¡CRISTO VIVE!

Written by Rev. Martin Añorga

20 de abril de 2022

Hemos celebrado la fecha cumbre de la fe Cristiana, la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. San Pablo le concede tanta importancia a este hecho, que afirma que si Jesús no resucitó, nuestra fe es vana,

Generalmente las personas no creyentes, al estilo de Santo Tomás, requieren pruebas para aceptar el gran milagro de que Jesús haya vencido la muerte.  No se dan cuenta de que vivimos en un mundo de sucesos inexplicables y que estamos obligados a aceptar sin aspirar a comprobaciones las realidades de los tiempos en que nos movemos. Desde la perspectiva cristiana no nos preocupamos por entender la existencia de milagros, ni nos sentimos impulsados a probar la realidad de Dios. Nuestra fe es la llave que abre todas las puertas, acepta sin necesidad de elucubraciones y argumentos los elementos doctrinales y los hechos portentosos de los que somos testigos y beneficiarios.

¿Por qué aceptamos el suceso extraordinario de la resurrección  de Jesús y por qué la celebramos con gratitud y gozo 2,000 años después?

 Primero, pensemos en la reacción de sus apóstoles. Con la excepción de Judas, que no le dejó espacio a su vida para disfrutar de la visión gloriosa del Cristo vivo, los demás discípulos de Jesús experimentaron un dramático cambio. El viernes se dispersaron angustiados, frustrados y temerosos; pero el domingo al amanecer cuando supieron que la tumba de Jesús estaba vacía y que el Señor había emergido triunfante de las garras de la muerte, se transformaron en héroes de la gigantesca misión de edificar la iglesia, cuyos fundamentos han  retado el poder destructor de los siglos.

La duración de la Iglesia de Jesucristo, arrastrando persecuciones, injusticias, violencia, atentados, crímenes y destrucciones es un evidente milagro. La victoria sobre estas pruebas no se consigue sobre la fosa que atrapa los restos de un cadáver. El líder supremo tiene que estar vivo e indoblegable, por eso los cristianos exclamamos a toda voz: ¡Aleluya! ¡Cristo vive!.

Cuando revisamos, aunque sea someramente la historia del cristianismo, y aprendemos de las vidas sacrificadas de los mártires, recordamos las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”.  El cristianismo no es improvisación ni hechura humana. Su identidad no  se define en jerarquías ni en estructuras de creación de hombres. El cristianismo es Cristo. Recordemos sus enseñanzas y su victoria sobre la muerte que hemos celebrado y nos explicaremos el por qué millones de personas han entregado su sangre cantando alabanzas, han sufrido cárceles y castigos sin flaquear en sus convicciones y se han enfrentado a poderes del mundo, sin claudicar.

Hoy día tal parece que el mundo se ha sobrepuesto ante la autoridad del Señor resucitado. El secularismo social que promueve el deterioro de la moral es aborrecible. Las normas bíblicas se desprecian. Las depravaciones sexuales mutilan la seriedad del matrimonio y del pudor. A Dios se le ha negado visa para entrar en las escuelas. La profanación que pretende desafiar las verdades sagradas, y la explotación de la lujuria, el vicio, la pornografía, y los atentados a la inocencia son fuerzas destructoras de la identidad humana tal como se define en el Génesis; pero el mensaje de Jesús es: ”confiad, yo he vencido al mundo”.

Evidentemente nada puede oponerse definitivamente al autor de la creación y al Señor capaz de deshacer las estratagemas propias de los perversos que prefieren acogerse a los riesgos del pecado que internarse en el  camino de la fe.  El tiempo pertenece a Dios, y en sus manos está el curso de los días. La hora llegará cuando el ser humano se hunda tanto en el abismo de la maldad, que clamará a Dios que le saque de lo hondo, así como salió triunfante Jesús de la cueva en que internaron su cuerpo aparentemente vencido por los dolores de la crucifixión.

La resurrección no debe ser concepto foráneo a nuestro entendimiento de la vida. San Pablo la comparó con la simiente que se arroja a la voracidad de la tierra, y después que se descompone, se convierte en fruta, flor o vida vegetal. Nosotros vemos cotidianamente como el día muere en  las sombrías garras de la noche y reaparece lleno de luz, de manos del sol en cada amanecer. La resurrección es el agua pútrida que se renueva para volver a calmar la sequedad del sediento, es como el nacer y el crecer, es dormir y despertar.

Nuestra fe en la resurrección clausura nuestro natural miedo a la muerte. José Martí, sin ánimo de intervenir en el quehacer teológico, acuñó una frase de profundo sentido espiritual cuando dijo que “toda muerte es principio de una vida”. Exactamente en eso consiste el significado de la resurrección.

Antonio Machado, con un sentido poético más que con intención religiosa nos legó este pensamiento: “la muerte es algo que no debemos temer porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”. Parece un simple juego de palabras, pero ciertamente la muerte no es un veredicto final, porque está sometida a la autoridad superior de la vida. De forma más concreta este pensamiento lo expuso San Pablo por medio de una pregunta: “¿dónde está oh muerte, tu victoria?, ¿dónde, oh sepulcro, tu aguijón?”.

Hoy  es un día para recordar. Cristo vive, y nosotros en su Nombre, viviremos.

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