Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba, que osciló desde “una solución no comunista, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”.
Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar –precisando hechos y nombres– los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.
Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.
El juicio de Marcos (Marquitos) Rodríguez (X)
CASTRO, TESTIGO ESTELAR
El jueves 26 se celebraría la cuarta sesión. No solo sería radiada; también se transmitiría por la televisión nacional.
Habría un solo testigo. Por supuesto, sería Fidel Castro.
Para el estelar programa en el que testificaría el líder máximo se darían cita, además de las personas mencionadas en las vistas anteriores, el comandante Flavio Bravo; Ramón Calcines; Manuel Luzardo; el comandante Augusto Martínez Sánchez; el ministro Raúl Roa; el comandante Alberto Mora, de Comercio Exterior; Jesús Montané Oropesa, ministro de Comunicaciones; Arnold Rodríguez, viceministro de Relaciones Exteriores; el teniente Orlando Borrego, viceministro de Industrias; el comandante René Vallejo; el Dr. Juan Marinello, embajador ante la UNESCO; y “el compañero Blas Roca, director del colega Hoy”.
Ya eran evidentes para todos las diferencias entre los miembros del Directorio —defendidos por Revolución y Bohemia— y los antiguos militantes del Partido Socialista Popular, que se sabían respaldados por el “Primer Ministro y Máximo Líder de la Revolución”.
Estos últimos sabían que tendrían que pagar un precio que, para ellos, resultaba bajo: la cabeza de Joaquín Ordoqui.
Los primeros, los otrora orgullosos miembros del Directorio, tendrían que escuchar que “la Revolución tiene el derecho de exigirles que actúen con madurez, que actúen con responsabilidad”.
El jueves 26, antes de que Castro compareciese por televisión ante “el Tribunal de Apelación y el Tribunal del Pueblo”, el periódico Revolución ya se encontraba a la defensiva, ofreciendo explicaciones sobre lo que había publicado:
“En una forma totalmente inesperada y artificial, los nombres de Revolución y Bohemia se han insertado en el proceso contra el delator Marcos Rodríguez… la Primera Referencia Acusatoria se produce cuando el compañero Raúl Valdés Vivó, subdirector del periódico Hoy, atribuye a Revolución y Bohemia el haber creado la confusión, al recoger lo dicho por el acusado en la prueba de confesión, en el sentido de que era miembro de la Juventud Socialista. La segunda alusión corresponde al compañero César Escalante, que califica de “venenosa” la reseña que Bohemia ofrece de la primera sesión en la Audiencia de La Habana”.
Lo que se imputaba a estas publicaciones y, en general, a los miembros del Directorio Revolucionario —como si fuese un terrible delito— era haber informado de que Marcos Rodríguez pertenecía a la Juventud Socialista. Esto obligaba al periódico a hacer la siguiente aclaración:
“Es Marcos Rodríguez quien se declara miembro de la Juventud Socialista. Así consta en el sumario y en la prueba de confesión. No es Revolución quien le inventa esa militancia”.
No les valdría de nada. Esa noche, el máximo líder descargaría sobre ambas publicaciones sus más severas amonestaciones y les advertiría que, con el mismo rigor con que tres años antes había aplastado el sectarismo, actuaría nuevamente.
Castro relata que “habla ante dos tribunales: el Tribunal de Apelación y el Tribunal del Pueblo”, y detalla el interrogatorio al que él mismo, después del primer juicio celebrado días atrás en la Audiencia, sometió a Marcos Rodríguez. Más de 200 preguntas formuló Castro al infeliz acusado, a quien “considero, con absoluta convicción, culpable”.







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