Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba, que osciló desde “una solución no comunista, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”.
Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar —precisando hechos y nombres— los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.
Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.
El juicio de Marcos (Marquitos) Rodríguez (XI)
Luego se refiere a la visita de Joaquín Ordoqui a Osvaldo Dorticós, interesándose “por este señor…”. Castro dice que lo “indignaba aquella especie de ingenuidad, de falta de perspicacia, del compañero Ordoqui”.
También habla de la confrontación solicitada por Edith García Buchaca, con la que él personalmente no estaba de acuerdo: “pero los compañeros imputados lo solicitaron y, realmente, no era justo en este caso ni teníamos derecho a negárselo”.
Al terminar la confrontación, Castro preguntó a Dorticós su opinión. Este respondió que, a su criterio, la afirmación de Marcos de haber informado de su delación a García Buchaca era “algo absolutamente falso”. Esa era también “la intuición” de todos los demás.
Meses después de la confrontación llegó el juicio.
“El juicio, por las razones que expliqué —dice Castro— se convierte en un juicio político y les voy a decir algo, aunque parezca raro. De la famosa carta dirigida por el señor Marcos Rodríguez a Joaquín Ordoqui, supe yo después… Aquel documento no llegó a mis manos, por distintos fallos; descuido posiblemente de los compañeros del organismo correspondiente que recibieron ese documento en un momento dado. Descuido del compañero Faure en no entregármelo; descuido del compañero Joaquín en no entregármelo, en no entregarlo al Partido en la oportunidad en que debía entregarlo. Muchos han actuado mal y han actuado erróneamente”.
Y pone al desnudo a Faure Chomón.
El camarada Faure, decía Castro, había cometido un error porque debió haber presentado las quejas o pruebas que tuviera ante el liderazgo del Partido y no durante el juicio.
“Es un hecho cierto que allí se hacen esas afirmaciones, las que hizo el compañero Faure. Era incuestionable, no se puede negar, que el compañero Faure hizo afirmaciones que, por su índole y carácter político, tenían necesariamente que provocar una discusión del problema. Todo el mundo ha leído estas declaraciones… y, naturalmente, si se hubiese publicado la versión incluso aclarada, revisada, no se resolvía nada… Se le había dado un magnífico caldo de cultivo a ciertos elementos parasitarios, intrigantes, que son, por naturaleza, individuos creadores de problemas”.
“¿Qué otras condiciones crearon el caldo de cultivo, facilitaron el éxito de los planes de este señor? Ciertas circunstancias. La carta, esta que yo califico de carta-chantaje, y, paradójicamente, esta carta que oportunamente habría podido ser muy útil, llegó a nuestras manos en la oportunidad que ya les informé”.
“Tenemos que comportarnos con responsabilidad… ¡Que esos amagos de la Ley de Saturno sean rechazados! ¿Y cuál es la Ley de Saturno? Aquella ley clásica que dice que la Revolución, como Saturno, devora a sus propios hijos. ¡Que esta Revolución no devore a sus propios hijos!… ¡Que las facciones no asomen por ninguna parte!”.
“Y cuando… hoy, por errores de nosotros, empezaba a amagar Saturno, esa ley maldita encontrará al pueblo y nos encontrará a nosotros; y esa ley no tendrá nunca vigencia en nosotros”.
¡La Revolución Cubana no devoraría a sus propios hijos!
LA LEY DE SATURNO
En las montañas de Venezuela aplaudiría ingenuamente estas palabras el joven oficial Arnaldo Ochoa, que operaba allá una guerrilla cubana. Las escucharía con sorna, en su celda de Isla de Pinos, el comandante Huber Matos. Con marcada indiferencia las atendería el comandante Rolando Cubela, recién regresado de Europa, con el silenciador y la mirilla telescópica apenas desempacados. Un cuarto comandante, que, de regreso de una prohibida escala en su extenso recorrido, estaba en esos momentos siendo devorado por Saturno, sonreiría con argentina flema.
Se revolverían en sus tumbas los comandantes William Morgan, Jesús Carrera y Humberto Sorí Marín. Dondequiera que se encontrase, sonreiría con incredulidad el comandante Camilo Cienfuegos.
El comandante Félix Peña, de los primeros en ser devorados, se recogería en su tumba en busca de espacio para acomodar a los próximos suicidas: el comandante Eduardo Suñol, viceministro del Interior, uno de sus pocos acompañantes en el poco glamoroso segundo viaje a Moscú, y el exministro de Comercio Exterior, comandante Alberto Mora, miembro, como su padre, del Directorio Revolucionario. Ellos llevarían la cuenta de cuántos, hasta ese momento, habían sido ya víctimas de Saturno.
El comandante Augusto Martínez Sánchez, objeto de continuas críticas, acariciaría la pistola con la que el 9 de diciembre de aquel año se dispararía un balazo en la cabeza que lo mantendría al borde de la muerte. Aun así, recibiría la postrera crítica:
“…creemos injustificable e impropia de un revolucionario… esta infortunada decisión… Un revolucionario no tiene derecho a privar a su causa de una vida… que solo es lícito sacrificar frente al enemigo”.
Firman la comunicación, que es un cruel reproche, Fidel Castro y, ¿quién lo diría?, el próximo suicida, Osvaldo Dorticós.
Lista que pronto engrosarían los grandes suicidas de la Revolución devoradora: Haydée Santamaría, asaltante del Moncada, que un 26 de julio pondría, de un balazo, fin a su vida, y Osvaldo Dorticós, presidente y ministro sin mando, que con un disparo partiría su cabeza.
La Revolución devoraba a sus hijos y, con ellos, a la nación.
Otros morirían en desgracia, condenados a un degradante ostracismo.
El 18 de noviembre de 1964, el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) acordó separar de sus cargos a Joaquín Ordoqui. El comunicado, firmado por Fidel Castro en su carácter de primer secretario del PURS, expresaba que “por acuerdo de la dirección de nuestro partido se decidió la suspensión del comunista Joaquín Ordoqui de los cargos de miembro de la Dirección Nacional del PURS y responsable del suministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias”. La medida tendría efecto “hasta tanto se realice una investigación completa de su conducta desde el año 1957 hasta el presente”.
La fecha, 1957, lo vinculaba, descarnadamente, con el cargo de delación que se había formulado contra Marcos Rodríguez y que le costó la vida.







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