El juicio de Marcos (Marquitos) Rodríguez (I)
Marcos Rodríguez era un joven de inquietudes intelectuales que, en 1957, apenas dos años antes de la caída del gobierno de Fulgencio Batista, mantenía estrechas relaciones con José Westbrook, Jorge Valls y Tirso Urdanivia, del Directorio Revolucionario, y con Alfredo Guevara, Raúl Valdés Vivó, Amparo Chaple e Hiram Prats, militantes, con o sin carnets, de la Juventud Socialista.
A través de unos y otros, Marquitos frecuentaba el trato de algunos jóvenes revolucionarios que, por ser hombres de acción, eran menos afines a él. Fructuoso Rodríguez, Juan Pedro Carbó Servia y José Machado, del Directorio Revolucionario, se burlaban de sus suaves maneras y de su rechazo a la violencia.
En abril de 1957, de regreso de un viaje a Holguín junto con Eugenio Pérez Cowley, realizado alrededor del 23 de marzo con la intención, frustrada, de ir a la Sierra Maestra, Eugenio y Marquitos alquilaron en La Habana el apartamento 201 de Humboldt 7, donde, días después, se refugiaron los jóvenes del Directorio que el 13 de marzo habían atacado el Palacio Presidencial.
El 20 de abril, en horas de la tarde, miembros de la policía que servían bajo las órdenes del entonces capitán Esteban Ventura irrumpieron en el apartamento, acribillando a balazos a todos sus ocupantes. Era evidente que había habido una delación.
Las sospechas recayeron sobre tres personas: Pérez Cowley, Urdanivia y Marcos. Antes del triunfo de la Revolución, los dos primeros probaron su inocencia ante los miembros del Directorio. Las dudas se mantuvieron sobre Marquitos, quien, asilado en la Embajada de Brasil, pasó a vivir primero en Costa Rica y, luego, en México, donde cultivó la amistad de Joaquín Ordoqui y su esposa, Edith García Buchaca, a quienes conoció en casa de Marta Fraide.
A la caída del régimen de Batista, Marcos regresa a Cuba. Acusado de la delación por miembros del Directorio Revolucionario, es detenido, pero, poco después, puesto en libertad. Influyen en esta decisión Emilio Aragonés —quien, desde el alzamiento de Cienfuegos en septiembre de 1957 y su posterior asilo en México, mantenía las más estrechas relaciones con dirigentes del 26 de Julio, del Directorio Revolucionario y del PSP y, también, con funcionarios soviéticos radicados en México— y Alfredo Guevara, ya miembro de la Juventud Socialista desde que Fidel Castro ingresó en la Universidad y quien llegó a ocupar la presidencia de los estudiantes de la Escuela de Ciencias Sociales. Influyen también Ordoqui y García Buchaca.
A los pocos días, Marquitos sale hacia Checoslovaquia con una beca.
Cuatro años después, a petición de la Seguridad Cubana, es detenido Marquitos en Praga y enviado a Cuba. Se inicia, así, uno de los más dramáticos procesos judiciales de la Revolución Cubana.
Carlos Franqui, que por su posición mantenía estrecho contacto con todos los que componían la cúpula de poder en aquel momento, se hace a sí mismo las siguientes preguntas:
“¿Por qué el partido saca a Marcos Rodríguez de la prisión ante una acusación tan grave? ¿Por qué lo protege y lo envía a Praga? ¿Por qué no lo denuncia, si para muchos es traidor, como hizo con otros? ¿Lo creían inocente o lo sabían culpable? ¿Había confesado su crimen a Ordoqui y a Buchaca, en México? ¿O no había confesado el crimen y la traición, y la protección le fue dada, enviándolo a Praga, para que no se descubriese que había sido un infiltrado del partido?”.
En marzo de 1962, al constituirse las ORI, Castro había fustigado duramente a Aníbal Escalante, sometiéndolo, prácticamente, a un juicio público y acusándolo de “sectarismo”. Pero a quienes fustigaba era a todos los integrantes de la vieja guardia comunista que, al recién declararse él marxista-leninista, pudieran pretender disputarle el poder, por tener ellos una más vieja y estrecha vinculación con la Unión Soviética. Ahora, con el juicio de Marcos Rodríguez, se produce una situación similar.







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