CAMINOS EN CRUZ

Written by Libre Online

27 de septiembre de 2022

LIBRE reproduce un artículo que sobre el fallecido Mayor General Mario García Menocal escribiera Ramón Vasconcelos en 1941.  Considerado por muchos como lo mejor que se ha dicho sobre la recia y noble figura del Mayor General García Menocal. Lo más sagaz y lo más caballeroso expresado sobre tan excelsa figura de la historia cubana.

El general Mario G. Menocal, sin duda, era el caudillo por antonomasia. Para los conservadores primero, para todo el mundo más tarde. Hay dos tipos de hombres públicos. Los que son banderas y los que son abanderados. El general Menocal, por rara coincidencia, era bandera y abanderado al mismo tiempo. Era el abanderado de su propia bandera. Era la causa y el líder. Al punto que las denominaciones del partido que dirigiera significaban poco; lo importante estaba en la posición que ocupara el caudillo. Para la gente del interior, amiga de las síntesis, no había conjuntistas, ni demócratas, ni aún conservadores: no había más que menocalistas. Es decir: prosélitos del hombre más que de la causa: más apegados al abanderado que a la bandera si esta no representaba la prolongación de aquel.

Ya se sabe: CAUDILLISMO.   ¿Y bien?

Jamás las multitudes han sabido, ni sabrán orientarse por sí mismas. Jamás podrán prescindir del guía, de la cabeza, del máximo responsable que sea a la vez su próxima esperanza. Es ley natural que la cabeza mande al cuerpo. Lo es que la unidad simbólica marque el paso a la cantidad. Sin la encarnación del caudillo, dirigente, conductor, como se llamare, masas no son más que una expresión aritmética y arrastran una existencia nómada, yendo de un lado a otro en busca sólo de los mejores pastos.

Menocal era un caudillo. Apasionado. Provocaba pasiones. Preferible a que fuera totalmente desapasionado y creara el encogimiento de hombros. En plena pelea implacable con el contrario, pero imprescindible para el partidario. La frase manida «es amigo de sus amigos», se acuñó para Menocal. Hay que huir de quienes no castigan agravios ni premian favores. 

Vulgar el concepto, perfectamente; pero nada tan vulgar como el hombre de carne y hueso con que operan los líderes y con que se operan las grandes transformaciones sociales. Menocal fue un hombre de carne y hueso que movió por impulsos humanos a hombres de sensibilidad semejante a la suya. Por eso movilizó tan formidable fuerza de opinión. Por eso más reinó más que actuó, durante treinta años largos. Por eso fue el índice de muchos acontecimientos históricos.   Por eso, cuando no fue el índice, fue un factor de importancia en hechos decisivos. El rasgo esencial de su carácter fue la energía.

Por enérgico se lanzó a la manigua. Por enérgico llegó a Mayor General. Por enérgico asumió la Jefatura de la policía habanera. Por enérgico le confiaron la administración del «Chaparra». Por enérgico lo eligieron presidente de la República. Por enérgico, en cada crisis de su partido, fueron los conservadores a dar aldabonazos a su puerta. Y ha muerto casi en campaña. Un golpe fulminante. La inconsciencia. El tránsito insensible hacia la posteridad. Y la apoteosis. 

Acaso el amor a la tierra le viniera del padre, criollo de grandes virtudes. Acaso la energía fuera heredada de la madre, cubana de romance que entregó todos sus hijos a la patria. A la familia se le envolvía en una admiración generalizadora: «los Menocal».

Chaparra fue su obra, Con el tiempo, Chaparra fue un símbolo. Fue un feudo; pero lo gobernaba un gran señor que era un hidalgo rural. La barbilla en punta, la elegancia británica, cierta reserva discreta, el porte, la historia, la aureola, lo señalaban para la dirección del país. Desde luego, esto no impedía que los liberales fuésemos siempre liberales. En otra época no era igual una cosa que la otra, a despecho de la famosa afirmación de Lanuza: «Nada se parece tanto a un liberal como un conservador». Error explicable en un escéptico que era además un hombre de gabinete y no de plaza pública. Cambiar de opinión entonces equivalía un poco a desconceptuarse. Los polos opuestos eran el conservador y el liberal. Un amigo mío, para expresar el colmo de la negación, decía de cierta persona «Para no dejar de ser, es…  hasta conservador.

Con Menocal desaparece el último de los mayores generales. Con él, como con cada uno de los caudillos libertadores que mueren, se va un jirón de nuestra historia. Se va un pedazo de la Cuba verdadera. Y sin disputa alguna, se va la democracia. El día en que fallezca el último general mambí, se habrá ido posiblemente el último demócrata. No es cuestión de temperamento, sino de formación ideológica. El que luchó en la manigua sabe bien, y no lo olvida, cómo se hizo la independencia de Cuba. El resto, lo encontró todo hecho y buscó la postura más provechosa o cómoda. 

Por algo durante tres días se vieron largas filas de personas que pronuncian, en voz baja el nombre del general Menocal. Toda apoteosis popular tiene su explicación. Ninguna es absurda. En frío, sin los excitantes de las rivalidades electorales, sin lindes de militancia política ni de clasificación social, el gentío ha desfilado por delante del féretro del último caudillo y lo acompañará hasta el panteón. Por algo será. Es que el balance lo favorece. Es que ciertos errores se perdonan y ciertos antecedentes favorables no se olvidan en última instancia. A Menocal lo exculpa, creo, el sentido alerta de la democracia, como yo la entiendo.

Su muerte, dolorosa siempre, ahora es inoportuna. Muere—sin cliché, sin tópico de ocasión—-cuando más necesario era para el equilibrio de Cuba. Su súbita fuga por la única puerta que a nadie se cierra, plantea una interrogación. ¿Quién lo sucede? ¿Quién es capaz de ocupar con éxito su sitio? Estamos en la transición, a un paso de la completa normalidad constitucional. Es por lo tanto la hora en que más falta hace el equilibrio, el freno moderador, el contrapeso. Menocal era ese punto de equilibrio, ese freno, ese contrapeso conservador. Negar que las fuerzas conservadoras son indispensables es negar la razón de ser del régimen. Menocal era el semáforo del conservatismo. Su presencia unificaba, daba una tónica al campo conservador. Y nivelaba los platillos.

Hombres de su tipo hay dos en Cuba hoy día; el coronel Batista y el doctor Grau San Martín. Sólo que los dos de igual procedencia, quizás de igual mentalidad revolucionaria. Pero esa similitud, que pone toda la carga sobre un ala sola de esperanza, crea el desequilibrio y la desorientación. Por el momento el instinto del riesgo, el de conservación, aseguró a conjuntistas y demócratas republicanos. Pero será circunstancial y relativo el efecto, En seguida empezarán las luchas por la sucesión. La herencia política será disputada, La querella se ensanchará. Y la historia se repetirá. Nosotros mismos, liberales, andamos desde que perdimos el centro de gravedad que siempre representan los caudillos, como una fuerza nómada. Muerto Menocal, faltará la voz que nadie discute, el índice que todos siguen, la consigna que unos y otros obedecen.

Con Menocal desaparece esa extraña palabra, que es la energía. Los que como yo nos hallamos un poco viejos dentro de un estado de cosas un poco nuevo, sentimos la muerte del gran mambí como algo muy cercano, por encima de las banderías, de los recuerdos de campañas, de las miserias de la calle. Y si la pena de un adversario leal de años se da por buena, ruego que se me deje— sin comentario —secarme a hurtadillas una lágrima sincera. 

El domingo 7 de septiembre de 1941, a las 8:05 de la mañana, rodeado de toda su familia, dejó de existir a los 75 años, el ex presidente de la República y Mayor General de nuestra Guerra de Independencia, Mario García Menocal y Deop. Vida como la del general Menocal no precisan del elogio ni de la recordación. Nuestra independencia nacional y nuestra existencia como nación libre están tan entrañablemente ligadas a la vida del fallecido general que la historia patria se confunde en ocasiones con la propia historia del glorioso mambí. Como hombre, el General Menocal habrá tenido sus errores y sus debilidades, sus desaciertos y sus fracasos, pero a la hora de hacer el balance de su vida recia y honesta, hay que proclamar noblemente su caballerosidad intachable, su hombría de bien y su encendido patriotismo.

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