Sea este relato de la Batalla de Covadonga un desagravio a los asturianos, creadores de la Quinta Covadonga en La Habana, un popular Palacio de la medicina decomisado a sus dueños por los raterolucionarios, estos le apodaron con el nombre de un agente rojo latinoamericano que es mejor ni mencionar. Como todo lo que tocan, cayó en deterioro y solo ha podido recuperar en parte el esplendor de antaño, gracias a la ayuda del Principado de Asturias, cuyo escudo admiramos en el vetusto edificio principal al entrar a la insigne institución, orgullo de la Hispanidad.
Por Rafael Jesús de la Morena Santana
Pasan los meses y una mañana tres jinetes llegan a la aldea, su aspecto es poco tranquilizador, están armados y sus miradas son severas ¿Quiénes serán? La duda da paso al júbilo, el milagro se hace realidad, uno de ellos es Alfonso, hijo del Duque de Cantabria desaparecido años atrás, había sido capturado por los bereberes y llevado prisionero a Fez, donde fue reclutado para tropas auxiliares. El adiestramiento le permitió aprender el idioma y los métodos de combate árabes. Se le incorporó a una unidad que debía poner bajo el control del Califato a tribus insumisas, en estas persecuciones a escurridizos nómadas se convirtió en un guerrero hábil, astuto y audaz.
En una acometida nocturna de su columna en el Rif, el conato se volvió un tumulto indeciso, en medio de la confusión, Alfonso y sus amigos desertaron cubiertos por las sombras de la noche y cabalgaron hacia la costa, allí abordaron un barco que comerciaba con el sur de Europa, el resto de su odisea fue sencillo: localizaron el centro de la rebeldía contra el Islam en España, y se dirigieron a Cangas a ponerse a las órdenes de Pelayo, figura tutelar de la Redención ibérica.
Este pone a Alfonso de lugarteniente, el Von Steuben de Asturias coopera con Fáfila el hijo del líder en elaborar la estrategia a seguir: régimen de entrenamiento familiar, en particular la juventud de ambos sexos, intensificar las acciones de guerrilla en la que los montañeses eran maestros, el laberinto de elevaciones constituía una fortaleza natural donde la resistencia era posible.
Se escogen lugares factibles para emboscar al enemigo, entre los aldeanos se crea un equipo de exploradores, y se pasa a la ofensiva con variantes de cuerpos élites, comandos dedicados a acciones relámpago para arrancar armas a las patrullas de Munuza que salían de Gijón a despejar los pasos de montaña, que llegan a ser intransitables. El desafío de los noveles soldados, sostén de la esperanza y la inquebrantable decisión de luchar ibera, bajó a las vías por donde circulaban convoyes que los rebeldes saquean para avituallarse. Las guarniciones islámicas territoriales no daban abasto para frenar el asedio hispano a sus líneas de comunicación en Asturias.
Munuza era un militar veterano, la región a su mando era inestable, con precario control, sufría una guerra de desgaste, él tenía que impedir el desarrollo de la resistencia de una congregación combativa que podría formar una estructura de poder alternativa al Islam, era urgente eliminar este mal precedente para el resto de los habitantes de la cordillera, había que aplastar a Pelayo y sus facinerosos, aniquilarlos de forma contundente con fuerza abrumadora.
El prestigio de los invencibles islámicos estaba en entredicho, la existencia de un bastión enemigo en la retaguardia de su avance a Francia y el resto de Europa era una amenaza por destruir. Munuza pidió refuerzos a Anbasa ibn Suhaymal-Kilbi en Córdova, para acabar de una vez por todas con los “asnos salvajes” de Pelayo como despectivamente los llamaba. Los refuerzos parten hacia el norte al mando del Valí Al-Qama, la cifra es debatida por los especialistas, pero es indudable que debe haber sido una armada considerable, de varios miles, incontrastable para no dejar margen de error a la hora de arrasar con los infieles que osaban ofender el poder del Califa de Damasco.
La noticia llegó a Cangas por la red de mercaderes judíos. Una arremetida mortal es inminente, pero los insurrectos de Asturias se disponen a enfrentarla con orden y valor, ¡que vengan les daremos la bienvenida que se merecen!, era el sentir del millar de espartanos de Pelayo.
Como los grandes generales de la Historia, Pelayo, Alfonso y Fáfila, seleccionan el campo de batalla hacia donde atraer al enemigo para batirlo con ventaja táctica, no es muy difícil, está en el mayor de los caminos directos a Cangas, el lugar será el sitio consagrado desde época inmemorial a la Virgen María: la Cueva de Covadonga y su Valle, flanqueados por colinas empinadas con cobertura de vegetación excelente para ocultarse, y estrechos pasos para entrar o salir del desfiladero.
La estrategia es sencilla, cada familia devenida en combatientes fogueados cumple las tareas asignadas de antemano para crear el arsenal de la pelea: apilar rocas de gran tamaño en las alturas, acumular lanzas, rocas menores, maderos y flechas en los puntos donde se van a atrincherar los arqueros y honderos. Otros estarán listos y ocultos con los materiales para cerrar con barricadas la entrada y las posibles vías de escape del enemigo. En la Cueva de Covadonga se concentran Pelayo y los guerreros más diestros con el uso de espadas y escudos. Mientras, un piquete tiene la misión suicida de provocar a los islámicos para que los sigan y hacerlos caer en la trampa.
En medio de los febriles preparativos un ermitaño entregó una cruz de madera bendecida a Pelayo, de esta manera confiados a la protección divina, ya ningún poder terrenal podría derrotarlos. La fe en Cristo presidiría la lucha en los estandartes con la Cruz del Libertador de Nazareth, para inspirar a los defensores de la cultura Judeo-Cristiana, cerca del cielo, a dos mil metros de altura en los impresionantes Picos de Europa.







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