CORSARIOS en MANZANILLO

Written by Libre Online

31 de enero de 2023

Por Rafael Estenger (1950)

Cuando estaban terminando de liberarse los pueblos americanos, nuestra isla solía parecerles como pontón riesgoso para la entonces soñada reconquista. Las flotas de la república del sur asediaban nuestros litorales como al irrumpir “El Libertador” en la Bahía de Manzanillo. Este episodio influyó en la vida de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. Por temor a que pudiera repetirse, la familia del héroe recién nacido se trasladó a los campos de Bayamo, donde permaneció algunos años sin regresar a la residencia urbana. Durante casi medio siglo, los manzanilleros festejaron la victoria contra los invasores, arrastrando por el suelo el pabellón de Bolívar.

El propio Céspedes relataría el suceso en unas páginas hoy completamente olvidadas. Pero comencemos por el principio de esta historia, que resulta a la vez ingenua y desconcertante.

Todavía era Manzanillo, una población humilde en el año 1819. Dependiente de Bayamo, a cuya ciudad sirve de puerto, carecía de aduana y de parroquia, aunque no de fortificaciones militares. Solo contaba más o menos un centenar de viviendas, tres de mampostería, dieciséis de tablas, cinco de adobo y las demás de yagua y guano. Grises bohíos sobre la mansa llanura costanera.

Sin embargo, ya Manzanillo tenía historia que vale como decir que no era un pueblo venturoso. Cuando solamente radicaban allí las comarcas indias de Macaca y Guacanayabo, numerosas embarcaciones cargaban en su puerto las frutas y maderas de la cercanía mientras corsarios y piratas utilizaban la bahía para internarse hasta Bayamo o despojar a las naves indefensas. Por eso, el capitán General, Luis de las Casas se apresuró a levantar allí un reducto fortificado con piezas de artillería y un piquete de milicianos bayameses.

Había en Manzanillo unos seiscientos moradores. La Comandancia de la batería estaba a cargo del catalán don Juan Sariol, capitán de las milicias y constructor de la primera casa de ladrillos con que se ufanaba la ciudad naciente. Desde el montículo de la batería bostezaba hacia el mar la boca de dos cañones cristianamente bautizados, uno se llamaba “La Concepción”, en homenaje a la Virgen y San Fernando, el otro.

Y sucedió que la mañana del 6 de octubre de 1810 sería inolvidable para el bravo paladín de las milicias, hasta entonces jamás tan peligrosamente amenazado. Una fragata inglesa le trajo la noticia de que cerca de Cayo Guá estaban tres embarcaciones corsarias. 

Precavidamente don Juan Sariol se apresuró a organizar la defensa. A las tres de la madrugada del día siete, dos buques arribaron al puerto con apariencias alarmantes. Quizás el tercero se mantuvo a distancia para impedir las sorpresas de barcos españoles.

El mayor de los corsarios era un bergantín de glorioso nombre. Se llamaba “El Libertador”. Los entendidos anotaron el calibre de su artillería: tres cañones de 24, quince obuses de 18 y tres ligeros cañoncitos de 9. Tripulaban el bergantín 120 hombres, al mando del Capitán Walter Dawes Chitty, marino probablemente inglés que ni siquiera hablaba castellano. El otro era un falucho con un par de cañones. Los partes de don Juan Sarriol tratarían de dos “buques montados en corso por disidentes del Gobierno de Venezuela”, con despachos de la isla Margarita.

Desde luego, la Batería disparó los cañonazos de alarma cuando de los buques partieron seis botes con unos cincuenta marineros. El capitán Sariol redobló la guarnición de la Batería y dispuso que diez hombres se emboscaran en el camino de Caimanera bajo la dirección del subdelegado de Marina. Entonces, el capitán del bergantín hizo lanzar dos cohetes resonantes. Era la señal de que sus botes retornaran a los buques.

Sin embargo, no todos los invasores volverían. Un par de emisarios quedó en tierra. El subteniente Joaquín de León, que mandaba los diez apostados de Caimanera, se presentó ante el jefe de las milicias con los dos mensajeros del asaltante. Traían papeles de intimidación para “Su excelencia el gobernador de la ciudad de Manzanillo”, donde el comandante del bergantín decía, con 

ceremonioso tratamiento: “Sí, S. E. Lo juzgare conveniente, pondrá una contribución de ochenta mil pesos, cuya suma me remitirán, y en este caso saldré inmediatamente de este puerto”.  De lo contrario, ¡ay de Manzanillo!, exigiría a tiros de cañón que le complacieran.

Y aún el corsario daba un plazo perentorio hasta las tres de la tarde. La carta estaba escrita en inglés, como lo estuvo la respuesta del comandante de la Batería. El mensaje de don Juan Sariol era sin duda habilidoso. Comenzaba por pedir la suspensión de toda hostilidad hasta de aquí a dos días, a fin de que en este intermedio pueda enviar un expreso a Bayamo (“the capital of this province”) por cuyo medio podré acceder a la proposición de usted. Esta ciudad se halla tan sumamente pobre que no podría colectarse ni aún la cuarta parte de la suma a que usted se refiere”. 

Aunque terminaba con la promesa de cumplimiento bajo su palabra de honor, parece que don Juan Sariol mandó a pedir auxilio de las autoridades de Bayamo.

A las tres de la tarde nada ocurrió de interesante, a no ser el aumento del susto. Fue a la una de la madrugada del día 8 que el capitán Dawes envió dos nuevos emisarios para demandar la rendición del fuerte. Pero Sariol no respondió con otra epístola, tomó en prisión a los mensajeros y dio la señal para el inicio del combate. A las ocho de la mañana se abrió el fuego. Sesenta marinos saltaron a los botes protegidos por el barrajo del buque insignia.

Los corsarios debieron ser formulistas y ceremoniosos, porque marchaban a tambor batiente con sones de trompeta y una linda bandera desplegada, se dice que el ánimo del capitán de las milicias tuvo momentos de flaqueza.

–¿Qué pabellón traían los invasores? Tal vez no conocían aún los seiscientos vecinos la significación de aquellas tres franjas horizontales: amarilla, azul y roja con siete estrellas hacia el centro. Era el pabellón de Venezuela, “cuna de América” por ser la de Bolívar. Los 40 hombres que Sariol pudo concentrar en la Batería mientras dirigían el fuego de los cañones al bergantín que los contestaba, veían estupefactos avanzar la bandera jubilosa.

Los disparos del bergantín no resultaban certeros. El miliciano Juan de Sosa recogía las balas que goteaban inofensivas a pocos metros del reducto, después de la Concepción y San Fernando las devolvían contra el buque. No obstante, los marineros avanzaban hasta que el capitán de partido, al frente de un pelotón de manzanilleros valerosos, le salió al paso con hierros y arcabuces, cuchillos de monte y pedazos de madera. 

Recoge la tradición que un catalán a quien llamaban don Jaime, apostándose en las bocacalles, mató cinco invasores con disparos de un trabuco. Pero Francisco Guillén iba a ser el héroe de mayor fortuna porque hirió al abanderado enemigo y se quedó gloriosamente en posesión de la bandera.

Casi en el anochecido, a las seis de la tarde, los insurgentes habían pagado un gran tributo de víctimas. El casco de “El Libertador” se resentía a los impactos. Y comenzó la retirada. Fue una fuga presurosa, dejando más o menos, pues el número exacto sería imposible de colegir entre listas contradictorias, una veintena de cadáveres. Aún se mantuvo “El Libertador” hasta el día siguiente a la vista de Manzanillo: los corsarios reparaban averías, mientras el pueblo hizo quemar los cadáveres amontonados en la costa, de suerte que lo vieron los asaltantes ya en fuga.

Las peripecias fueron objeto de investigaciones oficiales y de tertulias bulliciosas. El Consejo de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, reunido el 23 de octubre, consiguió el dato de que “El Libertador” era un buque armado en Kingston con tropa inglesa, que en Jamaica había dieciocho embarcaciones para iguales fines y que esos mismos piratas habían asaltado poco antes a la ciudad de Remedios y otros lugares de la isla. Solamente dos vecinos de Manzanillo habían muerto en la refriega. Los demás, aunque muchos sin otra razón que el vuelo de la fantasía, debieron sentirse también un poco héroes.

Desde el año siguiente, cada ocho de octubre, Manzanillo iba a conmemorar la hazaña con unos ritos cívicos-religiosos que llamaría la “Fiesta del Combate”. Número imprescindible del programa tenía que ser la bandera, reliquia depositada en el Ayuntamiento al constituirse el villazgo de Manzanillo hacia el año 1833. Durante las ceremonias tras llevarla en procesión, los supervivientes del episodio arrastraban la bandera por el suelo con sistemática voluntad de ultraje a la memoria de los frustrados invasores.

Pero este número fue muy modificado, aunque no pronto. Con motivo de las buenas relaciones diplomáticas entre España y Venezuela en 1862 o 1863, se prohibió arrastrar el pabellón venezolano, aunque la insignia continuó guardada en el Ayuntamiento hasta poco antes de la instauración de nuestra República. Existe la sospecha de que desapareció en las manos de algún yanqui coleccionista cuando la primera intervención norteamericana. Desde 1870, la “Fiesta del Combate” había sido completamente suprimida.

El 18 de abril de aquel año de 1819, menos de seis meses antes del ataque a Manzanillo nació en Bayamo, el que sería por antonomasia, el Padre de la Patria. Los padres de Céspedes, como otros muchos vecinos, interpretaron el síntoma como una latente amenaza a la ciudad de Bayamo y optaron por residir en sus propiedades campestres. Así, el futuro caudillo pudo escribir con orgullo recordando sus primeras experiencias montaraces: “Me he educado sobre el caballo, a la manera de los tártaros”.

El cuatro de octubre de 1857, cuando aún la ceremonia repetía el ultraje del pabellón de Venezuela, Carlos Manuel de Céspedes publicaría un relato del combate en el diario “El eco de Manzanillo”. Parece que no se atuvo solamente a la tradición oral, todavía de primera fuente, sino que consultó documentos oficiales. El periódico “El Redactor” que se editaba en Santiago de Cuba, reprodujo el artículo 10 días más tarde, el 14 de octubre de 1857. Por ser una página completamente desconocida. Transcribimos a continuación el texto, dice como sigue:

Hoy se celebra un aniversario más del combate que sostuvo esta población contra los insurgentes de Colombia el día 8 de octubre de 1819, conforme a datos oficiales que tenemos a la vista, y aunque en los primeros años se conmemoraba el mismo día del glorioso acontecimiento, como por lo regular no caía en ninguna festividad, y las habituales ocupaciones hacían escasear la concurrencia a la fiesta y procesión religiosa, se acordó elegir el primer domingo de octubre, logrando con esa medida que tan solemnes actos quedasen con todo el lucimiento que su objeto demandaba. Este año coinciden las circunstancias de haberse reunido las festividades de nuestra Señora la Virgen del Rosario y el Seráfico Padre San Francisco de Asís, con los días de S.M. el Rey, por cuyo motivo será más memorable y el vecindario tendrá más estímulos para llenar los deberes de obsequio y regocijo como de costumbre, los ha llenado.

Vamos ahora a dar una idea sucinta del hecho de armas que nos recuerda este aniversario. Temían los disidentes de Colombia la llegada de una escuadra española y para dar pronto aviso a su Gobierno estaba cruzando en el Cabo Cruz, un bergantín de guerra. Este se puso en combinación con un pirata conocido por Miguelillo que se hallaba en la boca del Cauto y determinaron dar juntos un ataque a esta naciente población con miras de pedir un rescate o sacar un buen botín. 

Tomaron en el cabo por práctico a un joven matriculado y llamado Juan Sosa, que todavía existe en Vicaria donde pasa con el nombre de Juanillo más éste se arrojó al agua dentro de la bahía, ganó a nado el punto de la Caimanera y dio parte de los intentos de los piratas. Pequeños eran los recursos con que entonces se contaba, pero todos se pusieron en juego con tanta decisión y entusiasmo que, habiendo hecho su desembarco, los asaltantes fueron, en pocos momentos rechazados con pérdida de la bandera. Cuatro hombres muertos y muchos heridos. 

El comandante del bergantín, conociendo ya por experiencia el valor de los manzanilleros y preocupado por la idea de su crucero, no quiso intentar otro ataque receloso de mayor descalabro y de la responsabilidad que contraía, pues efectivamente fue luego juzgado en consejo de guerra por haber abandonado la comisión, confiada a su cuidado.

Así fue que cuando llegaron los socorros que se habían pedido a Bayamo, mandados por el capitán Francisco del Castillo y Miranda, ya los piratas habían desaparecido y con ellos el riesgo y estrago que amenazaban al núcleo de la población que es hoy la floreciente villa donde sale nuestro periódico (pequeño como ella en esa época) y donde a esta hora se solemnizan los cultos dedicados a la Santísima Patrona por el denuedo y auxilio que prestó a sus devotos, alcanzando estos en recompensa terrenal las gracias que el Gobierno de S.M. se dignó darles en atención a haberse defendido con el reducido número que entonces se contaba de unas quinientas almas. 

No era la primera ocasión que Manzanillo recibía la visita de tan terribles huéspedes acogiéndolos y despidiéndolos, siempre con la misma gallardía. Ya en los años de 1792, 97, 98 y 99, fue atacado sucesivamente por los corsarios franceses e ingleses, pero merece especial mención la derrota y muerte que sufrió en estas playas el famoso Gilberto Girón. 

Este había hecho prisionero el año 1804 al Excelentísimo señor D. Fr. Juan de las Cabezas, Obispo de Cuba en la santa visita que practicaba de la hacienda de Yara y demás de tenerlo ochenta días cautivo, lo había entregado a varios vecinos de Bayamo, que se habían sacrificado por su rescate. Puesto en salvo el prelado, resolvieron los bayameses sobre el pirata con tal furia que le arrancaron el botín y la vida al mismo tiempo, cuya hazaña fue cantada por Silvestre de Balboa en un poema de regular mérito, que aún se conserva en fragmentos.

Los estrechos límites del periódico no nos permiten seguir ahondando, y menos comentar estos gloriosos recuerdos históricos hasta la ligera reseña que se ha dado para conservar ardiente en el pecho de los descendientes de aquellos bravos, el amor de su patria, de su gobierno, religión y leyes, y defenderlos a todo trance contra cualquiera que intente arrebatarle los tan preciosos objetos.

Naturalmente, la versión de Céspedes no es la nuestra, preferimos limitarnos a los resultados de los legajos que abran en el Archivo Nacional, sección de Asuntos Políticos y a la información publicada en el número 7 de “El observador de la Isla de Cuba” periódico fechado algunos días posteriores al combate. 

La mención del pirata Miguelillo no consta en los documentos oficiales que hemos consultado en el archivo, ni tampoco la respuesta de Sariol corresponde a la forma en que la consigna el folleto de Bayamo. Obsérvese además que Céspedes limita el número de marinos a cuatro mientras los documentos de la época lo elevan a unos veinte. Por lo demás resulta escasa la moraleja con que Céspedes termina la defensa del gobierno y sus leyes cuando ya el Padre de la Patria, por rebeldía contra esas leyes y gobierno había sufrido confinamiento.

Pero no debe sorprendernos demasiado. Nadie es héroe la víspera. Hasta el diez de octubre de 1868 Céspedes tuvo que disimular sus pensamientos como hacen generalmente los que aguardan la oportunidad de abolir un régimen de tiranía mientras no consideran estas la actitud provocadora.

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