CON AGRESIVA ENERGÍA BIDEN PASÓ LA PRUEBA DEL SOTU

Written by Adalberto Sardiñas

19 de marzo de 2024

No hubo grandes errores. Ni penosos olvidos. Ni muestras de cansancio. En su discurso de una hora y 13 minutos, Joe Biden siguió, al pie de la letra, el guion escrito por miembros de su team: tenía que lucir enérgico, coherente y decisivo. Y así lo hizo.  Le salió bien. Con algunos baches en el camino, nada serios, y unas cuantas notorias mentiras, pasó la prueba. Excedió, en mi apreciación, el mínimo de las expectativas impuestas sobre él por los críticos, enfocados en su edad y los frecuentes incidentes de lapsos mentales y caídas en sus caminatas, en la escalinata de aviones, en ceremonias públicas, e incluso, paseando en su bicicleta. 

Pero, en la noche del jueves, en su discurso del SOTU, mostró, sorpresivamente, una sólida estamina. Su voz se mantuvo fuerte y su estilo pasó, de la ecuanimidad, a la estridencia ofensiva partidista.  No hubo espíritu unitario. Al contrario. Se inclinó, desproporcionadamente, hacia su base, con una larga lista de nuevos, e irrealistas programas, como dinero para hipotecas, atención para el hogar, cuidado para ancianos, alivio para préstamos estudiantiles, Pell grants, tutoría universal y aumento de sueldo para maestros de educación elemental. Había, en todo esto, una gran dosis de demagogia. Todo un presupuesto de fantasía. ¿De dónde saldría tanto dinero para estos enormes gastos, cuando la nación sustenta una deuda de 34 trillones, cuyo pago de intereses asciende a un trillón al año?

El presidente Biden pretende, para pagar por sus fantasiosos proyectos, y a la vez, reducir el déficit, elevar el mínimo impuesto corporativo por lo menos, en un 21%, para que, de acuerdo a su criterio, the Big Oil, Big Pharma, y todos los ricos de la nación, comiencen a pagar su “fair share”. ¿Inocencia o perversidad? Porque, toda la nación sabe, desde los más ilustrados, hasta el más humilde hombre de la calle, que las corporaciones no sufren los impuestos. Lo pasan, siempre, al consumidor, en precios más altos a los productos que elaboran.

El discurso del presidente, en el Estado de la Unión, fue, esencialmente, la explotación del momento, la exposición ante 42 millones de televidentes, para impulsar, y revitalizar su moribunda campaña política. Estuvo dirigido, en su mayor parte, a su base, y al votante moderado, independiente, que, evidentemente, vendrá a ser el wild card en la cita del próximo 5 de noviembre. 

No obstante, Biden, que mantuvo, por la mayor parte de su discurso, un ánimo partidista, no tuvo reparos en apelar al conveniente bipartidismo, muy propicio, por cierto, cuando llegó al tema de la crisis migratoria que permanece irresoluble a las puertas de nuestra frontera Sur, y que es, y se mantendrá, como un primordial problema político, que le persigue como una implacable sombra tenaz, producto, en gran parte, de su propia creación. Durante los tres años y dos meses de su administración, y como consecuencia directa de su inhábil gestión, han penetrado al suelo americano, ilegalmente, 3 millones de inmigrantes, buenos y malos, poniendo en peligro nuestra seguridad nacional.

En el complicado escenario de la política externa, Biden reiteró su apoyo al estado de Israel, y condenó, de nuevo, el ataque de Hamas a la nación judía el pasado 7 de octubre, aunque sus palabras, en efecto, no se conjugan armoniosamente con la excesiva presión que ejerce a diario contra Netanyahu, para que éste implemente un cese al fuego, que, de concretarse, iría, directamente, en beneficio de los terroristas de Hamas. Aquí, como en el caso de la crisis migratoria, Biden está en el centro de un fuego cruzado. En Michigan, epicentro de una substancial población palestina, árabe, musulmana, le amenaza el potencial impacto de perder la votación de ese Estado por apoyar a Israel; y, en el resto del país, le atormenta la idea de perder las cuantiosas donaciones judías.

Su dilema político es que necesita ganar Michigan, si es que llega al final como candidato, donde, una semana atrás, cerca de 1000,000 no comprometidos, recibieron votos en las primarias demócratas como protesta por su política en Gaza. Y, por otra parte, no puede perder el apoyo de los judíos americanos, muy solventes, y, políticamente, bien enfocados.

Pero a estas alturas, y ahondando en el análisis, se hace necesario un paréntesis para aclarar, y a la vez, evitar, posibles confusiones, debidas a ignorancias, o, convenientes olvidos. Es cierto que Joe Biden ha apoyado moral y materialmente a Israel ante este último ataque terrorista. Sin embargo, lo hace porque obviamente, no tuvo alternativa. Israel es nuestro más leal aliado en la región. La única democracia, entre una docena de monarquías, autocracias y dictaduras, todas, empeñadas en destruirla. ¿Cuál hubiera sido la situación política de Estados Unidos si no lo hubiera hecho? Todo su prestigio y autoridad estarían hoy rodando por todas las latitudes del desierto.

Y, para no perder del todo la perspectiva real de la actualidad, y la realidad en que vivimos, no debemos olvidar que Joe Biden, nunca ha sido un amigo sincero del estado judío, desde los días en que sirvió como vicepresidente en la administración de Barack Obama, que, dicho sea de paso, tampoco lo fue. Si Biden ha auxiliado a Israel en su momento difícil, debido, a esta injusta agresión, ha sido por inevitables condiciones geopolíticas, porque carecía de opciones, y, en última instancia, por la precaria situación en que esta nación ha caído en la región por la torpe política de las administraciones de la última veintena.

En la noche del Estado de la Unión, Biden pudo haber tenido una buena noche, pero eso no es, necesariamente, preludio de felices augurios futuros. 

Lo que es, realmente infortunado, es que el pueblo americano se vea forzado a dos profundamente defectuosas preferencias.

BALCÓN AL MUNDO

Presionado por el acoso del team Biden, renunció el Special Counsel Robert Hur por haber dicho que, en su entrevista a éste, lo encontró como “un hombre viejo con pobre memoria”, cuando en realidad, debieron estar agradecidos por no haberlo encausado por sustraer, y llevarse a casa, ilegalmente, documentos secretos pertenecientes al gobierno. 

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La semana pasada el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, incondicional lacayo y lamebotas de Vladimir Putin, se reunió con el expresidente Donal Trump en su mansión de Mar-a-Lago y de regreso a Hungría, convocó, de inmediato, a la prensa oficial, la de su gobierno, para decirle que Trump no le daría un centavo a Ucrania para su defensa contra Rusia. 

Esto es, por supuesto, si volviera a instalarse en la Casa Blanca, lo cual nadie puede asegurar.

En cuanto a Orbán, debe decirse que éste ha obstaculizado, hasta el máximo, la ayuda de la OTAN a Ucrania, y no ha dado su voto para tal propósito hasta que su chantaje fuese pagado. 

Viktor Orbán fue un servidor de la Unión Soviética y añora aquellos días en que todos sus satélites, incluyendo Hungría, vivían bajo la coyunda comunista. 

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En este momento se está produciendo en Cuba una de las acostumbradas purgas, típicas de los países comunistas, donde los fracasos del sistema se les achacan a determinado funcionario, de bajo, alto, o mediano nivel, que, como chivo expiatorio, pagará con cárcel, o con su vida, alegados errores cometidos.

La víctima del momento es el ministro de Economía, Alejandro Gil Fernández, quien se encuentra preso, y acusado de impropiedades, legítimas o falsas, que con toda seguridad lo enviarán a presidio por unos cuantos años. 

Se espera que, con el transcurso de los días, aparezcan otros nombres por la misma causa.

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