Años Críticos: del camino de la acción al camino del entendimiento

Written by Enrique Ros

26 de mayo de 2026

Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba que fluctuó de “una solución no comunista en Cuba, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”. 

Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar -precisando hechos y nombres- los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.

Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.

La muerte del presidente Kennedy (I)

A las doce y treinta del viernes 22 de noviembre era abatido frente al Depósito de Libros Escolares en Dallas, Texas, el presidente norteamericano. El inesperado asesinato de John F. Kennedy produjo, comprensiblemente, estupor en el mundo entero.

Las investigaciones que de inmediato comenzaron a realizarse tras la pronta detención de Lee Harvey Oswald revelaron enseguida su breve residencia en la Unión Soviética, su matrimonio con una ciudadana de aquella nación, su vinculación con el Comité de Trato Justo sobre Cuba y su intento de lograr una nueva visa para regresar a la Unión Soviética. Las investigaciones preliminares parecían incriminar a un fanático de la extrema izquierda.

En Washington, a la CIA le preocupaba que el asesinato fuese parte de una conspiración extranjera. La Agencia no podía localizar a Nikita Kruschev en aquellas horas. Para detener el pánico, el Subsecretario de Justicia Nicholas Katzenbach se dirigió a la Casa Blanca tres días después para pedir que se pusiera fin a las especulaciones sobre las motivaciones de Oswald.

CASTRO CULPA A LA EXTREMA DERECHA

Treinta y seis horas después del magnicidio comparecía el “Dr. Fidel Castro Ruz, primer ministro del Gobierno Revolucionario y Primer secretario del PURSC, ante las cámaras de televisión para tratar temas de actualidad”. Así anunció la prensa oficial la apresurada presencia de Castro quien centró su extensa exposición en el crimen de Dallas, del que trató de distanciarse a sí mismo y a su régimen. Apuntó de prisa en dirección contraria

“Dentro de los Estados Unidos hay corrientes muy reaccionarias, corrientes racistas; es decir, contrarias a la reivindicación de los derechos civiles y sociales de la población negra; gente del Ku-Klux-Klan, gente que lincha, extermina, utiliza perros, que odia con fiereza a los ciudadanos negros de los Estados Unidos; que siente un odio cerval; corrientes que son, naturalmente, ultrarreaccionarias”.

Hasta ayer, identificaba con similares epítetos al propio J.F. Kennedy. Ahora, ya muerto éste, comienza a mostrarlo como defensor de los derechos civiles.

Pero no se va a conformar con señalar, con tanta precipitación, a un solo sector como responsable del repugnante crimen. Pueden, muy probablemente, ser otros los responsables:

“Hay en Estados Unidos, corrientes económicas; es decir, poderosos intereses económicos, igualmente ultrarreaccionarios, que tienen en todas las posiciones internacionales una situación completamente reaccionaria. Hay dentro de los Estados Unidos, corrientes partidarias de una mayor intervención de los Estados Unidos en problemas internacionales, de un mayor empleo de la fuerza militar de los Estados Unidos en los problemas internacionales; hay corrientes, por ejemplo, en los Estados Unidos, mucho más partidarias, intransigentemente partidarias de la invasión directa contra nuestro país”.

Para desviar el peso de las pruebas que van apareciendo y que señalan hacia militantes del Comité de Trato Justo sobre Cuba, con o sin cómplices, Castro sigue tejiendo la novela del complot ultraderechista:

“Hay en Estados Unidos Corrientes partidarias de la aplicación de medidas drásticas contra cualquier gobierno que asuma la menor medida de carácter nacionalista, de carácter económico en beneficio de los países. Y, en fin, hay una serie de sectores que se pueden englobar en una sola concepción: la ultraderecha de los Estados Unidos; la derecha de los Estados Unidos; la ultra reacción en los Estados Unidos, y que esta ultra reacción, en todos y cada uno de los problemas internos y externos de los Estados Unidos, es partidaria de los peores procedimientos, de la política más agresiva, más peligrosa para la paz, y más aventurera”.

LAS EVIDENCIAS APUNTAN HACIA LA IZQUIERDA

Se hace sospechosa, para cualquier investigador, esta pronta disposición del dictador cubano en señalar culpables. Resulta evidente que trata de impedir que esa responsabilidad recaiga sobre su gobierno o sobre un fanático que ha mantenido contacto con las oficinas diplomáticas de Cuba dentro y fuera de los Estados Unidos.

Porque pronto se conoce, Lee Oswald había visitado el Consulado de Cuba en México tan sólo dos meses atrás, en busca de una visa para viajar a la Unión Soviética y, cuatro semanas antes de esa visita a la sede diplomática cubana, había tenido una confrontación con un exiliado cubano cuyo encuentro requirió la presencia de la policía, riña que culminó en un debate por radio frente a Carlos Bringuier, del Directorio Revolucionario Estudiantil.

Oswald había permanecido en México desde el 26 de septiembre hasta el 3 de octubre de aquel año. El propósito de su viaje, según había informado a su esposa Marina, era el de evadir la prohibición norteamericana de viajar a Cuba. En Ciudad de México visitó la embajada soviética y la cubana. En ésta última había pedido una visa “en tránsito” para pasar por la isla en su proyectado viaje a la Unión Soviética.

No era nueva la vinculación de Oswald con la extrema izquierda. Siete años antes, en plena adolescencia, se había dirigido al Partido Socialista de los Estados Unidos solicitando informes sobre la Liga Juvenil, declarando en la carta manuscrita que “yo soy marxista, y he estado estudiando principios socialistas por más de quince meses”.

En octubre de 1959, formando aún parte de los Marines, Oswald vio cristalizada su vieja ilusión: una visa temporal, otorgada en Helsinki, para una breve visita a Moscú. Estadía que supo prolongar por dos años y medio, cuando abandona la Unión Soviética en junio de 1962.

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