Carlos Manuel de Céspedes: De Yara a San Lorenzo

Written by Enrique Ros*

5 de diciembre de 2023

La Lealtad y la perfidia. 

El brigadier de Cambute. El Médico de Jiguaní

Destitución de Céspedes 

(XI de XI)

El día 20 el Brigadier Jesús Pérez le pide que se retirase de San Lorenzo, ofreciéndole su escolta informándole que por los alrededores se movían constantemente columnas españolas. Lo mismo le recomendaban el hijo del Padre de la Patria y Lacret. Pero el ex-presidente aducía que tenía que esperar por el regreso al Lajial del General Manuel de Jesús Calvar con quien, junto con el Brigadier Pérez, quería ultimar asuntos de importancia.

Su amigo Jesús Pérez se mantiene en contacto con el expresidente. El 31 de diciembre, bajo un temporal de agua, el Brigadier Pérez vuelve a conversar para advertirle, una vez más, el peligro que corre la vida del ex-mandatario. De esto deja Céspedes constancia en su Diario:

“Vino Pérez a verme y le manifesté que pensaba quedarme en esta zona, que no lo comprometería en nada ni lo molestaría sino en lo que él buenamente quisiera hacer en mi obsequio. Volvió a repetirme su oferta, pero no sabemos si quedará en este mando; hay rumores de lo contrario. Le aconsejé mucho que tuviese paciencia; que se manejara prudentemente, y que llenara con exactitud sus deberes”.

El que iba a recibir consuelo es quien consuela y aconseja a su humilde amigo.

Así describe el Coronel Fernando Figueredo Socarrás, ayudante y secretario del Padre de la Patria, las medidas tomadas por el nuevo gobierno:

“Uno de los errores del Presidente Cisneros o de sus consejeros, fue el dejar cesantes en el acto de la deposición a aquellos jefes que eran notados por su afecto o simpatía hacia Céspedes, reemplazándolos por otros que le eran hostiles o indiferentes. A uno de los que le cupo esta suerte fue al Brigadier José de Jesús Pérez, entusiasta partidario de Céspedes, jefe de la zona en que se encontraba San Lorenzo, a quien se ordenó su incorporación a las fuerzas que hacia occidente habían partido de Barajagua… Al retirarse el brigadier Pérez de la zona, pronosticó que Carlos Manuel sería asaltado y muerto por los españoles antes de dos meses”.

Se cumplirá el vaticinio.

Ese 31 de diciembre presiente el fundador de la Patria la cercanía de su muerte. Como un valiente soldado -a veces olvidado, siempre maltratado por nuestra historia- envía a sus hijos Carlos Manuel y Gloria de los Dolores, a los que no conoció, algunos recuerdos personales y un mechón de sus cabellos. Entrega al “Capitán Quintín Bandera , que lleva a Vega a Jamaica, un paquetico que lleva pelos de mi cabeza y barba para mis hijitos, que están en el extranjero y tal vez sea lo único que vean de mi persona”, escribe en su diario.

Días después, el 3 de enero, se oyen disparos cercanos. Se preocupa por el bienestar de un fiel compañero. “Ayer se corrió que habían oído tiros en distintas direcciones. Se cree que Pérez haya tenido algún encuentro”.

Le escribe Céspedes a su esposa Ana de Quesada:

“Yo estoy satisfecho con lo que tengo. Vivo en una choza o a la intemperie. Como lo que dan, aunque sea los reptiles más inmundos. Ando vestido de una manera grotesca, pero honesta. No tengo necesidades”.

Pero el Dr. Félix Figueredo sigue tratando de inocularle a Máximo Gómez su malsana ponzoña contra Céspedes y otras figuras de la revolución. Con fecha 24 de enero de 1874 -treinta días después, hostigado y ultrajado por el implacable Figueredo, morirá en San Lorenzo el Padre de la Patria- le responde así el gran dominicano al médico de Jiguaní:

“Siento que en esta carta te ocuparas tanto de Carlos Manuel, es decir de vituperar tanto su conducta como hombre público… sacar a relucir ciertos hechos no nos hace mucho favor. Así pienso yo por el bien del país y por nuestro decoro”.

Y en otra carta del 15 de febrero le muestra Gómez su irritación ante la insistente difamación a compañeros de lucha que contienen las misivas del detractor de Jiguaní:

“Pero ¿a qué voy a seguir? No, no sigo, amigo Félix, pues siento que mi espada desolada tiembla en el cinto, al ver que pierdo el tiempo en divagaciones, más propias de un anacorero o un médico, que de un militar”.

Y termina respondiendo la misiva del médico, difamatoria como todas, con esta advertencia:

“Aguanta y no empujes. Y esta es la última vez que tratemos el asunto, pues no quiero que se manosee el nombre de un veterano distinguido”.

Las diatribas las lanza Félix Figueredo contra otro de los más sobresalientes mambises que se lanzó a la manigua el mismo 10 de octubre. Así le responde el recto Máximo Gómez:

“Lo del General Luis Figueredo… ¿Por qué con igual cinismo te atreves a inculparme la posición en que lo colocó la pasada administración? Hice lo que debí en su favor, para que el ciudadano, a quien tantas virtudes adornan, no se desprestigiase como militar”.

En la misma carta le responde a una insólita petición de dinero:

“Para ti y tus inglesitos pondré a tu disposición 10 años de paga devengados al concluir la parranda: $40,000 pesos. Yo, trasto viejo, ¡a pasaré contándole historias a tus chiquillos»”.

Vuelve el médico Figueredo a tratar de empañar el buen nombre de un patriota.

El Coronel Antonio Bello, acusado de estar en negociaciones de paz sin independencia con altos oficiales españoles, es arrestado por el Gral. Gómez.

El Dr. Félix Figueredo acusa a Bartolomé Masó ante el General Antonio Maceo de haber estado de acuerdo con Bello. Esta mancha que hace caer el médico de Jiguaní sobre Bartolomé Masó “no se atreve a firmarla y la pone en boca del capitán Víctor Ramos, caso típico de las intrigas que dieron al traste con la Revolución del 68”. La acusación de Félix Figueredo, afirma el historiador Rufino Pérez Landa, era tan injusta como inverosímil. Exoneran a Masó de la calumniosa afirmación del médico Figueredo el entonces Coronel Manuel Sanguily, y el Coronel Fernando Figueredo Socarrás.

JOSÉ DE LA CONCHA. 

DE NUEVO, CAPITÁN GENERAL

En España se ha producido un nuevo cambio de gobierno el 3 de enero de 1874 dirigido por el General Pavía (que coincide con la salida de Santiago de Cuba del Brigadier Juan Burriel). Jovellar que había comenzado su mandato en noviembre del 73 es sustituido por el General José de la Concha que llega a La Habana en los primeros días de abril de 1874. Una de las primeras medidas del General Concha fue la de reducir, por una circular, el número de voluntarios que debía incorporarse a cada municipio sobre el que recaería el costo de su mantenimiento, cuya implantación había creado malestar en los contribuyentes, mayormente peninsulares que “tanto se sacrificaban en pro de la Integridad Nacional”.

Como antes Valmaseda, el General Concha visitó en el mes de octubre (1874) distintas poblaciones.

En diciembre de 1874 el General Concha da a conocer a la población la proclamación, en la península, de Alfonso XII y la constitución de un gobierno Regencia presidido por Antonio Cánovas del Castillo. El ministro de Ultramar sería Abelardo López de Ayala. Coincide este acontecimiento con algo que preocupa al recién estrenado Capitán General: el 5 de enero (1875) fuerzas insurrectas “compuestas de 1,500 infantes y 800 caballos, al mando de Máximo Gómez, Sanguily, José González y otros cabecillas consiguieron atravesar la trocha de Júcaro a Morón e invadieron el departamento de Las Villas”.

Hay una pronta, realmente inmediata, reacción del nuevo gobierno monárquico de Cánovas del Castillo: se nombra al Conde de Valmaseda para que, por segunda vez, se ocupe del mando de la isla en sustitución del General Concha (marzo 1875). En diciembre de 1875 Valmaseda en viaje de Cruces hacia La Habana presenta su renuncia y entrega el mando, provisionalmente, al Segundo Cabo Buenaventura Carbó antes de partir para la península. Para reemplazarlo volverá el General Joaquín Jovellar.

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