ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

19 de mayo de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

CAPÍTULO I

El recuerdo del sabor de las limonadas de la madre azuza el paladar de Bartolo y hace que abra los ojos. El ruido de la lluvia ha cesado. “Parece que paró de llover”, piensa y enfrenta la pared gris que bloquea la mirada. Las tinieblas se espesan en el cubículo. Desde que está recluido en el Centro de Higiene Mental es la primera vez que la sesión de terapia demora. “Parece que se han olvidado de mí o han suspendido la consulta. Por lo menos que enciendan la luz”.

Bartolo, con la mano izquierda se aprisiona la barbilla y reconoce, como muchas veces ha hecho, que el inicio de su estado presente se incuba y crece debido a ciertos factores. Algunos propios, o ya no tan propios, porque otros ajenos incursionan en los propios. Propios son el amor que siempre ha experimentado por María Eulalia, la influencia del pensamiento de Cándido, la afición por los papalotes y su oficio de constructor de puentes. Ajenos o impuestos resultan ser el aislamiento del pueblo, el cierre permanente de las fronteras fluviales. La partida, voluntaria al principio, de muchos pobladores y posteriormente forzada o empleando el recurso de la fuga riesgosa. La limitación de las áreas y horas en las que se permite volar papalotes y la verificación sistemática de los higienistas mentales, de las actividades de todos y cada uno de los lugareños.

“Me aburro”, piensa y cambia de posición en la silla.

***

Su padre, Cándido Villalonga, fue un hombre peculiar que en el pueblo unos lo calificaban de inteligente, otros de excéntrico y algunos de chiflado. Sin embargo, los vecinos coincidían en opinar que Cándido era una persona servicial, amante de la familia y dedicado a diseminar el conocimiento que adquirió por medio de la práctica, la observación y la lectura, dispersa y sin orientación adecuada, de algunos libros viejos que se conservaban, por entonces, en la desamparada biblioteca municipal y en la vivienda del notario don Pascual Armenteros, estudioso empírico de teorías filosóficas y religiosas de origen hermético, así como del desarrollo y comportamiento humano a través de siglos de luchas y logros, a medias o totales.

La familia de Cándido, por generaciones, se había dedicado a la confección y comercialización de papalotes, actividad que alternaba con otros menesteres como el cultivo de hortalizas, frutos menores, cría de aves de corral, cerdos y chivos.

No obstante, tantos años de producir papalotes las ganaron a los integrantes de la familia el mote de “los papaloteros”. Y aunque Cándido desde pequeño disfrutó empinar papalotes, el apodo siempre lo enojó. No fueron pocas las ocasiones en que al vender, de puerta en puerta, hortalizas y frutas frescas una que otra ama de casa curiosa le preguntó: “¿De qué familia eres niño?”. Y cuando Cándido mencionaba a sus padres, tíos o abuelos, invariablemente, era interrumpido: “¡Ah!, ya sé! Tú eres de los papaloteros”.

En medio de las ventas callejeras que Cándido, efectúa en las tardes, también asiste, en horas de la mañana, a la única escuela que hay en el pueblo y donde sólo se cursa hasta el sexto grado de la enseñanza primaria. Allí, de la mano de la maestra Matilde Granados, descubre el gusto por la lectura y el conocimiento. A punto de concluir el sexto grado e imposibilitados sus padres, por falta de recursos económicos, de enviarlo al otro lado del río, al colegio de la gran ciudad, Cándido empieza a frecuentar, siempre que disponga de tiempo, la maltrecha biblioteca, en la cual el viejo Nicolás simula cuidar los pocos y polvorientos libros, revistas y periódicos atrasados.

Nicolás, en la parte trasera del inmueble, vive en un cuartucho. Hace mucho que el anciano amargado espera la muerte. El municipio también la aguarda para regalar o botar los libros, quemar los periódicos y revistas amarillentos de tiempo y apropiarse del local para instalar un salón de juegos de azar, con el propósito de recaudar fondos que costearían, en la plaza pública, un monumento en homenaje al conquistador ibérico, fundador de la villa; gran evangelizador y azote de herejes contumaces.

Y es precisamente allí, en la biblioteca, una tarde crepuscular de tormenta abrileña, en la que llueve copiosamente y los rayos rasgan nubes grávidas que paren truenos, que un corpulento y maldiciente don Pascual Armenteros, amparado bajo un paraguas negro, a toda prisa penetra en el recinto.

—¡Caramba Nicolás, diluvia!

—Estamos en primavera don Pascual —responde desde los gruesos cristales de gafas de aros metálicos, que reflejan la luz artificial que las pocas bombillas, cagadas de moscas, diseminan en el salón.

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