¡DEBEMOS ACOGER A LAS VÍCTIMAS DEL COMUNISMO!

Written by Adalberto Sardiñas

5 de octubre de 2022

Existe una diferencia, nada menor, entre la inmigración que abandona sus fronteras en busca de ganancias económicas, mejor casa, mejor trabajo, mejor vida, y entre la que escapa de su tierra por la persecución, el acoso, el maltrato, y la carencia de libertad individual, elemento tan entrañable y esencial a la condición humana.

  Ésa es, básicamente, la diferencia entre la masa migratoria que engrosa la multitud a las puertas de nuestra frontera sur. 

Mientras que la mayoría, procedente de Centro América y de Haití, por ejemplo, integra caravanas con miras eminentemente materialistas, como, digamos, mejor calidad de vida se destaca entre ella, la excepción de cubanos, nicaragüenses y venezolanos, que vienen buscando libertad y todos los atributos que le acompañan a este hermoso concepto. Escapan de regímenes totalitarios y brutales donde se le atribuye poco valor, o quizás ninguno, a la vida humana. Los que de estas ergástulas colectivas escapan, no tienen regreso, so pena de un severo castigo expresado y ejecutado por diferentes métodos. Los otros, los que vienen por motivos económicos, pueden retornar sin peligro de perjuicio a su integridad física, sino solamente, aunque no deja de ser triste, al sombrío enfrentamiento con la miseria endémica de la que huyeron. 

  Ésa es, en grado mayúsculo, la diferencia: De un lado los principios, la libertad, y la preservación de la vida. Del otro la aspiración a una existencia mejor y más cómoda, cosa comprensible, pero sin vinculación con temas ideológicos o políticos. ¿Debe dársele el mismo trato y solución a ambos grupos? No lo creo. Uno es de origen social y humanitario, y el otro político.  Requieren soluciones de acuerdo con las leyes de inmigración existentes. Los que solicitan asilo político tienen que demostrar ciertas condiciones convincentes de persecución política. Los nicaragüenses, cubanos y venezolanos, obviamente, entran de lleno en esa categoría.

  Pero ¿qué pasa con el resto?  ¿Cuál es la base para la petición de asilo? ¿Penurias, miseria, desencanto, temor al crimen pandilleril o el ansia de un mejor vivir? Todas son razones meritorias, y tal vez exista un espacio en las regulaciones de inmigración para sus casos. Sin embargo, por sus propios méritos, pasan, en mi opinión, a un segundo nivel en la escala de las prioridades.

  Dicho lo anterior, no pretendo negar derechos, sino enfatizar diferencias entre situaciones similares, pero con profundas variantes en el origen y motivo de su creación. He creído, desde siempre, que los perseguidos políticos, deben tener precedencia, en el capítulo de protección, sobre los casos de bienestar social o compasión humana, sin desestimar, en modo alguno, la tragedia de éstos. No creo estar descaminado en mi interpretación de que cada argumento debe ser tratado en su escala correspondiente, siempre basado en la equidad.

  Hasta unos años atrás, los cubanos se beneficiaban de la política “pies secos, pies mojados” implementada por el presidente Clinton que permitía a los que llegaban a nuestras costas, en busca de asilo, permanecer en el país como refugiados políticos. Esta práctica generosa fue suspendida por el entonces presidente Obama, en 2017.

  Fue un experimento inteligente que permitió a la nación americana servir de santuario a las víctimas del comunismo, mientras se beneficiaba, a sí misma, del potencial humano de los que venían buscando amparo de la persecución comunista. A través de varias décadas, con gobiernos demócratas y republicanos, entonces existía el bipartidismo, Estados Unidos mantenía abierta sus puertas para los perseguidos por sus convicciones políticas. El resultado de esa práctica, en provecho de ambos, los refugiados y la nación, se manifiesta en el progreso y avance que ha disfrutado el estado de la Florida, y en especial, la ciudad de Miami, en los últimos 40 años.

 Siguiendo este ejemplo, Estados Unidos, por razones prácticas, debería establecer un medio fácil y legal para facilitar la entrada al país de esos cientos de miles de perseguidos por regímenes comunistas. La nación americana necesita la labor. Manos de obra para aumentar su producción y fortalecer la economía. El probable talento, en cualquier sector, que pudieran proveer los exiliados, sería bienvenido. Europa bajo la Unión Soviética, y el nazismo, y Cuba, en nuestro hemisferio, nos produjeron éxodos recíprocamente beneficiosos, extraordinarios, de millones de seres humanos huyendo de la opresión política, en su búsqueda de libertad. En el trayecto, América es hoy más rica en muchos sentidos.

  Es innegable que nuestro sistema de inmigración es inoperante. Está fraccionado con pocas probabilidades de una restructuración viable a corto o mediano plazo. No existe, en nuestros dos grandes partidos, el apetito político para confrontar el reto. 

  Todo esto es cierto. Pero también lo es, sin sombra de duda, el histórico hecho de que esta nación, en cada momento de su historia, ha extendido su mano generosa a los perseguidos por sus convicciones políticas e ideológicas.

  No importa el desbarajuste caótico que prevalezca en el departamento de inmigración. En su momento, los aspirantes a asilo tendrán su día en corte, y aquellos provenientes de países pobres, como Honduras, El Salvador, o Guatemala, tendrán que probar por qué son elegibles para el asilo político. No es tarea fácil, porque los requerimientos son rígidos y específicos. 

  Empero, ante las presentes circunstancias, creo que, en el más elevado interés humano, sin desdoro de otros, por el beneficio y el prestigio de esta nación, y de las víctimas de la tiránica ideología comunista, la gran nación americana, debería, una vez más, abrir los brazos para albergar a los que lo han arriesgado todo, incluso la vida, para llegar a la tierra de la libertad.

BALCÓN AL MUNDO

Toda Cuba está a oscuras. En realidad, lo ha estado, metafóricamente, por 64 años. Pero ahora es en sentido literal. El huracán Ian ha sido el último clavo en el ataúd de la economía cubana, basada en un sistema disfuncional, inoperante y totalmente fallido. De lo que fue estrella fulgurante y ejemplo de progreso social y económico en las Antillas Mayores, y más allá de ellas, por extenso margen, ya no queda ni sombras. Su situación, para pena y tristeza, de los que allí nacimos, es comparable a la de Haití.

La furia de la Naturaleza ha asestado un duro golpe a un país en ruina. Las esperanzas de recuperación inmediata son nulas, dadas las condiciones de un gobierno inepto, corrupto, sin autoridad moral, preocupado sólo por su perpetuidad en el poder, mediante los más espurios métodos de represión.

La noche cubana se está haciendo demasiado larga, mientras espera por el amanecer.

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  David Malpass, presidente del Banco Mundial, está en problemas, desde que dijo, respondiendo a una pregunta sobre el cacareado tema del cambio climático, que él “no era científico”, y, por lo tanto, no podía dar una opinión autorizada sobre el tema. 

A partir de esa simple aserción, Al Gore y John Kerry, dos iluminados profetas, pronosticadores eternos del holocausto universal, han comenzado un desbordado ataque contra Malpass, pidiendo su renuncia porque éste, no ha hecho suficiente para combatir el cambio climático.

Sin embargo, el Banco Mundial, bajo Malpass, ha soltado $31.7 billones en lo que va del año 2022, para iniciativas contra el cambio climático. 

Dos problemas agravan la posición de Malpass (1) que ha ocupado puestos importantísimos en la economía mundial, por su gran talento, nombrado por Reagan y Trump y (2) que ambos Gore y Kerry están empeñados en eliminar la industria de petróleo y gas, y que, aquel, la considera esencial en estos momentos.

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Las lagunas mentales del presidente Biden, ahora más frecuentes, se han convertido en océanos, hasta ponerlo al borde del ridículo. Es penosamente lamentable. El presidente está ciertamente perdiendo sus marbles, aceleradamente.

  Durante un acto celebrado la semana pasada en la Casa Blanca, sobre el tema del hambre, la alimentación y la salud, empezó a llamar con insistencia, la presencia de la ex representante Jackie Walorski, republicana de Indiana, quien había trabajado en el proyecto. El presidente, preguntaba con cierta confusión, “¿dónde está Jackie? Se supone que esté aquí. ¿Dónde está?”

  Infortunadamente, la representante, de 58 años, no podía estar presente. Había muerto en un accidente automovilístico con dos de sus ayudantes, el pasado mes de agosto. 

  Así están las cosas en la Casa Blanca. Echando a un lado el asquerosito mundillo político, desde el punto de vista humano, siento una sincera compasión por Joe Biden, y espero que pueda terminar su mandato, por el bien del país, sin graves complicaciones.                                  

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