¿Cómo fue que Pipe Faxas me salvó la vida?

Written by Libre Online

17 de enero de 2023

Esto evocado por los escritos de antes de ayer, del sesenta o cincuenta y nueve aniversario de la tragedia de Manaclas.

Yo me reunía, yo conversaba a diario, con esos muchachos que llegaron a La Habana dizque a entrenarse. Nunca escuché a ninguno hablar de ese entrenamiento. Nunca me enteré, ni por algún chiste, de ese entrenamiento.

Curiosamente, lo más cercano o parecido a esto que yo recuerdo, se refiere a una reunión de Máximo López Molina y unos más del MPD que se reunieron con el Che Guevara.

Y recuerdo, solamente, de ese encuentro las palabras del Che: “Lo primero que tienen que hacer es subirse a la loma”.

Por ese inocente, o tonto, o mortal camino, discurren en mi mente otros recuerdos.

Pero vayamos a la explicación. 

Después de la tragedia de junio en 1959 quedamos muy pocos dominicanos en La Habana. Así que tan pronto me enteraba que había llegado un dominicano, enseguida, lo buscaba.

Al primero que encontré fue a Fradique Lizardo, que según entiendo había llegado con el grupo, pero no era del grupo. Después fui encontrando otros. Creo que primero me encontré con el Doctor Eddy Joseph que ya trabajaba de médico Y aquí debía mencionar a Pipe Faxas y a Polo Rodríguez. Aunque me parece que antes ya me reunía con el economista Máximo Luis Vidal que trabajaba en la industria azucarera.

De Pipe Faxas no conocía entonces su “background” de fundador o algo muy cercano al nacimiento del Movimiento guerrillero. Pero nos tratábamos con  confianza.

Polo Rodríguez era el disciplinado dirigente del grupo. Hizo un viaje “Por los países socialistas”. 

Precisamente yo estaba en el apartamento del Focsa donde residían algunos del grupo. Comenzó Polo a sacar bustos de “héroes”, Mao, Ho Chi Ming y otros. Yo le digo en broma a Polo, son ídolos de yeso. Contestó algo muy serio sobre estos dirigentes. Yo me reí. Y siguió la conversación.

 Aparte de eso, nos tratábamos  con confianza y afecto.

Bueno, y parece que no tanto. Circulaban en esos días por La Habana unos chistes y cuentos muy cómicos que se contaban donde no hubiera algún fanático “revolucionario”. Benito, el marido de la mamá de Ari, los contaba con mucha gracia. Yo no tanto. Pero yo se los contaba al grupo, Porque eso andaba por la ciudad. Y según parece, yo descuidaba las segundas intenciones de otros.

Bueno, les va uno. El de la Pangola. Recién nombrado administrador de la recién intervenida granja, el compañero Antonio, antiguo zapatero, reúne los empleados, los saluda, y luego comienza a disertar sobre la Yerba Pangola.

Antes había ordenado que prepararan con los tractores una zona de la finca que más tarde dijo se  sembraría  de yerba Pangola.

Al final de la charla el nuevo administrador dice muy natural: ¿hay alguna pregunta?.

Bueno, según parece ahora, nadie se atreve. Pasan algunos minutos y el administrador espera.

Finalmente, un valiente le dice: compañero administrador, lo que había ahí era Yerba Pangola.  

Ahí termina el chiste.

A todo esto, parece que algo estaba pasando sin que yo lo imaginara. En una de las reuniones informales de los muchachos, se me acerca Pipe, muy serio, me agarra por un brazo y me saca de la reunión y caminamos hasta donde él supone que nadie nos escuchará. Y me dice: Coño, Tiberio, deja esos chistes con los muchachos.

Bueno, hasta aquí llega la historia. No hay mucho más que decir. Imagínese usted el resto.

José T. Castellanos 

Forth Worth, Tx.

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