Cuba, Inglaterra y la Democracia

Written by Libre Online

6 de febrero de 2024

LIBRE quiere honrar a la causa de las democracias, que es nuestra causa dedicada a la nación inglesa que tan valientemente  defendió su propia libertad, y con ello la dignidad humana, cuando Europa estaba en guerra. Este gesto aspira a dejar constancia de los sentimientos del pueblo democrático  de Cuba hacia Gran Bretaña.

A continuación publicamos el artículo escrito por Miguel Coyula, en 1941.

Pocos países pueden sentirse tan naturalmente inclinados hacia Inglaterra, en las horas que transcurren, como Cuba. Basta repasar un poco nuestra historia, para comprender que los grandes empeños políticos y guerreros del pueblo cubano—casi durante un siglo— han tenido a la democracia por energía inspiradora y suprema finalidad.

Fracasados los intentos revolucionarios de 1850 y 1851 —que costaron la vida al inolvidable general Narciso López—en varias ocasiones pretendió la sociedad cubana independizarse políticamente de España. Pero sólo dos movimientos alcanzaron fuerza e importancia efectivas: el de 1868, que terminó a los diez años, al firmarse la dolorosa Paz del Zanjón, y el de 1895, que tuvo por consecuencia la guerra hispanoamericana y al que sirvió de victorioso epílogo el cese de la soberanía española.

En los últimos veinte años anteriores a la firma del histórico Tratado de París, dos corrientes de opinión organizadas existían entre nosotros: el autonomismo, timoneado por un grupo de hombres notables, y el separatismo, dispuesto a nuevas luchas, con el concurso de los jefes más gloriosos de la epopeya iniciada en Yara.

El autonomismo bregaba por reformas y libertades para Cuba. Después de aquellos diez años de titánicos esfuerzos—que enrojecieron con sangre de héroes nuestras campiñas—los paladines de la autonomía desconfiaban del triunfo de una nueva cruzada guerrera, y creían juicioso esforzarse—dentro de la legalidad constituida—para que Cuba obtuviese los mayores provechos en el camino de la Evolución.

El pensamiento separatista, en cambio, recelaba de cuantas promesas hacían a Cuba los estadistas españoles. Incumplido por la Metrópoli el programa de justas rectificaciones de que se valiera el Capitán General don Arsenio Martínez Campos para lograr las fórmulas pacifistas de 1878, los jefes militares del separatismo—que se veían burlados—abogaban por otra guerra.

La idea evolucionista—propagada por grandes tribunos —tuvo entre sus voceros a Rafael Montoro, hombre de mente y cultura extraordinarias, a quien obsequiara la suerte con el prestigio de una magnífica oratoria. El separatismo tuvo por vocero a otro cubano de cerebro e ilustración envidiables, también dotado con las gracias de una oratoria maravillosa: José Martí.

Unos y otros—revolucionarios y evolucionistas—fueron desde sus campos respectivos defensores de la democracia. Revisada la extensa y fecunda obra del Apóstol, se ve que en toda ella prevalecen tres anhelos fundamentales: la independencia de Cuba, los progresos del americanismo y el triunfo de la democracia. Tres anhelos subordinados a un sentido noble de la vida, que hacía de aquel evangelista el defensor más tesonero de la justicia universal.

Cuba luce ahora junto a Inglaterra, como junto a los Estados Unidos, respondiendo a una ley de lógica pura. Porque en todas las épocas fue el pueblo cubano decidido partidario de la democracia.

Hasta durante el período en que parecía candente de antagonismo entre la Evolución y la Revolución— aquellos diez y siete años, de 1878 a 1895—, las fibras esenciales del pueblo cubano se mantuvieron fieles a la Democracia.

Aún en plena atmósfera de coloniaje, el espíritu democrático era moralmente como un fluido que avivaba nuestras acciones. En discurso pronunciado por Rafael Montoro el  1º de abril de 1882, ante   la Junta Magna del Partido Autonomista, decía: “La democracia progresiva tiene por base el reconocimiento de la dignidad humana con todos sus derechos. Esta democracia es la que el partido Autonomista ha procurado representar. Así resulta de su programa y de sus declaraciones autorizadas, donde constan los grandes principios que invoca. Principios, señores, que en América son de todo punto   universales, que en el Nuevo Mundo se aprenden desde que se empieza a pensar y a sentir; porque no olvidemos que sabios europeos como Bluntschli, Tocqueville y Laboulaye lo han dicho: la democracia representativa tiene su cuna y su modelo en la América del Norte, como el liberalismo parlamentario tiene en el Reino Unido de la Gran Bretaña”.

Casi sesenta años hace que se pronunciaron tan bellas palabras. Ellas ponen de relieve las condiciones intelectuales de Montoro, que se producía entonces con visión profética; pero ellas evidencian, al mismo tiempo, que hasta en días de la colonia palpitaba entre nosotros el sentido naturalmente humano de la democracia.

En tal sentido se inspiraron los Constituyentes,  al redactarse las Cartas Políticas que tuvo el pueblo de Cuba en armas. Y en tal sentido se inspiraron los Constituyentes elegidos repetidas veces por el pueblo cubano, para que jurídicamente surgiera la República—el 20 de mayo de 1902—, y después.

Concordante con sus antecedentes históricos, el pueblo de Cuba se vio unido al pueblo de Inglaterra cuando la Alemania de Guillermo II quiso imponer a Europa—y al orbe entero, caso de ser posible—sus métodos imperialistas; y ahora se ve de nuevo unido al sentimiento y las concepciones ingleses, para contribuir modestamente al triunfo de la democracia universal.

Luchan frente a frente, con furia rabiosa, dos sistemas de vida contradictorios. Uno pretende imponer a todos los hombres métodos incompatibles con la época y con el decoro humano. El otro se esfuerza por salvar los principios y libertades más hermosos.

El pueblo de Cuba es, una vez más, consecuente con su tradición.

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