La tiranía no solo truncó mis planes para el futuro, sino también los que mi padre había concebido para mí.
Desde que nací, él tenía trazado mi destino. Quizás fue una broma cuando, al verme por primera vez, les dijo a sus amigos Joseíto el Colorado y el concejal Eugenio Domínguez: “Mírenlo, va a ser zurdo y primera base del Almendares”.
Su mayor deseo era que estudiara mucho. Prácticamente desde el día de mi nacimiento —quizás incluso antes— había escogido los tres centros educativos a los que asistiría: la primaria en el Colegio Americano KPBM, la secundaria en el Instituto de Güines y, finalmente, la Universidad de La Habana.
No permitió que cursara séptimo y octavo grados. Decidió que, al terminar sexto, hiciera la preparatoria con la doctora Olga Palenzuela, en el Residencial Mayabeque, para ingresar cuanto antes en el Instituto.
Creo que, desde que yo estaba en el kinder, él ya hubiera querido matricularme en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.
Pero, por encima de todo, como era un verdadero experto en la materia, aspiraba a que yo, con su ayuda, llegara a ser un prominente político.
Constantemente me decía: “En cuanto cumplas la edad reglamentaria, te postulo primero para representante a la Cámara y después para senador”.
Cuando le decía: “Yo quisiera ser alcalde, como mi primo Jaime Quintero”, él se reía y me respondía: “Chico, ese sería un magnífico primer paso, pero yo quiero que seas primer ministro, como mi amigo Tony Varona”.
Yo era apenas un niñito cuando, lleno de orgullo, me planté frente a mi padre y le dije:
“Papá, yo sé que en estas elecciones de 1958 los candidatos son Andrés Rivero Agüero, Ramón Grau San Martín y Carlos Márquez Sterling”.
Se echó a reír y me corrigió:
“Muy bien, pero te faltó Alberto Salas Amaro”.
Y remató:
“Y no olvides que, en agosto de 1956, José Pardo Llada fundó fundó el Movimiento Nacionalista Revolucionario, conocido como ‘El Meneíto’”.
Ya ustedes saben —porque se los he repetido un millón de veces— que el 8 de enero de 1959, mientras observaba con enorme incomodidad el discurso del tirano en ciernes, mi padre exclamó:
“¡Estebita, se fastidió Cuba!”.
Sin embargo, estoy seguro de que, en el fondo, lo que realmente pensó fue:
“¡Coño, chico, se me jodieron los grandes planes que yo tenía para ti!”.







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