Cartas de Martí a María Mantilla

Written by Libre Online

19 de enero de 2022

Por Félix lizaso (1953)

Un día de invierno, que parecía primavera, el del 3 de enero de 1880, llegaba José Martí a Nueva York, y después de andar por sus limpias calles sintiendo la fuerza de vivir en libertad en un país donde cada hombre era dueño de sí mismo, escribió una larga carta a su amigo Viondi. Deportado de Cuba a fines de septiembre, el 11 de octubre llegaba a Santander, a bordo del Alfonso XII  y tras dos meses escasos de estancia en Madrid, donde celebró muy importantes entrevistas con políticos españoles y una rápida visita a París, donde el 18 de diciembre conocía a Sarah Bernhardt, recorría ahora la gran ciudad. No obstante la impresión de ligereza que le invade con las carnes sanas y los huesos fuertes, en el corazón anida una profunda pena. Han quedado en Cuba su mujer y su pequeño hijo, y ningún dolor podía superar a ese de la impotencia en que se encuentra para enfrentar la situación, al llegar al nuevo país, sin ocupación y sin dinero.

¿Quién le guía en esos momentos primeros de la llegada? Acaso del muelle se dirigiera a la librería de Néstor de León, uno de los centros más conocidos en que se reunían los cubanos de la época, sobre todo si eran hombres de letras. José Martí había escrito tiempo antes a Ponce de León, cuando recién publicado su folleto “La República Española ante la Revolución Cubana”, creyó conveniente que lo conocieran los cubanos de Nueva york. Fue de entonces su primera carta al viejo separatista. Sin duda Ponce de León ya sabía quien era José Martí, y había leído su anterior trabajo “El Presidio Político en Cuba. Pero recordaría sobre todo un párrafo de su carta, cuando hablándole de la completa independencia que anhelaba para Cuba, añadía: “única solución a la que sin temor y sin descanso he de prestar toda la pobreza de mis esfuerzos, y toda la energía de mi voluntad, triste por no tener esfera real donde moverse”.

Después de siete años de haber escrito esa carta, llegaba a la ciudad soñada. Sabía que allí iba a hallar al fin lo que tanto necesitaba; esfera real en qué moverse. Ponce de León debió de recibirlo con un gran abrazo, y acaso lo ayudaría a buscar los primeros acomodos.

Eran numerosas por entonces las casas de familias cubanas donde podía hallarse alojamiento fácil y económico. Martí estaría pronto instalado en una limpia y alegre casa, en el número 51 al lado Este de la ciudad. Pero no sólo había encontrado albergue sino también ambiente acogedor porque en la casa de los Mantilla, que la esposa Carmita alegraba con su presencia y su incesante actividad, pudo dejar de sentir la gran soledad del destierro. Allí vivían otros cubanos, y en la sala tertuliaban también algunos amigos, compartiéndose un ambiente de familia y de  patria. Cuando Martí llegó a aquella casa, se sintió confortado. Se hizo querer por todos y se vio rodeado de los tres hijos del matrimonio: Manuel, el mayor, que andaba por los nueve años, Carmita de siete, y Ernesto de tres. Más tarde llegará María, en la que puso cariño más acendrado aún, porque había nacido cuando ya se sentía como un miembro más de aquella familia, que se le reveló modelo de perseverancia en el trabajo y de altura de corazón.

Hay un libro insuperable para saber cómo fueron aquellos años de Martí en Nueva York. Lo escribió ya en su ancianidad, singularmente dulce y atrayente, Blanche Z. De Baralt, una gran amiga de Martí, por serlo también su esposo, Luis Alejandro Baralt. Blanche lo trató largamente y nos ha dado luces muy singulares sobre un aspecto poco conocido de la existencia, como hombre tan espiritualmente dotado para la vida de sociedad, que lo mismo podía cautivar a sus oyentes en un salón, que en una reunión de obreros o de patriotas, despertando siempre irresistible atracción. Por su libro “El Martí que yo conocí” desfilan  muchos prominentes hijos de Cuba en aquel período de la vida de Martí en Nueva York. Era como una gran hermandad, en la que sobresalía la figura del Maestro. Y la casa de los Mantilla adquiere singular relieve, cuando ella nos dice la gran influencia que aquel hogar tuvo en la vida y en la acción del libertador de Cuba.

Esas  palabras se revisten de la mayor autoridad pues no sólo existía un directo parentesco entre su esposo y Carmita Miyares de Mantilla, cuyas madres eran hermanas, sino por sí misma había tenido oportunidad de tratarla largamente. Y Blanche que llegó a quererla mucho, pudo decir que nunca había conocido alma más caritativa y abnegada. Descendientes ambos por línea materna de los famosos héores, los hermanos Paull, héroes por la libertad de su patria contra la opresión genovesa, una de cuyas ramas se había establecido en Venezuela, tenían como abuelo común a Jorge Juan Paull. Los Paull residían también en Nueva York, y su casa de veraneo, cerca de Saratoga, a las orillas del Hudson, era frecuentemente visitada por grupos de amigos cubanos en que se contaban las familias de Mantilla y Baralt y a veces por Martí, en los momentos en que sus crecientes actividades se lo permitían.

En la entereza con que la familia Mantilla había luchado contra las adversidades, sobresalió la energía y el coraje de Carmita. Pero se destaca también su gran corazón, refugio y consuelo de tristes, como lo califica Blanche, cuyas palabras entusiastas, dichas con su acento de emoción y de recuerdo le oímos alguna vez: “Carmita era un champagne”. Quería decir con esto que las adversidades y las luchas no le quitaron el brillo a su carácter.

Carmita había quedado viuda y se consagró a educar a sus hijos, pero también a servir a la causa de Cuba y de los cubanos, que lideraba José Martí. No podemos usar palabras que superen las propias de Blanche Baralt para expresar aquella conviviencia espiritual: “Su devota abnegación, su cariño inquebrantable, sin pensar en recompensas, sino por su gran deseo de servir y de dar, sostuvieron a Martí en sus horas más difíciles”.

Los hijos de Carmita, nos lo dice también Blanche Baralt, sintieron adoración por Martí, y llegaron a constituir parte de sí mismo. El mayor estuvo a su lado desde que pudo ayudarlo en sus muchos quehaceres y fue después aquel personaje imaginario, Juan Martell que Martí creó al organizar la expedición de Fernandina, y que al fracasar todo el plan tramado, pudo defender y salvar el cargamento del Lagonda, gracias a su sangre fría y presencia de ánimo. Más tarde, cuando cambian los planes y Martí sale con Collazo y Mayía Rodríguez para Santo Domingo, para juntarse con Máximo Gómez, lo acompaña Manuel Mantilla, junto al cual se retrata Martí, ya próximo a salir para Cuba, y con ese testimonio y cartas y papeles para la Delegación, regresa Manuelito a Nueva York. También Ernesto, pequeño como era, se desvivirá por ayudar a Martí en los días en que el trabajo era mucho en la redacción de “Patria”, sirviéndolo además para hacer llegar sus mensajes innumerables. Y en cuanto a las niñas, Carmita y María, no existía diferencia en el cariño que ambas profesan a Martí, y tampoco en el que él les correspondía.

De las cartas una de las cuales publicamos en copia facsimilar, algunas fueron escritas por Martí durante sus ausencias impuestas por sus viajes de propaganda, pero la mayor parte, al empreder el viaje último, camino de la independencia de Cuba y camino de la muerte.

Nunca como en ellas vertió tanta ternura aquel espíritu tiernísimo. Sabía que marchaba a enfrentar la muerte y sin duda se hizo a la idea de que nunca retornaría a sus seres queridos, aunque dijera para consolaros en la despedida, que el retrato de María sobre su corazón sería escudo contra las balas. Él no podrá regresar sin la aureola del peleador, como simpre había querido. Y eso significaba muy posiblemente el viaje sin regreso. Por eso pudo escribir en una de sus cartas: “El recuerdo de ustedes -de su alma limpia y leal- es en mí una luz siempre encendida, y yo… ¡yo soy nube y cosa ida!”

Una y otra vez el reconocimiento de la grandeza de aquella alma, en que habían encarnado la pureza y la lealtad: “Tu alma es seda. Envuelve a tu madre, y mímala, porque es grande honor haber venido de esa mujer al mundo. Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz”.

No podemos leer muchos pasajes de estas cartas sin que sintamos un nudo en la garganta, porque estamos sospechando cuán grande fue el sufrimiento de su vida y cuánto más grande aún el sacrificio que realizaba por sus ideales, al separarse de seres que tan hondo habían penetrado en su alma. Ahí está, en esas cartas, una buena medida de todo lo que significó para él la empresa a la que se había consagrado, al alejarse para siempre, dejándolas sin amparo en un mundo de vanidad y de mentira. La angustia se le cuaja en el dejo de amargura que gravita en cada palabra. Nada tiene que dejarles, que no sea un poco de resplandor de su misma vida.

Sabe que la virtud es un arma si se sabe usar bien. Y también la bondad y la ternura: “Quiere y sirve, mi María. Así te querrán y te querré ¿Y comó no te querré yo, que te llevo siempre a mi lado, que te busco cuando me siento a la mesa, que cuanto leo y veo te lo quiero decir, que no me levanto sin apoyarme en tu mano, ni me acuesto sin buscar y acariciar tu cabeza?”

Se leerán estas cartas con emoción insuperable, y se verá que cuanto escribió para María y para Carmita, vale para todas las niñas, y podría escribirse por todos los padres y madres que puedan pensar y sentir como él. Para una vida de verdad y de pureza, para una vida sin artificio ni pompa, quiso que se prepararan. Y todo cuanto él les escribió, no fue en vano. Porque Martí tuvo siempre, en el corazón de María, un sitio para la devoción, como él la tuvo en vida para ellas. Y todas las niñas de Cuba, se conmoverán también al leer estas cartas de quién fue y sigue siendo padre de todos los niños cubanos.

Estas cartas pueden considerarse como el testamento del corazón de José Martí. Así como escribió otras que han merecido llamarse su testamento político y su testamento literario, éstas dicen su infinita ternura por aquellos seres que quedaban esperándolo sin esperanza, en un mundo frío y áspero, en que debían luchar contra la falsa vida y los falsos honores. ¡Ellas que habían estado tan cerca de la claridad del alma verdadera” ¿Y qué puede dejarles más que sus convicciones y su fe, y el ejemplo de su fortaleza? Un código de conducta para inculcar la virtud y el trabajo, y la fortaleza necesaria para vencer es lo único que puede dejarles. Y también unas cuantas normas para guiar la escuela que había planeado, por si no volvía; la escuela en la que enseñarán como él les enseñó a ellas, donde las niñas aprendan cosas útiles y bellas, con método fácil, que les despierte el interés, y sea trabajo libre y virtuoso, que no las obligue a vender la libertad de su corazón por la mesa y el vestido.

Hay una entre todas, que merece ese título de testamento del corazón. Es la carta “A mi María”, escrita en Cabo Haitiano el 9 de abril de 1895. Momentos después estará a bordo, en la peripecia final que lo dejará en alta mar, cerca de Cuba. Deberían conocerla todos los maestros cubanos, para que pudieran leerla a sus alumnos, pues ahí está el método directo y natural que lleva a aprender por sí mismo, porque nada se sabe mejor que lo que uno mismo descubre.

Martí es el espíritu que más profundamente ha sentido la fuerza de la ternura. Creía que lo que necesitaba nuestro campesino era una campaña de ternura, y así lo dijo en las páginas nunca igualadas de sus “Maestros Ambulantes”. A su hermana Amelia, en aquella carta primorosa que también tuvimos el privilegio de dar a conocer, dirá: “el cariño es la más correcta y elocuente de todas las gramáticas. Dí ¡ternura! Y ya eres una mujer elocuentísima”. Pero en estas  cartas sobresale ese don maravilloso del querer, que lo hace el héroe sin par del amor.

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