Un enorme lienzo suspendido en el vestíbulo del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza da la bienvenida a «El universo freudiano de Dalí», una exposición dispuesta a desmontar al personaje comercial y adentrarse en las zonas más oscuras de su obra: allí donde el deseo, el miedo, las frustraciones y los traumas se convierten en imágenes.
Por Amalia González Manjavacas (EFE)
Antes incluso de entrar, el misterio de la exposición ya te observa desde las alturas. Se trata de un imponente telón de casi quince metros de largo que Dalí creó en Nueva York, en 1944, para el ballet Tristán loco. Sus dimensiones colosales habrían desbordado cualquier sala convencional, por lo que el museo ha aprovechado la espaciosa arquitectura de su vestíbulo para exhibir esta joya escenográfica.
En palabras del comisario Jaime Brihuega, funciona como una advertencia silenciosa o un monumental “teléfono de ayuda psicológica” antes de adentrarse en el laberinto que te espera dentro. De hecho, Brihuega bromea con una recomendación para el visitante: “no se olvide de pedir cita con el psiquiatra a la salida”.
Y no es para menos. A través de Freud, Dalí encontró una vía para explorar los rincones más incómodos de su propia conciencia y hacer visible todo aquello que la razón mantiene oculto. Para lograrlo, la muestra reúne 130 obras —con 17 impresionantes préstamos del Museo Dalí de San Petersburgo en Florida— apoyadas en una tesis muy clara para el comisario: “Freud nos enseñó el lenguaje oculto de los sueños, del subconsciente, y Dalí hizo visible ese lenguaje”.
Dalí no se entiende sin Freud. “Sin el conocimiento de Freud, Dalí sería otra persona y otro artista”, señala Brihuega. Leyendo sus ensayos, el artista catalán encontró el aval clínico e intelectual que necesitaba para desnudar sus propios miedos sexuales y traumas infantiles, atrapándolos en un sofisticado sistema de símbolos plásticos.
Tras una infancia y juventud cargada de complejos, obsesiones y sueños frustrados, Dalí encontró en los escritos de Freud un aval que le permitía transformar sus fantasías, traumas, complejos y deseos insatisfechos en expresiones artísticas. El psicoanálisis del neurólogo austriaco no fue una simple inspiración, sino su “patente de corso” gracias a la cual todo lo que llevaba dentro, y fuente de angustia, podía salir al exterior sin vergüenza y convertirse en material poético.
Lejos de la típica postal de genio excéntrico, este viaje propone un recorrido fluido por su mente a través de seis capítulos cronológicos que abarcan desde sus complejos inicios en Figueres y su etapa con las vanguardias hasta el desarrollo de su método paranoico-crítico y su posterior salto a la cultura de masas y el cine.
El director artístico del museo, Guillermo Solana, defiende la trascendencia de esta propuesta: “este viaje es necesario para sacudirse los prejuicios históricos sobre su figura y comprender en su totalidad” al que define como ‘el más prodigioso inventor del arte del siglo XX’.
El polvorín de Figueres
El viaje arranca en el asfixiante mapa afectivo de la juventud de Dalí. Huérfano de madre a los 16 años y condicionado por un padre autoritario que se casó de inmediato con su tía, el pintor cargaba además con el fantasma de heredar el nombre de su hermano mayor, fallecido antes de que él naciera.
Las cartelas y poemas explícitos expuestos en este tramo (como L’amour et la mémoire) revelan que la complicidad con su hermana rozaba tintes incestuosos, algo latente en el célebre Retrato de Ana María. Este magma neurótico convive con los paisajes geológicos de Cadaqués en óleos como Acantilados, demostrando cómo el relieve del cabo de Creus dio soporte físico a sus primeras obsesiones.
El laboratorio madrileño,
Lorca y Cajal
Dalí aterriza en Madrid, devora ‘La interpretación de los sueños’ y empieza a coquetear con las vanguardias. Coincidiendo con el centenario de sus andanzas con Federico García Lorca y Luis Buñuel, este capítulo propone un fascinante cruce entre ciencia y arte: los dibujos de Lorca y los proyectos con Buñuel dialogan con los diagramas científicos de redes neuronales de Ramón y Cajal.
En este ambiente de experimentación se cuela una conexión académica inesperada: la de Julio Romero de Torres, quien fue profesor de Dalí en la Academia de San Fernando. Aunque estéticamente parecen polos opuestos, el comisario rastrea cómo el simbolismo del cordobés dejó una huella iconográfica latente en el catalán. Compartían una extraña fascinación por las cabezas cortadas, los dedos alargados, los cipreses y las miradas de éxtasis místico, elementos presentes en ‘La saeta de Romero de Torres’ y que acabarían alimentando el imaginario de películas como ‘Un perro andaluz’ o lienzos llenos de temores sexuales como ‘Los esfuerzos estériles’ (Cenicitas).
París y el big bang de Gala
Dalí llega al París de André Breton, fundador y principal impulsor del surrealismo, una etapa decisiva que coincide con la llegada de Gala a su vida. Es ahora cuando desarrolla algunas de sus obras maestras.
Aunque el MoMA no ha cedido los famosos relojes blandos, el recorrido lo compensa reuniendo piezas fundamentales del inconsciente daliniano como ‘El hombre invisible’ (cedido por el Reina Sofía), ‘Los placeres iluminados’ y ‘Guillermo Tell’ . Los lienzos muestran una técnica miniaturista hiperprecisa que ponía en imágenes nítidas lo que el psicoanálisis intentaba verbalizar.
El juego de los espejos
Llegamos al núcleo duro de la teoría daliniana. El pintor deja de ser un mero ilustrador de sueños ajenos para crear su propio mecanismo: eso que denominó ‘método paranoico-crítico’ y que consistía en usar la paranoia como un estado de gracia racional para generar imágenes dobles y superponer lecturas a una misma forma.
A través de una treintena de piezas como ‘El destete del mueble-alimento’ o ‘El gran paranoico’, el montaje enseña al espectador a decodificar estas calculadas ilusiones ópticas, donde un grupo de figuras sentadas o un paisaje rocoso configuran otras, por ejemplo, un busto humano, demostrando que el cerebro ve lo que “el trauma” le dicta.
El veredicto de Freud y la conquista de las masas
Este capítulo aborda el clímax de la muestra: la histórica reunión con Freud en Londres en 1938. Freud, que consideraba a los surrealistas poco más que unos ‘chiflados’, recibió a un Dalí hiperactivo que intentaba impresionarle explicándole sus teorías científicas.
En este tramo destaca el descarnado ‘Dibujo de Sigmund Freud’ que el artista trazó tras la cita y el lienzo ‘Enigma sin fin’.
Poco después, las cosas se tuercen: Dalí es expulsado del grupo surrealista francés y se exilia a EE. UU. donde aprovechó para saltar a la cultura pop de masas con su provocador pabellón Sueño de Venus para la Feria Mundial de Nueva York, inyectando surrealismo en vena al gran público.
La huella
imborrable de Freud
En su etapa final, Dalí abrazó su llamada fase “místico-nuclear”, proclamando a los cuatro vientos que su interés por el psicoanálisis había muerto frente a sus nuevas obsesiones como la bomba atómica, la ciencia clásica y la religión…. Este capítulo demuestra que aquello era solo pura fachada. El sustrato freudiano jamás le abandonó y siguió gobernando sus obras.
Las formas blandas y las distorsiones hermafroditas siguen presentes en obras, como ‘Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar’ o La Madonna de Portlligat, manteniendo las mismas raíces psicológicas que sus obras de juventud.
Como colofón, Dalí en la gran
pantalla
Para cohesionar todo el trayecto, la exposición se apoya en un potente diálogo con el cine. Además de proyectarse fragmentos de sus inicios con Buñuel, se dedica un espacio a la mítica secuencia onírica que Dalí diseñó para Alfred Hitchcock en ‘Recuerda’, (1945), la colaboración más icónica entre el cine y el arte.
Hitchcock no quería las típicas nieblas de Hollywood para rodar un sueño; buscaba la luz cortante y los paisajes limpios de Dalí para plasmar la mente de un amnésico. Sin embargo, el verdadero drama ocurrió detrás de las cámaras.
La idea original de Dalí era tan compleja y perturbadora —con pianos suspendidos e Ingrid Bergman cubierta de hormigas— que el productor de la película se asustó y recortó la escena drásticamente, reduciendo veinte minutos de metraje a poco más de tres. Este apartado final permite profundizar en el genio de ambos visionarios y descubrir los detalles de esas escenas perdidas que nunca llegaron a los cines.






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