Una reflexión por el Rev. Martín Añorga escrita en octubre de 2020.
Después de una larga travesía de diez meses, nos acercamos a los días finales de este complicado año. La pandemia, que nos ha golpeado con inusitada agresividad, nos ha obligado a modificar muchas de nuestras arraigadas costumbres. Adaptarnos a los cambios inesperados y a los infortunios que nos acechan no ha sido, ni sigue siendo, una tarea fácil.
Nos contaba una preocupada señora cuánto le había dolido cancelar dos celebraciones que sus hijos adoraban: Halloween y Navidad. Otra lamentaba haber tenido que suspender, junto a su esposo, un viaje de vacaciones a Europa. Ciertamente, debemos aceptar los cambios impuestos por las circunstancias y buscar alternativas que nos permitan seguir adelante.
Estamos inmersos en el proceso de las elecciones. Faltan apenas cinco días para esta trascendental cita. Todavía queda por acudir a las urnas una multitud de votantes que ha preferido ejercer personalmente su derecho al sufragio. La espera de los resultados siempre genera inquietud y, en ocasiones, desesperación. No todos quedarán satisfechos, pero confiamos en que prevalezcan el civismo y el respeto pacífico a la voluntad popular.
Noviembre nos trae la bendición del Día de Acción de Gracias. Quizás el jueves 26 todavía nos parezca lejano, pero el tiempo nunca detiene su marcha. Desde ahora debemos pensar en esta celebración familiar y en las precauciones necesarias para evitar los temidos contagios sobre los que tanto nos advierten las autoridades sanitarias.
Nos cuesta imaginar un Día de Acción de Gracias en soledad, sin la mesa festiva y con la dolorosa ausencia de nuestros seres queridos. Sin embargo, los tiempos han cambiado y debemos aceptar, aunque nos duela, las limitaciones que nos imponen las circunstancias.
Extraño profundamente la realización de tantas actividades tradicionales que siempre hemos disfrutado. Entre ellas, recuerdo la celebración del aniversario del municipio de Sagua la Grande. Nuestro viejo amigo Carlos Álvarez del Castillo me escribió una emotiva carta en la que expresa su nostalgia por este entrañable encuentro.
Pero una de las cancelaciones que más me ha afectado personalmente es la del Día del Matancero Ausente, celebración organizada durante décadas por Demetrio Pérez, Jr., y que ha sido pospuesta indefinidamente.
Matanzas es mi ciudad natal, donde cursé mis estudios pastorales y viví algunos de los momentos más felices de mi adolescencia. Confieso que me invade una profunda tristeza cuando recuerdo nuestra última celebración del Día del Matancero Ausente. Al escribir estas palabras, no puedo contener las lágrimas que asoman a mis ojos.
Sería interminable enumerar todas las actividades suspendidas, pero vale la pena recordar los encuentros que numerosos municipios cubanos celebran tradicionalmente en Miami durante el entrañable mes de diciembre.
Tuve el privilegio de participar en grandes reuniones de los naturales de Caibarién, Santiago de Cuba y Placetas, la querida villa donde inicié mi ministerio pastoral y de la cual fui declarado Hijo Adoptivo gracias a las gestiones de dos estimados amigos: Lato Valdés y el Dr. Manuel Alzugaray.
Este último, médico de reconocido prestigio internacional por su labor humanitaria en numerosos países, ha sido también un destacado defensor de la causa de la libertad de Cuba desde el exilio.
Todas estas celebraciones se han visto interrumpidas por una pandemia que nos mantiene sometidos a prolongadas restricciones. Sin embargo, hay algo que ninguna adversidad ha conseguido disminuir: nuestro amor por la patria distante, a la que soñamos libre, próspera y feliz.
Otra privación que me conmueve especialmente en esta época de recuerdos y compromisos ineludibles con Cuba es la suspensión de las tradicionales celebraciones patrióticas.
La Junta Patriótica Cubana, Alpha 66, los Municipios de Cuba en el Exilio, la Brigada 2506 y muchas otras organizaciones se han visto obligadas a posponer sus encuentros debido a las restricciones sanitarias que limitan la asistencia a iglesias, salones sociales y auditorios públicos.
He tenido el privilegio de dirigir las oraciones de invocación y pronunciar palabras alusivas en numerosas actividades de estas instituciones, cuyos integrantes han dedicado, y continúan dedicando, sus esfuerzos al noble propósito de recuperar una Cuba libre, democrática, próspera y feliz.
Han transcurrido más de seis décadas desde el inicio de la dictadura, pero nuevas generaciones de cubanos mantienen viva la llama del patriotismo. Organizan desfiles, conmemoran fechas históricas y honran nuestra bandera con una devoción y una conducta verdaderamente admirables.
Hoy nos encontramos ante circunstancias excepcionales que nos obligan a modificar nuestras costumbres y enfrentar desafíos inesperados. Sin embargo, estos cambios son pasajeros, mientras que nuestros sentimientos patrióticos permanecen inalterables.
Cuba sigue vibrando en nuestros corazones, jamás olvidada, siempre venerada en nuestros recuerdos y eternamente presente en nuestras esperanzas.
Nos aguarda la llegada del invierno, el próximo 21 de diciembre, preludio del cierre de este año tan difícil. Nos acercaremos al jueves 31 de diciembre sin los tradicionales bailes públicos, las fiestas en salones adornados con serpentinas ni los acostumbrados encuentros fraternales con familiares y amigos.
Pero nuestro entusiasmo no se apaga.
Confiamos en Dios y esperamos que, al comenzar el próximo año, podamos dejar atrás la amenaza de esta epidemia que tanto sufrimiento ha causado. Anhelamos recuperar nuestras costumbres, reencontrarnos con nuestros seres queridos y devolver las sonrisas a nuestros labios y la alegría a nuestros corazones.
Considero apropiado concluir estas reflexiones dedicando un momento especial a Dios.
Recordemos con devoción a nuestros familiares, amigos y compatriotas. Pensemos especialmente en los ancianos que permanecen recluidos en hogares de cuidado, privados de muchas de las alegrías y libertades que nosotros todavía disfrutamos.
Acerquémonos, aunque sea espiritualmente, a nuestros hermanos que en Cuba padecen bajo la sombra de una dictadura que les niega las libertades fundamentales.
No olvidemos en nuestras oraciones a los presos políticos, cuya libertad ha sido injustamente arrebatada. Brindemos también nuestro respaldo a los valientes que, en medio de la hostilidad, la represión y la persecución, mantienen firme su compromiso con la dignidad humana, el decoro y la libertad.
No desperdiciemos los días que nos quedan de este año sin elevar una oración de gratitud a Dios por sus bendiciones.
Aferrémonos a la fe y a la esperanza de un mañana victorioso, feliz y luminoso, en el que podamos disfrutar de la paz, la libertad y las bendiciones que tanto anhelamos para nuestras familias y para nuestra querida Cuba.







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