BRASIL: EL GRAN PAÍS DEL FUTURO ETERNO

Written by Adalberto Sardiñas

12 de octubre de 2022

Winston Churchill, allá por la década de los 60’s, al ser preguntado en una entrevista periodística sobre el potencial de Brasil, dijo: “Brasil siempre será el país del futuro”. Pero, en realidad, pasado medio siglo de aquella expresión del brillante estadista inglés, Brasil sigue siendo el país del futuro elusivo.  Es como el tren que nunca llega. Vive, en una espera eterna, aguardando ese prometido futuro grandioso que, por muchas razones, desde la economía, hasta su estratégica posición geopolítica, se merece. Brasil, la primera potencia económica, política, y militar de las Américas, exceptuando a Estados Unidos y Canadá, debe asumir, decididamente, el rol de líder entre las naciones latinoamericanas y no México, como pretende su presidente Andrés Manuel López Obrador.

  Desde hace un siglo, o más, politólogos de diferentes latitudes e ideologías, han concluido con lo anteriormente dicho, basados en su localización, su extensión geográfica, su enorme riqueza natural, el tamaño de su población, tocando ya los 215 millones, y sus características particulares, que lo hacen, indiscutiblemente, el líder político y económico de América Latina. Pero esas proyecciones, todas lógicas, naturales, e inevitables, siempre se han quedado para el futuro y ese futuro parece estar confinado a una indefinida eternidad. ¿Por qué? 

  Este estancamiento, o parálisis, de la nación más importante de nuestra región, obedece, en primer lugar, a la reticencia o carencia de coraje de sus líderes a tomar la responsabilidad de un liderazgo que naturalmente le corresponde. Brasil es un gigante, entre todas las naciones del continente, que vive, ilógicamente, en el letargo del fututo perenne. Y no es, ni justo, ni entendible al modo político natural. 

  Traigo estos comentarios a raíz de las elecciones presidenciales que toman lugar en estos momentos en Brasil, donde se debate un proceso electoral en un tono populista por parte de ambos candidatos, el actual presidente, Jair Bolsonaro, y el ex presidente Luis Inacio Lula da Silva.

  Como ninguno de los candidatos obtuvo el 50% en las elecciones del domingo, habrá una segunda vuelta señalada para el 30 de octubre.

   Todos los “polls”, de nuevo equivocados, daban como posible ganador a Lula, con una ventaja de 10 a 15 puntos sobre Bolsonaro; pero los resultados fueron mucho más apretados que lo previsto y terminaron Lula con 48.2% y Bolsonaro con 43.4%, diferencia que debe ser resuelta en la segunda vuelta.

  Todas las elecciones presidenciales, en cualquier nación, tienen algo de interesante. Se trata, supuestamente, del destino del país. Y eso no es cosa de juego. Sin embargo, éstas, exhiben peculiaridades no acostumbradas, con uno de los candidatos, Lula da Silva, con un extenso récord de corrupción que lo envió a prisión, y que, según las encuestas, podría ser electo nuevamente a la presidencia.

  No obstante, a juzgar por los números de la primera encuesta el pasado domingo 2, del mes en curso, las posibilidades de un triunfo de Jair Bolsonaro en la segunda vuelta, no deben ser desechadas, y algunos expertos políticos de Brasil, afirman que el presidente será reelegido.

  Conviene advertir, que, en el presente ambiente político en la parte sur de nuestro continente, donde la corriente izquierdista avanza sin detención, las elecciones presidenciales de Brasil alcanzan una relevancia de perspectivas elevadísimas.

  El votante brasileiro se encuentra en la disyuntiva entre un regreso a la corrupción extrema de Lula, y su gavilla de bandidos, o la reelección de Bolsonaro, que, aunque lejos de la perfección, no ha tenido acusaciones a larga escala de impropiedades en su gestión de gobierno.

  Lula durante sus dos términos en la presidencia, acumuló vulnerabilidades que aún lo persiguen, y que le pudieran arrebatar sus aspiraciones, como el episodio de la Operación “Car Wash”, que culminó con el descubrimiento de una cadena de racquets que envolvía bancos de desarrollo, mal uso de fondos de la compañía petrolera Petrobras, lavado de dinero, sobornos, y diversos otros crímenes asociados con el Partido de los Trabajadores que fue el trampolín que lo impulsó a la presidencia.

  Todas estas actividades ilícitas, perpetradas desde la presidencia, las pagó Lula a un alto precio.

  En el año 2017, luego de una larga investigación por la fiscalía federal, explotó la bomba de la corruptela, y Luiz Inacio Lula da Silva, entonces ex presidente, fue condenado a una sentencia de nueve años, posteriormente aumentada a doce, por otra corte, por los delitos de corrupción y lavado de dinero.

  El año pasado, después de otros fallidos intentos anteriores, la Corte Suprema encontró que Lula había sido juzgado en una jurisdicción equivocada, y la condena, consecuentemente, por virtud de un tecnicismo jurídico, fue anulada, y Lula fue liberado, pero nunca exonerado.

  Con estos antecedentes, Brasil se enfrenta el 30 de octubre, a dos candidatos bien conocidos:  Lula, con la imagen de un benevolente populista, con un pasado criminal prometiendo moderación, y Bolsonaro proyectando un conservadurismo cultural que ha traído a su país un marcado avance económico pese a los efectos de la pandemia. Los resultados de la primera vuelta pueden ser el preludio para un chance de triunfo en su segunda oportunidad, contando con que los brasileiros, no hayan olvidado los costosos tropiezos de Lula con la ley.

  Cualquiera que sea el veredicto de los votantes, Brasil seguirá siendo, siempre, el país del futuro.

BALCÓN AL MUNDO

La OPEC+ es ese cartel que controla y chantajea al mundo con la producción de un producto esencial para el funcionamiento normal de la economía mundial. Los países que integran esa entidad saben, con absoluta certeza, lo imprescindible de su valor. Lo necesario que resulta para las necesidades humanas, aparte de los beneficios que ofrece para el disfrute más placentero de la vida, como el automóvil, el avión, el aire acondicionado y los muchos artículos de primera necesidad que se derivan de él. Tanto lo saben, que, con todo su derecho, lo explotan al máximo.

  Se trata del petróleo. Quiéranlo o no los alucinados del cambio climático, los agoreros de la calamidad global, el petróleo y el gas son comodidades de las cuales el ser humano, en este siglo XXI, no pueden, todavía, prescindir de él.

  Es un factor tan determinante, que nadie, en sus plenos cabales, puede o debe ignorar. Pero hay quienes, en una ciega y absurda obsesión, pretenden su eliminación aduciendo teorías controversiales, y muy discutibles, con la espeluznante amenaza del extermino de nuestro planeta en la próxima década.

  El presidente Joe Biden es uno de ellos, aunque no llega a extremos fatalistas. Su posición es la del rompecabezas. Por un lado, quiere liquidar, eliminar, la industria energética, sobre todo en lo que se refiere al gas y petróleo; y por el otro, implora a los árabes, a Venezuela, a la OPEP, y a cualquier nación que tenga petróleo, que extraiga, por favor, el máximo de sus pozos. En resumen, la OPEP no aumentará su producción, sino que, al contrario, la reducirá en 2 millones de barriles diarios, para confirmar aquello de que, al que no quiere caldo, tres tazas.

  El presidente nos recuerda aquel formidable comediante argentino, Pepe Biondi, que, en medio de su confusión, repetía: ¿dónde me pongo, ¿dónde me pongo?

  Decídase, Sr. presidente: o con los ambientalistas, o con el pueblo que sufre el alto costo de la gasolina debido a su errónea política energética.

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  Vladimir Putin, con el aplauso y aprobación del parlamento ruso anexó cuatro poblaciones, ciudades, o extensiones de terreno a los que ni siquiera controla. El ejército ruso las mantuvo por un breve espacio de tiempo, pero los ucranianos lo sacaron con ofensivas exitosas que obligaron a las tropas a dejar armas, municiones y tanques que ahora son usados por el ejército ucraniano.

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  Cuatro narcosobrinos venezolanos delincuentes fueron canjeados por siete americanos, personas decentes, que Nicolás Maduro había condenado para mantenerlos como fichas de intercambio político. El canje no ha sido más que una desvergüenza procaz en nombre de la compasión humana.

  Pero éste es el comienzo. Detrás se esconde la maniobra de Biden de acercarse a Maduro en busca de petróleo. Habrá entente. Maduro sabe que ya no puede contar con la ayuda rusa y los chinos, a su vez, como Estados Unidos, sólo quieren el petróleo venezolano que es abundante, pero solamente requiere el “know how” tecnológico para extraerlo en cantidad adecuada para su exportación.

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   Todo parece indicar que el futuro de Díaz Canel como presidente de Cuba se está reduciendo. Algunos aseguran que la alta jerarquía comunista está disgustada con su actuación y que sólo lo sostiene en su posición el apoyo de Raúl Castro cuya salud es muy cuestionable.

   Pero, en realidad, qué importa, y a quién le importa Díaz Canel en Cuba, si los que mandan, en definitiva, son los militares. Su presencia o ausencia del panorama nacional, será siempre irrelevante.  Él lo sabe, y nosotros también.                                     

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