ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

3 de noviembre de 2026

CAPÍTULO IV

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

María Eulalia no falta a la cita. Bartolo hace algunos minutos que espera. Ella tiembla y su mirada se carga con destellos de lágrimas.

—Vernos a estas alturas es una locura. Nos vamos poco antes de la medianoche. Faltan menos de cuatro horas. ¡Vernos ahora es una locura! —repite nerviosa.

—Este encuentro, si se enteran los de Higiene Mental, puede perjudicarte mucho. Tú te quedas.

—Lo sé, pero necesitaba verte. ¡Necesito verte todo el tiempo! —exclama exasperada—. No acepto; no puedo aceptar la estupidez de esta separación. Nadie tiene el derecho a decidir por nosotros.

—No deciden; nos imponen —ella corrige. —Pero tal y como dijiste en nuestro encuentro anterior, a pesar de quienes nos separan con ideas ajenas, “al final siempre estaremos”. Esto pasará.

—Es cierto, pasará, pero también pasaremos nosotros. Un día, si esta situación se prolonga, no seremos más que una idea dispersa que algunos sucesores incorporarán a su herencia mental, sin otro recuerdo que no sea la sensación de nostalgia que deja lo inconcluso, aun si no lo has vivido.

—Cálmate. Tus palabras lastiman.

—Comprendo que no es momento para exagerar las emociones. Para tanta pena resentida. Discúlpame.

—No hay nada que disculpar. Al final pienso como tú.

Bartolo la toma en sus brazos. La pega contra el pecho y le murmura al oído.

—Sí, siempre estarás, pero no estará tu presencia, tu olor, tu sabor. Estarás, hasta el reencuentro en mis pensamientos y eso será duro. Será no vivir en el presente y querer convertir el presente en pasado. Es parar la existencia para que otros se burlen y te digan todo lo equivocado que estás. Será sentir que vivo sin piel.

—¡Calla! —ella pide en un corto sollozo y ambos se refugian en un beso.

La besa hasta el sabor de lágrimas reprimidas y saliva que se comparte. Paladean la ocasión junto al ímpetu sexual, amoroso y creativo que el intercambio de caricias carga. Y en el paroxismo de trazar un período único, inamovible en el espacio que recrea ambiente y figuras, pero que no hiele la pasión, Bartolo le muerde los labios.

—¡Me lastimas! —protesta. Retrocede y se lleva la mano derecha a la boca. Retira la extremidad e incrédula contempla los dedos manchados de sangre.

—No me di cuenta, fue sin pensarlo —dice apenado.

—¡Me has cortado, estoy sangrando!

—Lo siento; lo lamento mucho —vuelve a disculparse, pero al instante, movido por el rojo flujo de vida, enhiesta el torso. La aprisiona con fuerzas renovadas y estrella sus labios contra los de ella; ávido de beber el surtidor de vida multiplicadora que barrunta se le escapará en la corriente indolente de la frontera fluvial. Las aguas del río Bélico.

Ella se deja besar. La sangre rebasa el contacto; se mezcla y los alcanza.

Bartolo retrocede. Ha anochecido. La aferra por los brazos y la separa. Entonces, ve que en la boca, barbilla y cuello de la blusa ella tiene rastros de sangre. Sangre color de noche. Se limpia los labios; mira sus manos, el pecho blanco de la camisa y comprueba que la sangre que le mancha también es oscura.

Y en aquel momento, impensado e irrepetible, que se hace estático en el fragor del tiempo, Bartolo, persiguiendo la relevancia vital, extrae de uno de los bolsillos del pantalón una hoja de papel blanco, doblada en cuatro partes y percudida de uso. Con un movimiento rápido de la diestra despliega el papel que chasquea en el viento de la noche próxima.

—Éste es el… Eres… original que escribí para ti. De él he hecho copias y haré más. Pero este primero, lleno de salpicaduras de tinta, escrito con letra de molde irregular, y a veces corrida, es y será el primero. El primero y único que pondré en tus manos cuando regreses. —Bartolo guarda un silencio forzado. Sus ojos hablan pero las ideas no cuajan en palabras.

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