¿DE DÓNDE SON LOS CANTANTES?

Written by Libre Online

2 de junio de 2021

Por  GUILLERMO VILLARRONDA (†)

Esto que voy a relatar ocurrió hace mucho tiempo… La luna quebrada —una ceja de luz neón en la mitad del cielo— subía por la rabadilla de la ciudad. En las calles, sobre las paredes de las casas, junto a los balcones con rejas, la madrugada ponía la primera noticia del rocío. Sólo el canto de un gallo desvelado partía en dos la quietud.

De repente, surgieron dos hombres del fondo de la esquina. Pisoteándose la sombra, se acercaron a la casita de ventana humilde. Una guitarra comenzó a sonar en la humedad del aire. Con voz que amanecía en el amanecer. los recién llegados entonaron una melodía tierna, melosa, romántica.

En Santiago de Cuba —en toda la provincia de Oriente— era habitual ofrecer serenatas. La mejor forma de comunicar los sentimientos amorosos se hacía a través de las canciones. El que cantaba tenía una ventaja sobre los que no poseían esta facultad. Más aquel a quien Dios había negado el don del sinsonte, se conformaba con obtener los servicios pentagramáticos de un amigo que lo tuviera y así cumplía con el casi obligado requisito. En uno y otro caso, sin embargo, la serenata se imponía como una credencial.

Terminada una canción, en un bolero. Luego otra canción, otra finalmente. Hasta que se va con lo más depurado del repertorio.

La gentileza de un trovador es generalmente correspondida por la mujer a quien se dedica la composición. la que escuchaba la serenata, a través de las persianas discretamente entornadas y luego filtraba la frase mojada de cortesía: ¡Muchas gracias!. Entonces el cantante aprovechaba la oportunidad para entrar en conversación, si era el interesado. «Perdone lo mal que lo he hecho, señorita, pero, créame ha sido con voluntad». «¡Si lo hace usted muy bien!» rezongaba la muchacha.

Lo demás se producía según las circunstancias. Pero en la ocasión a que me refiero, los cantadores no recibieron respuesta alguna. En aquella morada estaban sordos. O muertos. O tenían un problema personal con los serenateros. Lo cierto es que nadie se dignó colar una palabra de dentro a fuera: La serenata fue un fracaso.

Se dispusieron a abandonar el lugar  cuando desde el interior de uno de los edificios la voz de una niña preguntó: «Mamá, ¿esos cantantes son de La Habana?» A lo que la aludida dio esta respuesta: “No. hijita. Son de aquí, de Santiago, de la loma”.

Lo anterior me lo contó Miguel el del famoso trío santiaguero.

Yo cantaba entonces con Alfonso del Río — siguió diciendo Miguel– de manera que una vez que él y yo nos separamos, después de la serenata, compuse lo que el pueblo llama «El Son de la Loma» que en realidad se titula: «Mamá, Son de la Loma».

“El Son es de Oriente” aclaró Matamoros. El son y nuestra música más genuina. El bolero, la canción, la guaracha, etc. Pero, entre Sindo, Corona y Manuelito «Dos Cabezas» se establecieron algunas pugnas. «Es de La Habana» —exclamaban unos. Y otros respondían: «De Oriente es». Era una polémica noble, amable, patriótica. Alrededor de ella fueron escritas decenas de bellas composiciones. Yo metí la cuchara en el asunto y, haciéndome el bobo, puse a funcionar «Mamá, yo soy de la loma».

“Pero yo dije eso sin mala fe, con pasión de oriental” apuntó Miguel. “Me alegro de esclarecer esto porque numerosas personas —incluso algunos compatriotas— no comprenden la finalidad de este “número”. “Jamás creí que una de mis modestas producciones significarían tanto. Es enaltecedor”.

 «EL QUE SIEMBRA SU MAÍZ»

“También tiene su historia”, relató Matamoros.  “El Mayor era un pastelero muy conocido en Santiago. Recorría la ciudad divulgando las excelencias del producto con el cual ganaba el sustento. Acostumbraba detenerse en las aceras y pregonar de este modo: “¡Huye! ¡Huye ¡Pasteleces!» Sólo con aquel «¡Huye!» los muchachos sabían que «El Mayor» andaba por el barrio”.

“Un día advertí que «El Mayor» había desaparecido. Pregunté por él. Nadie sabía dónde estaba, lo sentí. Por él y los pasteles compuse «El que siembra su maíz».

“Si «El Mayor» había tenido que esconderse por algo, era cuestión suya. Naturalmente, el sentido original no es ése sino que aquella persona que realiza  un gran esfuerzo, debe disfrutarlo”.

BARTOLOMÉ RODRÍGUEZ

“Han pasado tantos años, desde aquel día en que un Bartolomé Rodríguez me rogó que detuviera el automóvil y le adquiriera en un comercio llamado»La Dichosa» un artículo determinado”, contó.

“Yo era chofer de don Bartolomé … ya nos habíamos presentado en el teatro «Heredia»,  pero fuera de ese círculo de amigos «fiesteros» donde nos habíamos conocido y formado nuestra agrupación, para los cuales actuábamos por amoral arte, nadie sabía que existíamos. Cueto ganaba el sustento como empleado de la jefatura Local de Sanidad; Siro machacaba sobre el yunque en una herrería, y yo era un simple obrero del volante. Pero nuestro viaje a Norteamérica había tenido una honrosa finalidad: grabar una nutrida serie de discos”.

“Aquella tarde, cuando don Bartolomé me hizo entrar en «La Dichosa», mi sorpresa fue excepcional. Lo que don Bartolomé me había encargado era un disco titulado “Olvido”, por una cara, y «El que siembra su maíz», por la otra”.

“Entregué el disco a Don Bartolomé, dejé a éste en su residencia y me fui a mi casa. Al día siguiente, mi patrón me llamó y me preguntó: «Miguel, ¿este del Trío Matamoros es algo tuyo?» No, Don Bartolomé, no es nada mio,  ese Matamoros soy yo mismo. «Entonces —replicó él— no puedes seguir siendo mi chofer. He puesto un disco en el megáfono y creo que eres un magnífico cantante. ¿Cómo es posible que un hombre de tus cualidades guíe al carro?»

“Tuve que dedicarme exclusivamente al Trío. Don Bartolomé puso en mis manos dos mensualidades: «Así contribuyo aesta etapa triunfal de artistas que inicias para  gloria de  Cuba» —recalcó solemnemente. Y luego alcanzamos la popularidad que nunca imaginamos. Grabamos otros discos, y otros, tanto que llegamos a perder la cuenta. Viajamos por América, por Europa”.

“Nosotros los trovadores le cantamos a la vida desde la vida y desde la muerte le seguiremos cantando a la vida”, dijo una vez Miguel Matamoros.

Cuando falleció el 5 de abril de 1971, Matamoros había dejado más de doscientas obras famosas y grabadas. Algunas de ellas persisten en la difusión con la tradición e incluso han motivado a artistas contemporáneos para dejar nuevos registros de versiones. Miguel Matamoros es más, mucho más.      No es sólo “Son de la Loma” o “El que siembra su maíz”. Ahí están, como testimonio fiel de una época, sus más de cuatrocientas grabaciones.

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