CAPÍTULO I
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
—¡Caramba, nunca pensé que el papalote fuera tan importante! —Cándido comenta.
El notario le extiende el volumen y pronostica.
—Copia, estudia y memoriza estas informaciones, que con el tiempo serás toda una autoridad en construcción y vuelo de papalotes.
A partir de aquella charla, Cándido deja de sentir vergüenza cuando le llaman papalotero y en el seno de la familia descolla como el mejor haciendo y volando los artefactos alados, a los cuales les otorga diferentes formas y tamaños, llegando a construir los papalotes más vistosos y ligeros que los lugareños recuerden que se hayan empinado en el Plan de Cardoso.
Y fue allí, en el Plan de Cardoso, en una mañana dominguera de abril, en la que vende y demuestra, a grandes y chicos, cómo se empina y controla el vuelo de un papalote que conoce a Amelia Arias Pérez, su futura esposa y madre de Bartolo, hijo único que la pareja tendrá.
Amelia es joven, atractiva y simpática y, además de demostrar admiración por las habilidades de Cándido con los papalotes, también se siente atraída por el físico masculino y cualidades personales que adornan al pretendiente.
No transcurre mucho tiempo sin que la pareja se comprometa y el joven la solicite en matrimonio.
—Pero haciendo papalotes y vendiendo lechugas y mangos, de puerta en puerta, no podrás mantener a mi hija — Gabino Arias le espeta.
Cándido enrojece y la cara le arde. Recupera el control y dice convincente.
—La quiero y voy a trabajar en cualquier cosa que me permita mantenerla.
Gabino lo mira de hito en hito.
—Como sabes, cuido y entreno los caballos de paso fino del general Jomarrón. Necesito un ayudante, si tuviera hijos varones me llevaría uno, pero Dios me dio tres hembras. Si quieres te enseño el oficio. El General está comprando más bestias y con el tiempo necesitará otro entrenador. ¿Qué dices?
—¿Cuándo empiezo? —con una sonrisa decidida acepta el ofrecimiento.
La boda de Cándido y Amelia se celebra en la casa del notario don Pascual Armenteros que no cobra por sus servicios. Carmela es la primera persona que firma como testigo.
Luego de la comida nupcial, en horas de la tarde de un sábado de abril, Cándido y Amelia concluyen la parte pública del enlace empinando en el Plan de Cardoso, a dos manos, un colorido papalote.
Antes del año Bartolo nace y sus primeros recuerdos conscientes están asociados a los papalotes, los caballos de paso fino que su padre y el abuelo materno cuidan, así como las visitas a la vivienda del notario don Pascual Armenteros.
A sus espaldas se abre la puerta del cubículo. Las bombillas eléctricas del pasillo lanzan al interior una lengüeta de luz. Bartolo se mueve en la silla y voltea el rostro.
—El higienista mental asignado a su caso le pide disculpas. Vendrá más tarde. Ha sido un día de mucho trabajo. Le traigo la comida —dice el recién llegado.
El funcionario prende la luz de la habitación. Frente a la silla que Bartolo ocupa coloca una mesa pequeña y plegable sobre la que dispone la cena.
—¿Se le ofrece algo más?
—No, todo está bien.
El hombre se retira. La luz queda encendida. Bartolo empieza a masticar los alimentos y recuerda.
Recuerda que ya siendo alumno de la anciana maestra Matilde Granados su padre se conmueve por la muerte de don Pascual Armenteros. Y fue testigo, porque lo acompañó en repetidas ocasiones, que Cándido visitó a Carmela para, en cumplimiento de los deseos del difunto, pedirle las páginas inéditas de Polución Mental. Texto que el notario, arrepentido de lo que había escrito, terminó abjurando. Semanas antes de fallecer, el notario sostuvo una conversación íntima con Cándido.
—Siento que pronto moriré. Cuando suceda, luego del funeral, le dices a Carmela que te entregue Polución Mental y lo quemas.
—¿Es una broma…?
—No, hablo muy en serio.
—¿Por qué usted no lo hace? -inquiere y piensa que el notario se ha salido de sus cabales.








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