Por JORGE QUINTANA (1956)
Benjamín Guerra fue la probidad al servicio del patriotismo cubano. Cuando José Martí lo encontró en la emigración, era ya un joven que se abría fácilmente camino en el mundo de los negocios en Nueva York. Formaba parte de la acreditada firma Barranco, Guerra y Compañía, de fina prosapia mambisa. El Apóstol le vio y, de un golpe, adivinó al hombre. No le fue muy difícil atraerlo a su justa causa. Benjamín Guerra ardía en deseos de ser útil a la lucha de su patria esclavizada y no escatimó sacrificios en la hora misma en que Martí le invitó a ayudarle en el empeño libertador.
Un 12 de agosto nació Benjamín Guerra y Escobar. Solamente sabemos que esta fue la fecha del día y el mes, pues se supone que el año fue 1856, pero no hay seguridad de ello. Se sabe que nació en Camagüey y es muy probable que allí fuese bautizado, pero hasta el presente no se ha encontrado su partida bautismal. Ojalá que la publicación de esta nota biográfica incite a algún investigador camagüeyano a buscar en las iglesias de la ciudad, alrededor de esta fecha de 1856, para ver si logra dar con un dato tan importante. Si se supiera con exactitud la fecha, sería posible organizar algún acto para conmemorar el natalicio.
Su padre se llamaba José Manuel Guerra y Omeros y se hallaba emparentado con el marqués de Santa Lucía. Su madre, doña Eloísa Escobar, era también de prosapia criolla. De aquel matrimonio Guerra-Escobar nacieron dos hijos, Benjamín y América. Apenas tenían unos pocos años de edad los niños cuando el padre, dejándose llevar por su espíritu aventurero, se dirigió a Venezuela para tomar parte en uno de los últimos movimientos revolucionarios organizados por el general José Antonio Páez. Se ignora dónde murió o cuál fue su fin. Lo cierto es que la madre y los niños quedaron abandonados en la casa de los abuelos, que los recogieron y trataron de educarlos de acuerdo con sus posibilidades.
El inicio de la Guerra de los Diez Años sorprendió a Benjamín Guerra viviendo en Camagüey. Tendría unos doce años cuando los camagüeyanos se sumaron a la rebelión iniciada en La Demajagua. Como muchas familias camagüeyanas salieron a la manigua, la de Benjamín Guerra no fue una excepción. Pero en Nuevitas habría de quedarse el abuelo, obligado a presentarse todos los días ante el gobernador, que le había dado la ciudad por prisión.
En un bohío, en la manigua, se habían refugiado su mujer, la señora Escobar, y sus hijos Benjamín y América. Un día, la celosa autoridad dejó en libertad al pobre viejo. Inmediatamente salió para el campo a reunirse con su familia. Por el camino se encontró con el nieto, que venía a inquirir noticias. Adelantándose al abuelo, llegó el muchacho al bohío. Cuando llegó el viejo patriota, se encontró, en la puerta, a la mujer estoica. En la mano tenía una bandera cubana.
Emocionado aquel hombre, que acababa de escaparse de las garras de los españoles, se quitó respetuosamente el sombrero e improvisó una décima. Benjamín Guerra no olvidaría jamás la escena. Años más tarde la relataba en la emigración. José Martí la recogió en una nota que publicó en Patria. Por ella nos enteramos de aquel suceso, perdido entre las brumas de sus años infantiles.
Acosada por el hambre, la familia retornó a la ciudad. Primero fue a Camagüey; después, la madre y los dos hijos se trasladaron a Cárdenas. Veintitrés años tenía Benjamín Guerra cuando ya sostenía a su familia con su trabajo como tenedor de libros en una casa comercial cardenense. Por esta época ingresó en la masonería, siendo uno de los muchos patriotas que buscaron en ella inspiración y aliento para proseguir la obra redentora.
En 1882 se embarcó para Nueva Orleans. Iba en busca de nuevos horizontes para sus actividades. La Guerra de los Diez Años había naufragado entre el episodio claudicante del Pacto del Zanjón y el esfuerzo perdido de la Guerra Chiquita. En Nueva Orleans trabajó y estudió inglés. Su espíritu cultivado le despertó gran afición por el teatro y la literatura. De la antigua capital de Luisiana se dirigió a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la firma Barranco y Hermanos.
Los hermanos Barranco eran también de familia camagüeyana. En cierta forma se hallaban emparentados con Benjamín Guerra; como él, tenían bien tersa la cuerda del patriotismo. Uno de ellos, Agustín Barranco, en 1868 se incorporó a la legión de camagüeyanos que secundaron al marqués de Santa Lucía en su empeño de sublevar la región camagüeyana e incorporarla al proceso revolucionario iniciado en La Demajagua.
Llegó a ser oficial de las fuerzas insurrectas. Hecho prisionero, fue conducido a la fortaleza de La Cabaña, en La Habana, juzgado por un consejo de guerra y condenado a la pena de muerte. Un providencial indulto concedido por el gobierno español le salvó la vida, pero tuvo que ir a presidio a sufrir la pena de cadena perpetua. De La Cabaña lo trasladaron a Ceuta y de allí a Madrid.
En 1882 se escapó de la capital española, refugiándose en Nueva York, donde, unido a su hermano Manuel, colaboró en la firma Barranco y Hermanos, que operaba en el ramo de tabacos y víveres, con oficinas y almacenes en Nueva York y Key West. En 1883 falleció Agustín Barranco. Benjamín Guerra, que trabajaba en la firma, fue incorporado como socio de la empresa. La firma cambió su nombre por el de Barranco, Guerra y Cía.
Por esa época comenzó a mantener relaciones amorosas con Ubaldina Barranco y Guerra, de quien era primo hermano. El 24 de mayo de 1885 contrajo matrimonio. La ceremonia se verificó en la iglesia de San Francisco Javier, en Nueva York.
José Martí comenzaba a destacarse en la colonia cubana de Nueva York. Trabajaba como corresponsal para periódicos americanos como La Nación, de Buenos Aires; La Opinión Nacional, de Caracas, y El Partido Liberal, de México. Desempeñaba los consulados de Uruguay, Paraguay y Argentina. Hablaba, evidenciando en cada palabra todo el dolor angustioso de la patria irredenta.
Benjamín Guerra lo conoció en las actividades de la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Cuando Martí y Guerra comenzaron a tratarse, la familia del joven camagüeyano tenía dos hijas: Ubaldina Guerra Barranco, que había nacido el 16 de marzo de 1886, y Francisca Guerra Barranco, nacida el 6 de junio del año siguiente. Ubaldina vivió en los Estados Unidos; Francisca se desempeñó en una modesta cátedra de idiomas en la Escuela Normal para Maestros de La Habana.
Benjamín Guerra trabajaba en la Sección de Teatros de la Literaria Hispanoamericana. Poseía una excelente biblioteca y un hogar. A Martí le agradaba visitar aquella casa donde se encontraba todo lo que él añoraba: unos brazos amantes y sinceros, la tranquilidad de una casa confortable y el amable remanso de los buenos libros.
Por las cartas que Martí escribió a Benjamín Guerra por esta época se puede comprender muy bien cuán grata le era aquella vida hogareña. Le agradaba ir a jugar con las niñas, estar atento a los pequeños detalles de una visita, de unos versos, de un regalo.
Hacia 1890, ya Benjamín Guerra estaba entregado, en cuerpo y alma, a la gran obra emprendida por Martí. En diciembre de 1891 hizo una visita a Cuba. Vino con su mujer e hijas. Simuló que iba a pasar las Navidades con su familia cubana, pero en realidad lo que hizo fue auscultar el ambiente.
En La Habana se entrevistó con Rafael Montoro y Miguel Figueroa, dos actitudes disímiles dentro del campo autonomista. Montoro era la reflexión. Sinceramente creía que el autonomismo era la vía por la cual Cuba podía lograr su superación política, económica y social. Miguel Figueroa, por el contrario, consideraba al autonomismo un vehículo para empujar a Cuba por el sendero de la revolución.
En enero de 1892 retornó a Nueva York. Por esta época obtuvo un premio por su estudio sobre la Avellaneda. El premio consistió en una pluma de oro donada por la señora Juana Varona de Quesada, hermana de aquel ínclito guerrero, Bernabé Varona, fusilado entre los primeros prisioneros capturados en el Virginius.
José Martí estaba entregado a la empresa de unificar a la emigración. No se trataba de destruir la base ya echada en los clubes. De lo que se trataba era de articular la acción de estos, haciéndola coincidir en el propósito. Para llevar a cabo sus deseos, el Apóstol disponía de un periódico, Patria, donde Benjamín Guerra colaboraba eficazmente.
No le fue difícil a Martí convencer a los líderes de la emigración de su propósito. Casi diríamos que la semilla estaba abonada. Nunca un grupo de patriotas cubanos en el exilio ofreció mayores muestras de espíritu de cohesión y disciplina revolucionaria. El Partido Revolucionario Cubano se convirtió en el instrumento idóneo para el logro de esa aspiración común.
José Martí fue electo Delegado y Benjamín Guerra, su tesorero. Desde entonces, hasta diciembre de 1898, en que el Partido Revolucionario Cubano fue disuelto, Benjamín Guerra desempeñó ese importante cargo. El 8 de abril de 1892 tuvo lugar la elección. Martí calificó a Benjamín Guerra de “hombre eficaz y juicioso”.
Días después, comentando aquella elección en las páginas de Patria, Martí escribió:
“No pudo el tesoro del Partido caer en manos más acreditadas, y es justo que los caudales que acumula el amor a la libertad estén bajo la custodia del que, en los días de más decaimiento, supo mantenerse y ayudar a que se mantuviese con desinterés y tesón. Cuando los fieles a la bandera plegada no estaban tan visibles, en los fríos del Norte, como están hoy; cuando entre caídas y tentativas veían pocos en verdad el camino por donde se habría de volver al trabajo ordenado y creador de la República, el tesorero electo fue de los primeros en poner donde se necesitaba su peculio, y donde se le viese su persona”.
El 17 de abril de ese mismo año de 1892 se celebró en Hardman Hall el llamado mitin de La Confirmación. Benjamín Guerra habló y, al decir de Martí, “sin palabra sobrante ni idea floja, demarcó la política necesaria, de empuje a la vez que de concierto, del partido de la revolución”.
Al año siguiente, en abril de 1893, volvió a ser reelegido en el cargo. Por esa fecha abrió los libros de la Tesorería de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano. Hasta el día en que se disolvió el Partido quedaron anotadas escrupulosamente todas las partidas de dinero ingresado y los gastos pagados.
En la actualidad, esos libros forman parte del Archivo de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano, en el Archivo Nacional. El 10 de abril, Martí y Guerra resultaron reelegidos. Martí, comentando el mitin donde se hizo pública la reelección de ambos, escribió, a propósito de Guerra, en las columnas de Patria:
“Benjamín Guerra, comerciante sagaz y afortunado, emplea el descanso de su mucha labor, su sólido juicio y su sobrio carácter en preparar a Cuba, con la revolución de la concordia, el estado de propiedad permanente en que la riqueza no viva en el ahogo de la explotación, el susto de la pérdida y la vergüenza de su complicidad inevitable con corruptora tiranía”.
El 3 de septiembre de 1894 nació el hijo más pequeño del matrimonio Guerra-Barranco. Se llamó, como el padre, Benjamín. Unas semanas más tarde, en un día frío del mes de diciembre, murió su socio Manuel Barranco. Para Guerra fue como la muerte de un hermano en todo sentido. Se habían vinculado por los negocios, por el parentesco y también por la afinidad ideológica y el mismo espíritu interesado en servir a la causa de Cuba, por la cual ninguno de los dos hubiese vacilado en sacrificarlo todo: fortuna, comodidad y hasta la vida.
Martí y Quesada acompañaron a Guerra en el piadoso acto de dar cristiana sepultura al cadáver de Barranco en el cementerio de Greenwood.
Los primeros días de 1895 llegaron para Martí, Quesada y Guerra en medio de una febril actividad. El fracaso del llamado Plan de Fernandina trastocó, momentáneamente, los proyectos insurreccionales. Rápidamente, Martí se hizo cargo de la situación, situó a Quesada y a Guerra en el sur de los Estados Unidos y regresó a Nueva York para dar la orden del levantamiento, después de una consulta urgente con los líderes insurrectos que actuaban en la isla.
Una vez dada la orden para la sublevación, Martí partió para Santo Domingo. Iba en busca del mayor general Máximo Gómez. A Costa Rica había enviado a un comisionado, Frank Agramonte, con instrucciones precisas para decidir al mayor general Antonio Maceo a embarcarse en la expedición que confiaba al cuidado del mayor general Flor Crombet.
El 24 de febrero de 1895, el pueblo cubano cumplimentó lo dispuesto por Martí. En la provincia de Oriente se sublevaron Moncada, Masó, Periquito Pérez, Rabí y los hermanos Lora, con un grupo valioso de patriotas cubanos, muchos de los cuales salieron por primera vez a la manigua a cumplir con el deber que la patria les demandaba.
Dos días después, en Montecristi, Martí recibió un cable firmado por Quesada y Guerra, dándole cuenta de la noticia. En Cuba se luchaba. Ya no se podía perder tiempo. Martí se dispuso a partir.
Ese mismo 26 de febrero escribió su primera carta colectiva a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra. Les acusó recibo del cable enviado por ellos y les dio instrucciones para continuar la lucha sin desmayo ni parpadeos.
El 1 de abril, todavía en Montecristi, escribió a Gonzalo de Quesada la carta que hoy conocemos como su Testamento Literario. En ella encargó al discípulo querido lo que había de hacerse con sus libros, sus cuadros y sus papeles. A Benjamín le dejó que escogiera dos de los cinco cuadros de retratos de patriotas que se hallaban en su oficina de Front Street, en Nueva York.
Diez días después, en Cabo Haitiano, a punto de salir para Cuba, escribió una segunda carta colectiva a Quesada y Guerra. Siguieron las instrucciones y los encargos. Todo le preocupaba. Bien sabía él que hasta el más mínimo detalle había de cuidarse para que la obra saliera perfecta y pura.
Benjamín Guerra se encontraba ese día 10 de abril en Tampa. Le alentaba el fervor patriótico de los emigrados.
El 15 de abril, José Martí, ya desembarcado en Cuba, escribió una tercera carta colectiva a Quesada y Guerra. Les contó las peripecias del viaje desde Cabo Haitiano hasta el desembarco en Playitas. En esa misma fecha escribió a Estrada Palma. Refiriéndose a Quesada y Guerra, el Apóstol le dijo al maestro de Central Valley:
“Como a padre lo ven a Vd. Benjamín y Gonzalo, y como de padre le oirán el consejo, para ayudarnos a resistir allá esta campaña”.
El 17 de abril, Benjamín Guerra llegó a Key West. El mismo entusiasmo cubano. La misma decisión patriótica. Luchar y vencer a cualquier precio. El 21 regresó a Tampa, de donde siguió viaje poco después para Jacksonville.
Martí, desde los campos de Cuba, continuó escribiendo a Quesada y a Guerra. El 26 de abril, desde las inmediaciones de Guantánamo, les envió otra carta llena de informes y encargos. En la manigua continuaba siendo el Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Le habían hecho mayor general, pero él seguía siendo, modestamente, el Delegado.
Cuatro días después, desde el campamento de Filipinas, en la región guantanamera, escribió Martí otra carta colectiva a Quesada y Guerra. El 19 de mayo cayó en Dos Ríos.
La noticia no destrozó su obra. Él mismo había preparado el camino con sus advertencias oportunas. El Partido designó a Tomás Estrada Palma para que lo sustituyera en el cargo de Delegado y ratificó a Benjamín Guerra como tesorero y a Gonzalo de Quesada como secretario.
No concluiría aquel año de 1895 sin que volvieran a depositar en él toda su confianza. Los dineros de los tabaqueros, de los ricos, de todo el mundo, se le entregaban sin reservas. Todo sería para la lucha.
De la Guerra de los Diez Años los cubanos habían obtenido muy sabias experiencias. Había que vincular a la emigración al trabajo de los que combatían con las armas en la mano en la manigua. Había que disciplinar la obra cotidiana e inspirar confianza en todo sentido. La misma confianza que inspiraban los generales en los campos de batalla de la isla habían de inspirarla los líderes de la emigración en el extranjero.
Solamente así se podía articular la gran tarea de convertir a la emigración en la retaguardia que cuidara y respaldara al soldado que combatía; solamente así se podía estar enviando a los que luchaban en los campos de la isla, con las sumas generosas entregadas por la emigración, el fusil oportuno, la bala eficaz, el machete heroico, la ropa generosa o la medicina salvadora.
Esta fue la gran obra en la que Benjamín Guerra se empeñó, con más bríos aún después de muerto Martí y con la responsabilidad de un pueblo sublevado.
El Consejo de Gobierno acordó transformar a la Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Delegación Plenipotenciaria en el Extranjero del Gobierno de la República de Cuba en Armas. Don Tomás Estrada Palma fue ratificado en su cargo de Delegado; Benjamín Guerra, en el de tesorero, y Gonzalo de Quesada, en la Secretaría.
A mediados de 1897, Estrada Palma envió a México a Quesada y a Guerra. Iban en misión diplomática y también de propaganda. Salieron de Nueva York, pasaron por Washington y Nueva Orleans y siguieron a México, por tierra, atravesando Texas.
El 30 de agosto de 1897 llegaron a la capital azteca. Manuel Márquez Sterling, que vivía allí su incómodo exilio, los agasajó con un banquete. La colonia cubana se movilizó. Fueron a Veracruz. Intentaron ir a Yucatán.
El 16 de septiembre, Día de la Independencia Mexicana, lo pasaron los dos cubanos en Alvarado, donde la franqueza alvaradeña rebasaba todos los límites de la sinceridad y de lo espontáneo.
El 21 estaba en Puebla. Allí se enteró, por un cable de don Tomás, de que su hija mayor había estado muy enferma, víctima de una epidemia de escarlatina, pero que ya había rebasado todo peligro y se estaba recuperando.
La mujer, estoica y adorable, prefirió no alarmarlo con la noticia cuando la enfermedad hacía crisis, porque el Delegado le había advertido de la importancia de la misión confiada a Guerra y a Quesada. Su abnegación llegó hasta el extremo de ocultarle la enfermedad de la hija para evitarle las preocupaciones o un posible abandono de la misión encomendada.
El 27 de septiembre de 1897 abandonó México, regresando a los Estados Unidos, donde dio cuenta de lo obtenido y se reintegró a su trabajo en la Delegación.
La entrada de los Estados Unidos en la guerra dio a la Delegación una mayor relevancia. Benjamín Guerra estuvo a la altura de lo que exigían las circunstancias. A mediados de ese mismo año, una vez concluida la guerra, visitó Key West. Lo encontró desolado y triste.
En el yate de la Delegación cubana, el ‘Alfredo’, se dirigió, el 11 de septiembre de 1898, a La Habana. Lo dejaron desembarcar. Esa misma tarde, en el Hotel Inglaterra, donde se hallaba, lo visitó el secretario de la Jefatura de Policía de La Habana para notificarle, por orden del capitán general don Ramón Blanco, que debía reembarcarse inmediatamente y no abandonar el barco que lo había traído.
Regresó al ‘Alfredo’, pero las visitas de los patriotas al mismo surtían el mismo efecto. El 13, el general Blanco revocó la orden dada y le permitió desembarcar, pero con una condición: que tomase el barco que lo condujese a los Estados Unidos el día 17.
Ya en La Habana, Benjamín Guerra sostuvo una larga entrevista con el comisionado Porter. Visitaron el campamento del mayor general José María Rodríguez, en las inmediaciones de La Habana. Ante su vista desfilaron mil quinientos mambises. Fue un gran homenaje a su labor.
El 17 regresó a Key West y desde allí se dirigió a Nueva York.
El año finalizaba. En diciembre, el Delegado don Tomás Estrada Palma dispuso la disolución del Partido Revolucionario Cubano. Como tesorero, Benjamín Guerra había manejado desde 1893 hasta 1898 la cantidad de $1,516,799.66, todo ello producto de las colectas y de las contribuciones de guerra. En expediciones y otros gastos de la campaña se habían empleado $1,490,597.35, que fue lo que, en definitiva, costó al pueblo de Cuba su última campaña libertadora.
A favor de la Delegación había un saldo de $26,203.31, que Guerra entregó inmediatamente, poniéndolo a disposición de la Delegación.
El 1.º de enero de 1899 cesó la dominación española en Cuba. Todo indicaba que la República de Cuba sería muy pronto una realidad. Benjamín Guerra se restituyó a la atención de sus negocios privados y comenzó a prepararse para retornar a Cuba, llegada la oportunidad ansiada.
Un brillante porvenir le esperaba. Todo en él era optimismo y entusiasmo, dentro de aquella sobriedad que le reconociera José Martí.
El 4 de febrero se hallaba en Nueva York. No tenía preocupaciones de ninguna clase. Un rápido viaje, decidido aquella tarde, le llevó a Filadelfia. Iba a atender asuntos de su negocio.
Desde antiguo padecía de una molesta gastralgia. Para soportar los dolores solía ingerir láudano. El 5 de febrero se acostó temprano porque la gastralgia le molestaba. Ya acostado, pidió un vaso de agua. Al día siguiente amaneció muerto.
Junto a él estaba el vaso de agua solicitado la noche anterior, medio consumido. Junto al vaso de agua, el pomo de láudano.
Todo indica, según las investigaciones de la familia, que se sintió molesto por la gastralgia, solicitó el vaso de agua, pero, confiado, no dosificó convenientemente el láudano que iba a ingerir y tomó más de lo necesario para quitarse el dolor, y lo suficiente para morir.
No dejó carta alguna que indicara una decisión de suicidarse. No tenía motivos de ninguna clase para ello. Su hogar era un modelo; su familia, el mejor de sus consuelos; la suerte de la patria, convenientemente esclarecida; sus negocios, prósperos; las cuentas de la Delegación, claras y diáfanas; por delante, todo un porvenir.
La única explicación razonable es esta que se dio a la familia después de indagar lo ocurrido en aquel cuarto del hotel de Filadelfia donde Benjamín Guerra pasó, solo, sin nadie a su lado, de la vida a la muerte, a través del sueño infinito.
Tal fue la vida de este patriota insigne, a quien los cubanos ni conocen bien ni jamás le han rendido el tributo que merece por su honradez intachable, por su patriotismo ejemplar, por su hombría de bien, por su carácter indomable y por su espíritu de abnegación.







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