970 entra en Chile usando y manejando a su antojo al gobierno socialista de Salvador Allende. En otros momentos en Nicaragua y Granada. Muchos movimientos armados de América Latina recibieron entrenamiento, armas y financiación desde La Habana, durante la expansión cubana del comunismo por el hemisferio, algo que no ha cesado, pero al disponer de menos recursos se ha visto limitado. Cuba bajo el castrismo siempre ha sido una amenaza a la seguridad y equilibrio continental, incluido para los Estados Unidos, que ahora quiere tomar medidas sobre algo tangible y que sabe desde hace décadas.
Parece que ha llegado el momento en que los Estados Unidos extienda su mano solidaria para arrancar de una vez al gobierno tiránico que ha destruido a un país, a su gente, su modo de vida, su dignidad. Y esa mano la está aceptando y hasta pidiendo el cubano de dentro y fuera. Las encuestas recientes demuestran lo importante que es para el futuro de Cuba lo que pueda hacer la administración Trump, porque el cubano sabe, (tristemente, pues deberían ser ellos mismos), que solo el poder norteamericano podrá derrocar a la tiranía comunista de la Isla. Como la esencia del comunismo es la violencia, solo violentamente se podrá lograr la transición necesaria.
Todavía muchas cosas pueden ocurrir. Donald Trump es impredecible, pero la libertad de Cuba se siente cerca, como se vio aquel 20 de mayo de 1902 cuando se proclamó la República de Cuba, precisamente también con la ayuda del vecino del norte. Cuba necesita con urgencia un renacer, una nueva fecha patria, otro 20 de mayo, con dignidad y respeto para un país que lo ha perdido prácticamente todo. A partir de ese anhelado cambio, esperar y trabajar por un nuevo comienzo, y sobre todo, un nuevo futuro.








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