CÓMO VENCER LA TIMIDEZ

Written by Rev. Martin Añorga

1 de noviembre de 2022

“La timidez –según la define el diccionario –  es la falta de seguridad en uno mismo; reserva extrema en el trato con los demás.”, El origen del vocablo lo hallamos en el verbo latino “timere” que significa “temer”, “sentir miedo”. Los orígenes de esta acepción son desconocidos; pero el desarrollo del lenguaje nos lleva a la conclusión de que la persona tímida es temerosa ante los desconocidos, distante del público y a menudo en las escuelas, víctima del maltrato de los abusadores que siempre hay entre los estudiantes. En medio de sus compañeros de trabajo generalmente, con la excepción de algunos amigos íntimos –siempre pocos- es objeto de bromas. “El hombre que se considera tímido está a merced de todos los bribones”, dijo el polémico y prolijo autor francés Beaumarchais en su obra “Las Bodas de Fígaro”.

Toda persona tímida está deseosa de superar la timidez. A menudo el proceso de la adolescencia es un diluyente de la timidez; pero en otros casos se trata de un padecer crónico que no se mitiga con el correr de los años. En un viejo proverbio griego se  afirma que “mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve”.

Debido a los resultados negativos de la timidez, es oportuno que trabajemos en la forma más efectiva para superarla. Y con gusto vamos a  enumerar los pasos que deben seguirse para lograr este necesario objetivo.

Lo primero es tener la voluntad para enfrentarse a la experiencia de la timidez. Como todo en la vida, ya se trate de dejar el tabaco o el alcohol, el comienzo está en la decisión del individuo. Muchas personas acuden al sicólogo o al psiquiatra; pero aún estos profesionales no pueden intervenir en el proceso totalmente íntimo de tomar decisiones. No ponga su confianza en extraños, hágase usted el juez y el  crítico de su propia vida e inicie por sí mismo la carrera que le llevará a la victoria.

Generalmente la persona tímida sufre de un déficit de aprecio propio. La timidez nos convierte en inadecuados. Tal vez suframos de un pequeño defecto físico, de problemas con la voz o el habla o de una autovaloración negativa. El caso es que aunque no sea definitivamente establecido, la timidez suele asociarse a un complejo de inferioridad. La causa más frecuente de la timidez recae en el hecho de que tengamos una opinión excesiva de nuestras propias limitaciones. Revísese y asegúrese de que usted cuenta con los atributos necesarios para ser igual a los demás, y en muchos casos, hasta superior a ellos.

Aprenda a aceptarse tal como es. La Biblia dice “¿Quién de ustedes puede, por más que se preocupe añadir un codo a la medida de su vida?”. Evidentemente debemos mejorar nuestras virtudes y habilidades; pero tenemos que vivir con nuestra apariencia física, porque esta reviste importancia en la forma en que nos comportemos. La propaganda comercial y los actores en la televisión no representan a la mayoría de los seres humanos. Cada uno es como es. Y si no se acepta está renunciando a su propia vida, que a fin de cuentas es lo más maravilloso de que disponemos.

 Una de las tendencias de las personas tímidas es tener demasiado en cuenta lo que otros piensan de ellas. Libérese de esa actitud.  “La timidez se compone del deseo de agradar y del temor de no conseguirlo”, dijo el afamado escritor inglés Samuel Johnson. A menudo el tímido asume una noción errónea ante la actitud ajena, sencillamente porque está inclinado  a interpretarla en su contra.

En cierta ocasión a una persona que me hablaba de su supuesta incapacidad para hacer amigos a causa de su timidez, le pregunté a qué  achacaba el hecho de ser tan tímido. Su respuesta fue interesante y me ayudó a ayudar a otras personas: “Yo creo que lo debo a que mi mamá siempre me comparaba con mi hermano mayor, diciendo que éste era más inteligente y atractivo que yo”. El pensaba que su madre trataba de incentivarlo; pero logró todo lo contrario. Descubrí que la influencia negativa de  un pasado desagradable suele determinar gran parte de nuestra conducta. Sé que el pasado es irreversible, pero  sé también que nuestra percepción del mismo  podemos modificarla.

Detrás de cada persona tímida hay una o varias causas. Asumir como normales estados habituales de desconfianza en otros y en sí mismos, es cerrar una puerta a la felicidad. Hay personas que se enamoran de su propia tristeza, que se acomodan a su improductiva inercia y por dentro se fatigan de rabia e impotencia.   

No hay fracaso definitivo. En cierta ocasión  Charles de Gaulle le preguntó a alguien: “¿A qué llama usted un fracasado?”. La respuesta que recibió fue luminosa:  “a un hombre que no está satisfecho de su gloria”.  En efecto, cada ser humano tiene sus glorias, a pesar de que haya sufrido sus horas de  desolación. El problema no está en caer, sino en no levantarse. Mejor lo expresó  Calderón de la Barca: “El caer no ha de quitar la gloria de haber subido”. A aquéllos que permanecen en la inactividad que engendra la timidez, les apunto este breve pensamiento: “hay muchas cosas que  tan sólo parecen imposibles porque aún no se han intentado”.

He comprobado –y en mi propio caso ha sido cierto- que pertenecer a un grupo o a una organización me ayuda a vencer la timidez. La razón es que nuestra relación con otros nos va permitiendo la habilidad de expresarnos, desarrollar nuestras habilidades y rescatar nuestro sentido personal de valores. En mis años previos a mi adolescencia yo tenía problemas, probablemente aumentados por la pobre visión que tenía de mí mismo, que desaparecieron  por completo en el círculo de amigos del que formé parte en la iglesia. Fui aceptado. Me sentí aceptado. Y comenzó así mi caminata hacia la superación.

Uno de los más serios problemas que enfrenta una persona tímida es el de hablar en público. Un micrófono asusta y un auditorio confunde. Yo creo sin embargo, que tener el valor de decir algunas palabras en público es la victoria más importante contra la timidez. Hubo, alrededor de 350 años antes de Jesucristo un famoso orador griego llamado Demóstenes, que hasta hoy conserva la fama de ser uno de los más sabios hombres que haya conocido la historia como orador elocuente profundo y convincente.

Desde que era un niño Demóstenes tenía un defecto de elocución. Esquines se burlaba de ello, y se refería  a él en sus discursos por el apodo de Bátalo. Según Plutarco los que le oían hacían mofa de Demóstenes por su dificultad en pronunciar algunas letras y su extraño y disociado estilo en el que se intercalaban cambios en sus tonos de voz que lo ridiculizaban.

Demóstenes no se dejó vencer por sus defectos. Se cuenta que se llenaba la boca de piedrecillas e iba a las costas playeras para hablar a todo pulmón por horas y horas. Estudió con buenos profesores y se convirtió en el abogado y orador más prestigioso de Atenas. La mayoría de nosotros no tenemos defectos que nos impidan asomarnos a un micrófono, pero lo que nos inhabilita es la timidez.

Un joven, que quería ser predicador me pidió que le diera las tres reglas más importantes para decir un sermón o un discurso. Mi respuesta lo dejó perplejo: “Saber qué vas a decir, cómo vas a decirlo y para qué lo vas a decir”. Así es de fácil, y para vencer la timidez tengo también una simple respuesta:  Reconoce tus valores, vence tu  miedo y empieza a disfrutar de ambas cosas.

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