Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba, que fluctuó de “una solución no comunista en Cuba, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”.
Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar –precisando hechos y nombres– los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.
Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.
El juicio de Marcos (Marquitos) Rodríguez (IX)
Edith regresó de inmediato y exigió la confrontación a la que ya nos hemos referido, “para que se ventilara esa imputación y apareciera la verdad”.
“Creíamos correcto acceder a esa petición y organizamos, en las oficinas de la Dirección Nacional del Partido, aquella reunión en la que participamos el compañero Blas Roca, el compañero Faure Chomón, el compañero Emilio Aragonés, el compañero Ramiro Valdés, José Abrantes, el compañero Joaquín Ordoqui, la interesada compañera Edith García Buchaca y yo. Y, además, eventualmente, los compañeros del Cuerpo del Departamento de Seguridad que tuvieron a su cargo los interrogatorios del acusado”.
Dorticós ofreció al tribunal “la cinta magnetofónica donde aparece grabada aquella reunión”.
Primero, Dorticós leyó a Marquitos los detalles de la confesión ofrecida por él. Luego de un largo careo, Dorticós preguntó a Marcos:
“¿Por qué usted le dijo a Edith lo de Humboldt 7 y su traición?”.
Marcos lo negó:
“No, no, yo no le dije a ella lo de Humboldt 7”.
Volvió a preguntar:
“¿Por qué usted dijo, y luego escribió, que usted le había informado a Edith sobre el hecho?”.
La respuesta de Marcos volvió a ser categórica:
“No, no, no, eso no es cierto”.
La enfática negativa de Marcos hizo exclamar a Dorticós:
“¡Pero, por Dios!, ya usted ha dicho que no es cierto”.
Edith García Buchaca intervino en el careo para afirmar —poniendo como testigo a Emilio Aragonés, quien estuvo presente durante la conversación sostenida en México— que “en ningún momento ni en esa forma, así, general, que dice Marcos puede haberse tratado nada de traición… porque Marcos siempre se presentó… como una víctima, como una persona acusada injustamente de un hecho que él mismo rechazaba como lo peor que podía realizar un hombre”.
Lo mismo afirmó Joaquín Ordoqui:
“Yo no recuerdo que jamás en la vida, en México, en las reuniones nuestras se tocó Humboldt 7”.
Precisó aún más, aclarando que fue en La Habana, después del triunfo de la Revolución, cuando conoció la vinculación de Marcos con Humboldt 7:
“Me recuerdo que cuando se tocó Humboldt 7 fue cuando la detención de Marcos, que se mandó para La Cabaña por el MINFAR y comenzó el conocimiento nuestro del problema de Marcos en relación con Humboldt 7 y la salida de él para una beca que tenía en Checoslovaquia”.
Pero tanto él como su esposa negaron haber tenido conocimiento, mientras estaban en México, de “la posibilidad de que Marcos hubiese hecho eso”.
Vino entonces un interminable careo con el interrogador que le había arrancado la confesión. Intervino Blas Roca. Después, Faure Chomón y Ramiro Valdés. Todos, uno tras otro, interrogaron a Marcos sin cesar, sin darle apenas tiempo para responder.
En aquella interminable sesión lo sometieron a más de trescientas preguntas, muchas de ellas repetitivas. Era, de hecho, un juicio sumarísimo, sin ninguna garantía procesal.
Todo lo que vendría después sería una obra teatral cuyo primer acto, celebrado en el local de la Audiencia de La Habana, terminaría en fracaso porque un primerísimo actor, Faure Chomón, se salió del libreto.
Pero habría nuevos ensayos de la obra, nuevos interrogatorios maratónicos fuera de la sala del tribunal. Nuevas y más claras instrucciones a los actores para que el juicio público, transmitido por radio a toda la nación y cuyas conclusiones ya conocían de antemano, fuese todo un éxito.
Se acercaba el acto final, en el que, inevitablemente, rodaría una cabeza. Los que desde los primeros días de la Revolución asistían sádicamente a La Cabaña para presenciar los fusilamientos no querían perderse el nuevo espectáculo. La prensa recogió la vergonzosa concurrencia:
“Los primeros asientos del Salón de Actos, donde se constituyó la Sala de lo Criminal del Tribunal Supremo, fueron ocupados por el presidente del Supremo, Dr. Enrique Hart; el ministro de Justicia, Alfredo Yabur; la Sra. María Caridad Molina, compañera del presidente de la República, Dr. Osvaldo Dorticós; los magistrados Antonio Barreras y Antonio Herrera Machado, y el Dr. Luis Buch”.







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