Byrne, Acosta, Nodarse y Valdés Astolfi con su poesía y prosa enaltecieron a su Matanzas natal

Written by Libre Online

3 de noviembre de 2021

TORRES   DE HUMO

(Fragmentos del prólogo)

Torres de humo. Aquello que se esconde con hila útil timidez entre los grandes árboles, ¿que es? Aquello que se esconde entre los grandes árboles es una choza. La anuncia una fina sierpe de humo que sube como de una ancha pipa que sostuviese sobre la tierra un fumador invisible. La puerta de la choza está siempre abierta para los que vienen de muy lejos y quieren descansar, y también para aquellos que se detienen a beber un poco de agua, deseosos de que se les pregunte hacia dónde se dirigen, de modo (pie la respuesta decida su rumbo. Seres que nunca saben a dónde van, que ni siquiera saben si van a parte alguna… Llegan, se detienen, miran con esa timidez un poco triste de los ca-nrinantes, que los hace sospechosos a los (pie viven a. la orilla de los caminos.

Vamos hacia la choza. El fino hilo de humo está denunciando prosperidad, porque el humo no es amigo de la . miseria. La cocina de la choza debe de ser un pequeño recinto en el cual hay relucientes calderos, y donde colgados para el diario consumo grandes trozos de carne se tuestan y ahuman bajo la chimenea.

Las veladas de esta casa serán tranquilas, sosegadas: serán como es la dicha cuando hay humo en los hornos de pan, y cuando un humo que no se conoce, que no se puede ver, flota en torno nuestro como un protector vaho divino.

Allí estaba, tirado sobre una tarima que una estera china cubría de grotescos dragones. La cabeza, apoyada sobre un trozo -de madera forrado de piel obscura, casi colgado de la absurda almohada. Bu torno tic todo había una vagarosa niebla de humo que olía a hierba verde que se estuviera quemando; olor de algo crudo, desagradable, humano. Tenía cerrados los ojos, pero sonreía como sí estuviese mirando cosas bellas. Cuando una mano invisible descorrió las cortinas que estaban al fondo del pequeño recinto, vimos (pie amarilleaba en el fondo obscuro el rostro de un chino. Entonces él abrió los ojos. Encendió una lámpara cuyo tamaño no era mayor que un tintero de mujer, y comenzó a fumar algo negro que ardía en la punta de una aguja de plata. El olor, entonces, se hizo más desagradable. Era de ver  cómo la punta de la aguja tocaba el fondo de un platillo lleno de un líquido espeso, y cómo al contacto frecuente de la aguja con la bombilla de la lámpara de juguete, la punta del delgado instrumento se hacía redonda, como si le saliese de no se sabe dónde la substancia combustible…

Todo se nubló al fin. Ya no era más que humo todo aquello, y un idioma extraño se ladraba en el recinto emparedado de pesadas cortinas.

Cuando salimos a la luz de la mañana y el aire nos acogió con caricia de amigo, era otro el humo que huía hacia los ciclos desde la ciudad dormida en molicies viciosas. Era otro el humo-, más negro, más alto, más denso. Y nos pareció que en el cielo, medio abierta entre dos nubes blancas, había una puerta que estaba esperando la llegada de alguna cosa que ni ella misma conocía…

Torres de humo. ¿Hacia dónde van los frágiles caprichos azules, los encajes serpentinos, los endebles anillos? Fueron, oh árbol, parte de ti mismo; ramas sobre las «niales, en las claras noches o en las dulces mañanas, los pájaros de la selva cantaron a. la luna redonda o al viejo sol querido, padre de la alegría. Fueron hierbas aromáticas de países que están lejos y que el vago deseo aproxima en fuerza de soñarlos. Fueron, oh tierra que ahora sientes la despedida! —pedazos de tu entraña, negros, tan negros que el diamante estaba entre ellos avergonzado de su blancura diáfana. Espíritu, soplo: lo que acaso fué siempre ajeno a tí, árbol, a tí, hierba, exótica, a ti, tierra madre! Soplo, espíritu! Apresados fueron por el tronco y por la veta (pie yacía en el subsuelo para desprenderse cuando el fuego la purificara. Así van ahora, indiferentes a todo cuanto dejan aquí abajo, como si todo esto fuera extraño a su desintegración irremediable, indiferentes a todos menos a los vientos sobre los cuales columpian su evanescencia monito-ra de nuestros anhelos más íntimos.

Allá van… Un pedazo de sierpe «o quedó en una nube, y así, sierpe tronchada, con cabeza de pájaro, siguió su rumbo. No llegarás a la puerta del cielo, voluta azul, alma de los robles quemados, porque San Pedro lia dado aviso a los ángeles y San Miguel está entre ellos… Tú sabes lo demás. El viento te dio una forma (pie no es grata a los moradores d© allá arriba, y será forzoso que te detengas a la entrada y vagues por las desiertas salas donde desde hace millones de años esperan a sus príncipes las pacientes estrellas. No de otro modo, voluta, soplo, espíritu, vagamos nosotros por acá, tocando en vano a las puertas que nunca se abren y recorriendo todos los caminos de la Tierra. Recorriendo todos los caminos hasta el día en que se abra a los ojos que nadie ve, el camino ancho a cuyo extremo la puerta divina está siempre abierta para los (pie la soñaron y la merecieron.

Agustín Acosta.

Jagüey Grande, 1932.

Un poema de carne viviente,

con la noche prendida al cabello.

Pequeñita la boca riente

y la gracia del cisne en el cuello.

Majestad soberana que alegras.

Labios rojos igual que las guindas;

con pupilas tan hondas y negras

y con manos de seda, tan lindas.

Tal pasaste a mi lado, poema

delicioso de gracia suprema;

escultura de carne viviente,

con la noche prendida al cabello;

pequeñita la boca riente

y la gracia del cisne en el cuello.

José F. Nodarse.

Lo que dice el amor (1)

¡Arbitro soy del alma  de las cosas!  

¡Dueño absoluto de la especie humana! 

Con mi aliento fecundo la mañana  

y embalsamo las savias generosas.   

Me persiguen las vírgenes hermosas,  

de mi sonrisa la ilusión emana,  

y respiro en la atmósfera lejana,  

sembrando estrellas y esparciendo rosas.   

¡Seguro estoy de mi poder!   Si un día,

sobre la vasta inmensidad del suelo 

se desplomase la región vacía;   

para premiar mi generoso anhelo,  

Dios dejará sobre la frente mía,  

prendido el sol y aprisionado el cielo! 

1906 

B. Byrne

 (1) Este soneto es inédito en Cuba y fue premiado con 200 pesos en metálica en un concurso organizado por el Ayuntamiento de la Habana, estando integrado el tribunal que discernió los premios por el  Dr. Guillermo Domínguez Roldán, Catedrático de la Universidad; el General José Miró Argenter y el Sr. Pedro Esteban, Marqués de Esteban.

FRÍVOLA

Erase una chiquilla veleidosa y coqueta;

el flirt la seducía con fuerza de pasión;

jugó siempre en amores como en una ruleta,

y engañó a sus amantes por cruel delectación.

Jamás supo su alma del horrible quebranto,

de los amores idos ni de la ausencia cruel;

ni supieron sus ojos la amargura del llanto,

ni le inquietó la espera del soñado doncel.

Mas, resultó que aquella chiquilla pizpireta,

que jugaba en amores como en una ruleta,

y engañó a sus amantes por frivola emoción;

se arriesgó tanto y tanto en su absurda porfía,

que en una tarde infausta, de cierto infausto día,

tras de una apuesta loca perdió su corazón.

J. E. Valdés Astolfi.

Cuatro poetas y Ocho mártires matanceros

EL ESCÉPTICO

Como si por su vida no pasara

ni un pequeño destello de alegría,

con la faz melancólica y sombría

de la gente contempla la algazara.

Nada turba su paz; cual si mirara

como baldón la humana algarabía,

una obscura expresión amarga y fría

se refleja, a intervalos, en su cara.

Es un decepcionado; el espejismo

de un falso bien, labró el escepticismo

en que su herido corazón se escuda.

Y hoy, aunque el goce su canción le cante,

nada disipará de su semblante

la impenetrable -sombra de la duda.

Plácido Julio González.

A TI

¿Has muerto? No: la muerte tras sí lleva el olvido,

Y aun te recuerdo yo.

La muerte, dulce madre, tu forma ha destruido;

Pero tu imagen no.

Mas ,¡ah! si tú en mi alma no has muerto todavía,

Mañana ¿vivirás?

¡Oh, sí! mientras aliente—¡lo juro, madre mía!—

No has de morir jamás.

¡Jamás! Aunque el destino te doblegó en mal hora,

Fue vano su rigor:

¿Mi gloria un tiempo fuiste? Serás mi culto ahora:

¡Tú siempre eres mi amor!

Contigo en todas partes, contigo noche y día

Me sentirás vivir:

Que en tanto que yo alíente—lo sabes madre mía—

No puedes tú morir.

Y aun vivirás conmigo cuando mi sien no lata:

Que iré a buscarte a Dios,

Y el rayo de su gloria, que ardiente te arrebata,

Será para los dos.

No importa que hoy pregunte con afligido acento:

Mi madre ¿dónde está?

No importa que mis lágrimas respondan al momento;

¡Mi madre ha muerto ya!

Para adorarla siempre, del pecho en lo profundo

Tu imagen llevo yo:

Las madres ¡madre mía! se mueren para el mundo..

¡Para, sus hijos, no!

Diego Vicente Tejera. 1874

MÁRTIRES FUSILADOS

Relación de los patriotas que por simpatizar con la independencia de Cuba fueron fusilados en la tercera glorieta del Paseo de Martí (antes Santa Cristina) o sea donde se levantó un monumento.

1895

Domingo Mujica Carratalá, de 29 años, natural de Jovellanos, fusilado a las 6 de la mañana del día 6 de agosto. Su madre imploró clemencia al Gral. Martínez Campos, pero éste se la negó.

1896

Fulgencio Sánchez Orihuela, de 20 años, natural de Jovellanos, a las 6 de la mañana del 5 de agosto.

Pedro O’Farrel, natural de Madruga, el mismo día y hora.

Ricardo Barrios Robado, natural de Ceiba Mocha, a las 6 de la mañana del 8 de agosto.

Amado Maristany Pérez, natural de Recreo, Matanzas, a las 6 de la mañana del 10 de agosto.

Bernardino Rodríguez Estévez de 23 años, natural de Santa Ana, Matanzas, a las 6 de la mañana del 14 de agosto.

José Miguel Carrillo, de 23 años, natural de Guamutas, Matanzas, a las 6 de la mañana del 17 de agosto.

Felipe Espíndola Travieso, de 25 años, natural de Bolondrón, Matanzas, a las 6 de la mañana del 24 de agosto.

Cuando natura se duerma en calma;

Cuando no suene ningún rumor,

Y, cual céfiro, vague su alma..

De vuestros broches en derredor…,

Decidle, flores, pero quedito,

Que anoche en sueños su voz oí,

Y que al instante, con infinito

Placer, su dulce cita acogí.

Decidle en tono blando, muy blando,

Que hacia el sepulcro muevo mi pie;

Que ya la fiebre me está abrasando. . .

Que yo a la cita no faltaré.

Quedad, oh flores! Con mis suspiros,

Vuestros perfumes le brindaréis;

Pero ¡cuidado! no logre oíros

El aura leve cuando le habléis.

Quiero sin tregua llorar en tanto,

Y cuando el alba mire brillar,

Lívida, trémula, bañada en llanto,

 Vuestras corola vendré a besar.

Diego Vicente Tejera. 1870

JUNTO AL ÁLAMO

Fue una tarde muriente, junto al álamo viejo

cuyas ramas coposas el Otoño agostó,

ya del sol mortecino el postrero reflejo,

como un ruego del cielo su rostro iluminó.

Era entonces muy bella; yo no sé si por eso

más ardientes mis ansias dominaron mi fe,

y en el dulce silencio de la tarde, un beso

irrumpió como un grito de pasión, —yo no sé—.

Pero sí desde entonces, cuando he vuelto a buscarla

junto al álamo, nunca he podido encontrarla:

y del sol mortecino el postrero reflejo,

cuando se hunde la tarde con su góndola roja,

ilumina las ramas de aquel álamo viejo,

que parece que gime su doliente congoja.

Juan M. Rodríguez.

ELISA

Sobre su tumba quiero esparciros,

Flores efímeras, flores de ayer

¿Lleváis la cuenta de mis suspiros?

¿Sabéis ya todas mi padecer?

A medio día, y en sitio ameno,

Os vi brillantes, ricas de olor,

Y colocándoos sobre mi seno,

Os dije al punto todo mi amor.

Felices flores! Solas, en breve,

Junto a mi amado reposaréis.

Quedad, amigas, y al aura leve

Lo que os he dicho no reveléis.

Mas, cuando llena de pesadumbre,

Vuelva mis pasos a la ciudad;

Cuando la luna pálida alumbre

de este recinto la soledad;

Una tarde, en el cementerio de una población de Cataluña, vi a una pobre muchacha, toda llorosa, que adornaba con flores la cruz, de una modesta tumba. Esa acción y el aspecto enfermizo de la joven me interesaron vivamente. Tomé informes y supe que la infeliz estaba tísica y que hacía poco tiempo que había perdido su novio.

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